lunes, 24 de abril de 2023

Sedes del poder (X): la «Casa Rosada» de Argentina

El poder ejecutivo de los Estados sudamericanos suele ubicarse en edificios emblemáticos que forman parte de la historia de cada nación; así ocurre, por ejemplo, con el Palacio de Carondelet [en Quito (Ecuador)]; el Palacio de La Moneda [Santiago (Chile)]; la Casa de Nariño [Bogotá (Colombia); el Palacio de Miraflores [Caracas (Venezuela)]; el Palacio Estévez [Montevideo (Uruguay)]; el Palacio de López [Asunción (Paraguay)]; el Palacio Quemado [La Paz (Bolivia)] o el Palacio de Planalto [Brasilia (Brasil)], por citar tan solo algunos de ellos. Hoy vamos a centrarnos en el ejecutivo de la República Argentina empezando –como no podía ser de otro modo– por su característico tono rosado. Veremos a continuación que fue durante el gobierno del presidente Domingo Faustino Sarmiento (1868-1874) cuando el edificio adquirió esa peculiar seña de identidad. Para la periodista Liliana Franco: Hay varias hipótesis para explicar la decisión de Sarmiento. Quizá la más popular es que el rosa representaba la unidad política entre los colores de los unitarios y de los federales, los partidos que protagonizaron las guerras civiles de décadas anteriores. Otra, menos popular pero más pragmática, señala que el color no tenía otra intención que la de resistir las lluvias y el clima de Buenos Aires; así habría surgido la idea de mezclar sangre de vaca con cal. Sin embargo, el profesor Juan José Ganduglia, director del Museo Casa Rosada y experto en la historia de la sede de gobierno, considera que ambas hipótesis son poco probables. Si bien los federales se identificaban con el rojo, los unitarios no lo hacían con el blanco –color necesario para lograr el rosa– sino con el azul. Por otro lado, aunque son ciertas las propiedades hidrófugas de la combinación de cal con sangre, Ganduglia recuerda que previamente a su nombramiento como presidente, Sarmiento había sido embajador argentino en los Estados Unidos y había querido imitar a la vez que distinguirse del blanco de la Casa Blanca. Sin embargo, considera más probable que el rosa fuera elegido sencillamente porque era el color de moda de los edificios públicos de Europa [1].


A primera vista puede resultar extraño que una fachada decimonónica se pintase mezclando sangre de buey con cal viva pero esta técnica era muy conocida entonces, como señala el investigador Rafael Huertas García-Alejo en un libro donde recopila los saberes y poderes del doctor menorquín Mateu Orfila (Mahón, 1787 - París, 1853), decano de la Facultad de Medicina de la capital francesa y padre de la moderna toxicología forense, al que ya mencionamos al tratar el Caso Lafarge: (…) Sirve la sangre de buey para hacer morcillas, para clarificar los jarabes, y obtener el azúcar refinado, para preparar el cianuro de potasa, el ácido hidro-ciánico, etc. Se puede hacer con el suero de la sangre de buey y cal viva, perfectamente pulverizada, una mezcla muy útil para pintar cosas de mucha extensión, navíos, utensilios de madera, y aun se puede aplicar con muy buen efecto, como estuco, sobre piedras, paredes, conductos de agua, etc. Esta mezcla tiene la ventaja de ser económica, de adherir fuertemente, de secarse con facilidad, y de no dar olor desagradable; por otra parte es inalterable, ó no se altera sino muy difícilmente. Debemos este descubrimiento al sabio Carbonell, catedrático de química en Barcelona [2].


Aunque solo sea una de las posibles explicaciones, cualquier taxista bonaerense dará por buena la versión tradicional que forma parte del imaginario de los argentinos y explicará que ese fue el origen del color rosado del edificio que preside la Plaza de Mayo desde mediados del siglo XIX: Se dice que la primera vez fue pintada con cal coloreada con sangre de buey; otras veces fue rosa rosa, rosa encarnado, rosa viejo y rosa intrascendente, según fuera la marca de pintura que hacía el trabajo y según el capricho de la burocracia [3].


Sobre su emplazamiento, la web del ejecutivo federal argentino (*) indica que: (…) el solar en el que está emplazada la Casa Rosada fue, durante toda la historia de Buenos Aires, la sede de las distintas y sucesivas autoridades políticas que gobernaron el país. A poco de fundar la Ciudad en 1580, Don Juan de Garay mandó cavar una zanja y terraplenes formados con las mismas tierras extraídas de ella, encerrando dentro el origen de lo que más adelante se llamó "Real Fortaleza de San Juan Baltasar de Austria" o "Castillo de San Miguel". (…) Abandonada y parcialmente demolida, volvió a tener protagonismo como sede del gobierno político a partir de 1862, cuando [el presidente Bartolomé] Mitre se instaló con sus ministros, remozando la antigua residencia oficial del fuerte. Su sucesor, [el mencionado Domingo F.] Sarmiento, decidió embellecer la morada del Poder Ejecutivo Nacional, dotándola de jardines y pintando las fachadas de color rosado, con el que, posteriormente, se continuó caracterizando. (…) La construcción de la actual Casa de Gobierno comenzó en 1873, cuando por decreto se ordenó construir el edificio de Correos y Telégrafos en la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen. Pocos años después, el presidente Julio A. Roca decidió la construcción del definitivo Palacio de Gobierno en la esquina de Balcarce y Rivadavia, edificación similar al vecino Palacio de Correos. Ambos edificios se unieron en 1886 mediante el pórtico que hoy constituye la entrada de la Casa Rosada que da hacia Plaza de Mayo.


A continuación, este portal gubernativo describe así su propia sede: El arquitecto Francisco Tamburini diseñó el proyecto y dirigió las obras que dieron a la Casa Rosada su definitiva estructura y ornamentación. (…) El conjunto edilicio se desarrolla en tres niveles sobre la calle Balcarce y en cuatro niveles más un subsuelo/galerías del Museo de la Casa de Gobierno, sobre la avenida Paseo Colón, ocupando una superficie de casi una manzana. Todos los locales originales que se encuentran sobre las tres fachadas principales tienen ventilación e iluminación directa, mientras que, los locales originales internos fueron proyectados para que la ventilación y la iluminación se den a través de galerías que se organizan alrededor de patios de aire y luz. Todos ellos, menos uno, estaban coronados con claraboyas, de las cuales solo perduraron dos. La estructura original consta de muros portantes de mampuestos con espesores variables y losas simplemente apoyadas por bovedillas de ladrillos con perfiles de acero o madera, según el sector. Fruto de un largo proceso constructivo el edificio actual fue inaugurado oficialmente en 1898, durante la segunda presidencia del general Julio Argentino Roca [1898-1904].


Hoy el lugar presidencial brilla imponente con la piedra que hace honor a su nombre y con el arco de Balcarce 50 uniendo ambos espacios [como dijimos: la Casa de Gobierno y el edificio de Correos y Telégrafos], y bajo el que se han dado los discursos más importantes de la historia del país. Irónicamente es enfrente de la Casa Rosada donde se erige uno de los pocos ejemplos arquitectónicos que quedan en pie del pasado colonial del país: el Cabildo. Construido a mitad del siglo XVIII por los jesuitas Andrea Bianchi y Juan Bautista Prímoli, su fachada blanca mantiene los cánones coloniales ofreciendo además una clase de historia sobre las tendencias arquitectónicas que dominaron Argentina a finales del siglo XIX: el academicismo francés y el neorrenacimiento italiano [4].


La Casa Rosada cuenta, asimismo, con tres patios [de honor (o de las palmeras), de las Malvinas Argentinas y del aljibe], galerías, salones (Blanco, Norte, Sur, de Eva Perón…) y despachos; entre ellos, el presidencial, donde se encuentra el denominado “Sillón de Rivadavia”, a pesar de que el presidente Bernardino Rivadavia nunca llegó a sentarse en él porque fue adquirido en la Casa Forest de París, en 1885, durante el primer mandato de Argentino Roca. Se trata de una silla de brazos de madera de nogal tapizada en color celeste en la que, hasta la fecha, se han sentado todos los Jefes de Estado argentinos.


Citas: [1] FRANCO, L. Los secretos de la Casa Rosada. Buenos Aires: Sudamericana, 2017. [2] HUERTAS GARCÍA-ALEJO, M. Orfila, saber y poder médico. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1988, p. 280. [3] CRÓNICA. “Firme junto al pueblo”. En: Debate, 2003, nº 25-33, p. 5. [4] MARTÍN, C. “La historia de Buenos Aires contada a través de su arquitectura”. En: Revista AD, 2021.

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