martes, 2 de abril de 2013

El dragón rojo y Hannibal Lecter

El pintor, grabador y poeta William Blake (Londres, 1757 – 1827) fue un atípico artista británico que se caracterizó por su estilo, tan imaginativo, innovador y excéntrico para la época que le tocó vivir –en plena vorágine de la Revolución Francesa que removió las viejas estructuras del Antiguo Régimen en toda Europa– que, lamentablemente, fue eclipsado por los acontecimientos; por ese motivo, su romántica y esotérica visión del arte apenas recibió el reconocimiento que se habría merecido en su tiempo. De acuerdo con su biógrafa, Judy Cox [William Blake: flagelo de tiranos. Barcelona: Retratos del viejo topo, 2004, p. 14], la infancia de este autor -que llevaba la fe en la Biblia dentro de su corazón, junto a la tradición religiosa disidente de su familia (una práctica muy extendida entre los comerciantes ingleses del XVIII, como su padre, que regentaba una mercería en Golden Square)– se vio condicionada porque la vivienda de los Blake estaba situada junto a la hedionda fosa de la cárcel local, muy cerca de donde se pudrían las cabezas decapitadas de los condenados a muerte, clavadas en las picas de Temple Bar, lo que sin duda influyó en el peculiar estilo místico de sus imágenes fantasmagóricas.

En el poema El matrimonio del cielo y el infierno que Blake escribió entre 1790 y 1793 –edición que iluminó con acuarelas, como en los antiguos textos medievales– encontramos una recurrente presencia de su idea de que en la primera cámara [del infierno] había un Dragón-hombre, barriendo los despojos a la boca de una caverna. Posteriormente, entre 1805 y 1810, el artista pintó ese mismo dragón rojo en numerosas ocasiones para ilustrar ciertos pasajes del Apocalipsis de la Biblia.

Casi dos siglos más tarde, tanto los versos –además de su antología Los cantos de experiencia– como las acuarelas de aquel mítico ser alado sirvieron de inspiración al novelista Thomas Harris para escribir El dragón rojo, en 1981, creando para la posteridad a uno de los grandes personajes malvados del siglo XX: el desequilibrado y letal doctor Hannibal Lecter (…) bautizado como Hannibal el Caníbal (HARRIS, T. Hannibal. Barcelona: Grijalbo Mondadori, 1999, p. 30) aunque su presencia en aquella primera parte de la tetralogía fue testimonial, ayudando al detective Will Graham a establecer el perfil criminal de otro asesino en serie en cuya espalda brillaba, precisamente, el tatuaje de aquel ser de leyenda que dio título a la primera novela de la saga. Parafraseando a Vidocq, el agente del FBI que imaginó Harris utilizó a un criminal para cazar a otro; un peculiar método para impartir justicia.

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