viernes, 4 de febrero de 2022

Las 80 leyes de Nezahualcóyotl

En 2002, cuando se celebró el VI Centenario del nacimiento del rey poeta Acolmiztli Nezahualcóyotl, el jurista y ensayista mexicano Carlos Elizondo Alcaraz reflexionó en un artículo sobre el legado de este monarca al que no dudó en considerar la personalidad más relevante del pasado prehispánico de México [1]. La fama del soberano se extendió por todo el Valle de Anáhuac o Valle de México –donde hoy en día se encuentra la capital federal– y que, a comienzos del siglo XV, constituía un crisol en el que se fundían diversas influencias de razas y culturas (…) desde que toltecas, chichimecas y mexicas [aztecas] se establecieron en el altiplano [1] en el entorno del Lago de Texcoco. Esta enorme cuenca lacustre –el corazón del imperio medía unos ciento veinte kilómetros de norte a sur y unos sesenta y cuatro de este a oeste: o sea, unas mil doscientas doce hectáreas [2]– recibía su nombre por la capital de los acolhuas: la ciudad de Texcoco [Tetzcuco, Tezcuco o Tetzcoco, según se transcriba el nombre original en idioma náhuatl]. El príncipe Nezahualcóyotl, heredero del Acolhuacan, nació en su capital el 28 de abril de 1402. Por la línea paterna, pertenecía a la rama chichimeca del caudillo Xólocl. cuyos descendientes, mediante alianzas matrimoniales con mujeres toltecas asimilaron el gran legado cultural de Quetzalcóatl, el cual impregnó el pensamiento y la obra de nuestro personaje. Su padre, [el rey o tlatoani (gobernante)] Ixtlilxóchitl Ometochtli, se casó con la princesa mexica Matlalcíhuatl, por lo que Nezahualcóyotl compartió el linaje azteca. Como príncipe heredero de! reino acolhua, recibió una refinada educación de labios de un sabio preceptor y las rígidas enseñanzas del calmécac donde, junto con los ritos ceremoniales y el culto religioso, aprendió a interpretar los códices y a practicar el ayuno. la penitencia y la meditación [1].


Con 16 años, en 1418, presenció el asesinato de su padre, luchando contra el poderoso Tezozómoc, rey de Azcapotzalco [en aquel tiempo, capital del pueblo tepaneca (tecpaneca)] que invadió y conquistó Texcoco. Durante los tres años posteriores, el astuto príncipe tuvo que refugiarse entre los tlaxcaltecas e ir tejiendo una maraña de alianzas con otros grupos vecinos contrarios al tirano Maxtla, que sucedió en el trono a su padre Tezozómoc, hasta que, finalmente, el 4 de agosto de 1427, un ejército dirigido por Nezahualcóyotl logró recobrar el reino de los acolhuas.

El nuevo monarca trató de reorganizar su reino, que durante la ocupación de los invasores había sido desarticulado, y de preparar la ceremonia de su coronación, pero no tuvo tiempo porque recibió una llamada de auxilio de los mexicas, quienes estaban en gravísimos apuros dado que Maxtla, después de lograr la muerte de [su rey] Chimalpopoca, no aceptaba que Itzcóatl se convirtiera en el cuarto rey de México- Tenochtitlan y su tropas preparaban el asalto sobre la isla bloqueando sus tres calzadas. Tezcoco era el único lugar al que podían acudir demandando ayuda, porque las demás ciudades ribereñas como Xochimilco, Coyoacán e Iztapalapa seguían bajo el domino militar de los tecpanecas. Además de que sus vínculos sanguíneos por la línea materna con la nobleza azteca lo obligaban a brindar auxilio, Nezahualcóyotl comprendió que estaba en juego el porvenir de todos los pueblos del Anáhuac. Sólo sumando su fuerzas a las de los mexicas y con el apoyo de los tlaxcaltecas contrarrestaría el enorme poder tecpaneca y la cruel tiranía de Maxtla. Era una asunto de vida o muerte para todos [1].

En 1428, tras 115 días de asedio a la ciudad de Azcapotzalco, la capital tapaneca fue sometida a un saqueo implacable y cruel (…) Las celebraciones del triunfo se prolongaron con enorme regocijo durante varios días. Nezahualcóyotl fue recibido con grandes honores en Tenochtitlan y propuso a su tío, el rey Itzcóatl, formar una alianza perdurable entre México y Tezcoco incluyendo, además, a Tacuba (Tlacopan), que durante la guerra brindó una gran ayuda. Así, quedó constituida la Triple Alianza, que habría de perdurar hasta la llegada de los conquistadores españoles y que llegó a dominar todo el territorio mesoamericano [1].

Placa en el Jardín de la Triple Alianza (Ciudad de México)

De este modo, (…) la seguridad de Tenochtitlan se sostuvo gracias a la alianza con otras dos ciudades, Tacuba y Texcoco, al oeste y al este del lago, respectivamente. Ambas eran satélites de Tenochtitlan. Texcoco, la capital de la cultura, era formidable por derecho propio: allí se hablaba una elegante versión del idioma del valle, el náhuatl. Tacuba era diminuta: contaría con unas ciento veinte casas. Ambas obedecían al emperador de los mexicas en cuanto a los asuntos militares. Por lo demás, eran independientes (…) [2].

Como gobernante, muchos de los actos de Nezahualcóyotl, cuarto señor de Texcoco, fueron innovaciones para su tiempo, muestran su visión y sagacidad al proyectar estructuras administrativas y judiciales, al distribuir con prudencia y generosidad honores y responsabilidades, al realizar obras de embellecimiento y servicios y al crear instituciones culturales [1].

Desde un punto de vista jurídico, el rey Nezahualcóyotl aprobó ochenta leyes que estuvieron en vigor en los territorios de la Triple Alianza; es decir, (…) para el buen gobierno, así de su reino como para todo imperio, estableció ochenta leyes (...) las cuales dividió en cuatro partes, que eran necesarias para cuatro consejos supremos que tenían puestos, como eran el de los pleitos de todos los casos civiles y criminales, en donde se castigaban todos los géneros de delitos y pecados, como era el pecado nefando [eufemismo para referirse a las relaciones homosexuales] que se castigaba con grandísimo rigor, pues al agente atado en un palo lo cubrían todos los muchachos de la ciudad con ceniza, de suerte que quedaba en ella sepultado, y al paciente por el sexo le sacaban las entrañas, y asimismo lo sepultaban en la ceniza. Al traidor al rey o república lo hacían pedazos por sus coyunturas, y la casa de su morada la saqueaban, y echaban por el suelo sembrándola de sal, y quedaban sus hijos y los de su casa por esclavos hasta la cuarta generación. El señor que se alzaba contra las tres cabezas, habiendo sido sujetado una vez, si no era vencido y preso en batalla, cuando venía a ser habido le hacían pedazos la cabeza con una porra, y lo mismo hacían al señor o caballero que se ponía las mantas o divisas que pertenecían a los reyes; aunque en México era cortarles una pierna, aunque fuese el príncipe heredero del reino, porque nadie era osado a ataviarse ni componer su persona, ni edificar casas sin orden ni licencia del rey, habiendo hecho hazañas o cosas por donde lo mereciese, porque de otra manera moría por ello.

Al adúltero si le cogía el marido de la mujer en el adulterio con ella, morían ambos apedreados; y si era por indicios o sospechas del marido, y se venía a averiguar la verdad del caso, morían ambos ahorcados, y después los arrastraban hasta un templo que fuera de la ciudad estaba, aunque no los acusase el marido, sino por la nota y mal ejemplo de la vecindad: el mismo castigo se hacía a los que servían de terceros o terceras. Los adúlteros que mataban al adulterado, el varón moría asado vivo, y mientras se iba asando, lo iban rociando con agua y sal hasta que allí perecía; y a la mujer la ahorcaban; y si eran señores o caballeros los que habían adulterado, después de haberles dado garrote, les quemaban los cuerpos, que era su modo de sepultar. Al ladrón si hurtaba en poblado y dentro de las casas, como fuese de poco valor el hurto, era esclavo de quien había hurtado, como no hubiese horadado la casa, porque el que lo hacía moría ahorcado; y lo mismo el que hurtaba cosa de valor y cantidad, o en la plaza o en el campo, aunque no fueran más de siete mazoreas, porque el que hurtaba en el campo lo mataban, dándole con una porra en la cabeza. A los hijos de los señores si malbarataban las riquezas o bienes muebles que sus padres tenían, les daban garrote. Asim ism o al borracho, si era plebeyo le trasquilaban la cabeza, la primera vez que caía en este delito, públicamente en la plaza y mercado, y su casa era saqueda y echada por el suelo, porque dice la ley que el que se priva de juicio que no sea digno de tener easa, sino que viva en el campo como bestia; y la segunda vez era castigado con pena de muerte: y al noble desde la primera vez que era eogido en ese delito era castigado luego con pena de muerte [3]. Es decir, los más graves delitos eran los siguientes: el traidor, el pecado contra natura, el adulterio, el hurto, y la borrachera y el pecado de la homicidia [4].

El rey poeta y jurista en los billetes de 100 pesos mexicanos

La administración de justicia tenía una organización muy avanzada, con juzgados de primera instancia y tribunales de apelación, y se aplicaba un criterio muy riguroso para elegir a los jueces entre los ciudadanos más preparados y honorables. Es importante agregar que ningún juicio podía demostrar más de ochenta días. Era el plazo máximo, a partir del inicio de un litigio, para dictar sentencia [1].

Nezahualcóyotl –que en náhuatl significa “coyote hambriento”– falleció en 1472 y fue sucedido en el trono por su hijo Nezahualpilli, también poeta y jurista. En la primera mitad del siglo XVII, uno de sus descendientes, el historiador novohispano Fernando de Alva Ixtlilxóchitl fue quien nos transmitió el código escrito con las ochenta leyes que había aprobado su antepasado, el rey de Texcoco. Un código de carácter enteramente novedoso en el que las trasgresiones eran castigadas de manera rigurosa como método de control. El nuevo orden social utilizó elementos como el buen juicio y la equidad como contrapeso a los principios legalistas y en pocos años parece haber sido generado un sentimiento de aceptación del código [5].

Citas: [1] ELIZONDO ALCARAZ, C. “Nuestro amado señor Nezahualcóyotl”. En: La Colmena: Revista de la Universidad Autónoma del Estado de México, 2002, nº 34, pp. 40-47. [2] THOMAS, H. La Conquista de México. Barcelona: Booket, 2004, pp. 45, 46 y 751. [3] MARTÍNEZ. J. L. Nezahualcóyotl. Vida y obra. Toluca: Biblioteca Enciclopédica del Estado de México, 1980, pp. 248 a 250. [4] BAUDOT. G. “Nezahualcóyotl, principe providencial en los escritos de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl”. En: Estudios de cultura Náhuatl, 1995, nº 25, p. 19. [5] BROKMANN HARO, C. Hablando fuerte. Antropología jurídica comparativa de Mesoamérica. Ciudad de México: Comisión Nacional de los Derechos Humanos (2ª ed.), 2015, p. 25.

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