miércoles, 16 de noviembre de 2016

El primer panóptico de España: el Presidio Modelo de Valladolid

En 1663, el arquitecto Louis Le Vau diseñó la Real Casa de las Fieras, en Versalles (Francia), para disfrute de Luis XIV, el Rey Sol. Su estructura se basaba en la figura de un octógono; en el centro, una pequeña construcción de dos plantas cubierta con un chapitel de pizarra ofrecía, en la estancia superior, un salón rodeado por una balconada desde la que se contemplaban los corrales adosados a siete de los ocho laterales del edificio (el octavo era la entrada al recinto). Gracias a este sencillo diseño, el monarca podía divisar a todas las especies de animales, de una sola vez. En su célebre libro Vigilar y castigar, Michael Foucault [1] se planteó la posibilidad de que Jeremy Bentham hubiera podido conocer la existencia de aquel zoológico –que desapareció durante la Revolución Francesa, a finales del siglo XVIII– inspirándose en él a la hora de concebir su panóptico –según la RAE: dicho de un edificio: construido de modo que toda su parte interior se pueda ver desde un solo punto– puesto que, en ambos casos, tanto Le Vau como Bentham mostraron una preocupación análoga de la observación individualizadora, de la caracterización y de la individualización, de la disposición analítica del espacio [1].

La Casa de las Fieras | Versalles (Francia)

A ciencia cierta, se sabe que en 1787, el filósofo Jeremy Bentham (1748-1832) –discípulo del inspector de prisiones John Howard (1726-1790) que se propuso reformar Los Estados de las Prisiones (1777) tras sufrir en primera persona las pésimas condiciones de la terrible prisión de Brest (Francia) y comprobar, de regreso a su país, que la situación de los presos en Inglaterra era tan injusta como al otro lado del Canal de la Mancha– viajó a lo que entonces se denominaba Rusia Blanca (actual Bielorrusia) para visitar a su hermano pequeño que trabajaba como ingeniero al servicio del mariscal Potemkin (militar que, con el tiempo, daría nombre al famoso acorazado), en un proyecto industrial. Fue Samuel Bentham, como el propio Jeremy reconoció, quien le sugirió la idea de construir un edificio de grandes dimensiones en el que los supervisores pudieran vigilar al mayor número posible de empleados, mano de obra sin calificar.

El propio Bentham lo describió así: Una casa de penitencia, según el plan que os propongo, debería ser un edificio circular, o por mejor decir, dos construcciones encajadas una en otra. Los cuartos de los presos formarían el edificio de la circunferencia con seis altos, y podemos figurarnos estos cuartos como unas celdillas abiertas por la parte interior, porque una reja de hierro bastante ancha los expone enteramente a la vista. Una galería en cada alto sirve para la comunicación, y cada celdilla tiene una puerta que se abre hacia esta galería. Una torre ocupa el centro, y esta es la habitación de los inspectores; pero la torre no está dividida más que en tres altos, porque están dispuestos de modo que cada uno domina de lleno sobre dos líneas de celdillas. La torre de inspección está también rodeada de una galería cubierta con una celosía transparente que permite al inspector registrar todas las celdillas sin que le vean, de manera que con una mirada ve la tercera parte de sus presos, y moviéndose en un pequeño espacio puede verlos a todos en un minuto; no obstante, aunque esté ausente, la persuasión de su presencia es tan eficaz como su presencia misma. Unos tubos de hojalata corresponden desde la torre de inspección central a cada celdilla, de manera que el inspector, sin esforzar la voz y sin incomodarse, puede advertir a los presos, dirigir sus trabajos y hacerles notar su vigilancia. Entre la torre y las celdillas, debe haber un espacio vacío, o un pozo circular, que impida a los presos todo medio de intentar algo contra los inspectores. El todo de este edificio es como una colmena, cuyas celdillas pueden verse todas desde un punto central. Invisible, el inspector reina como un espíritu; pero, en caso de necesidad, puede este espíritu dar inmediatamente prueba de su presencia real. Esta casa de penitencia podría llamarse «panóptico» para expresar con una sola palabra su utilidad esencial, que es la facultad de ver con una mirada todo cuanto se hace en ella [2].

Henry Williams Pickersgill
Retrato de Jeremy Bentham (ca. 1875)

A partir de aquella idea inicial, de regreso a Inglaterra, propuso un modelo de cárcel llamado panóptico [en inglés, panopticon], donde un solo vigilante podía ser capaz de controlar a todos los presos de su planta mediante un sistema de torre de vigilancia central en torno a la cual se disponían las celdas formando círculos; es decir, mínima privacidad, máxima visibilidad [3]. Tras publicar un primer libro en 1791, tardó ocho años en lograr que el Gobierno inglés le permitiera poner en práctica su propuesta, adquiriendo unos terrenos en Millbank, junto al Támesis, en 1799; y, finalmente, su sistema acabó implantándose en centros penitenciarios de todo el mundo: Dublín (Irlanda), San Petersburgo (Rusia), Bogotá (Colombia), Lisboa (Portugal), Siena (Italia), Breda (Países Bajos), Ginebra (Suiza), Grahamstown (Sudáfrica)... y en España, por ejemplo, los más conocidos fueron la Cárcel de Vigo, la Modelo de Barcelona, la Presó de Mataró (Barcelona), el centro de Carabanchel (Madrid), la Cárcel Correccional de Oviedo o la Prisión Preventiva y Correccional de Badajoz [actual Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC)] que respondía al modelo penitenciario de rotonda (o torre central) y naves radiales inspirado en el panóptico de Bentham.

Pero la primera prisión panóptica española fue el poco conocido Octógono de Valladolid; en realidad, los planos del arquitecto municipal, Epifanio Martínez de Velasco, trazaron un doble octógono que contaba con pabellones interiores radiales, un gran patio interior, también octogonal, y otros ocho en forma de trapecio totalmente independientes. El edificio, que se construyó (...) con la idea de servir como prisión, seguía un diseño acorde con los preceptos de la arquitectura penitenciaria del siglo XVIII, a semejanza de la prisión de Gante [Bélgica]. De planta baja y un piso, sobrio, sin ornamentos y en una parcela extramuros, la distribución servía para facilitar la vigilancia de los reos [4].

Como ha señalado el penalista argentino Eugenio Raúl Zaffaroni: (...) para Bentham el delito pone de manifiesto un desequilibrio producto del desorden personal del infractor, que debe ser corregido. Para eso proyectó la referida prisión llamada panóptico, con estructura radial, para que el preso sepa que será observado desde el centro y por mirillas en cualquier momento. De este modo, se le introduciría el orden y al final resultaría su propio vigilante, es decir, que se comería al guardián (es más delicado decir que lo introyectaría) [5].

Alfred Guesdon | Valladolid (ca. 1855). En el centro se aprecia el Octógono.

Recuperando la propuesta del filósofo inglés y manteniendo el diseño de aquella Casa de las Fieras versallesca, el desaparecido Presidio Modelo vallisoletano se construyó en un espacio situado entre la Plaza Zorrilla y el jardín del Campo Grande, por un extremo, y la ribera de la margen izquierda del río Pisuerga, por otro [hoy en día, todo aquel solar lo ocupa el edificio la Academia de Caballería (construido entre 1921 y 1928)]. La web de esta institución lo describe de la siguiente manera: Corría el año 1843 y en Valladolid se habían iniciado unas obras que tenían como objetivo el construir un edificio que iba a ser destinado a Prisión Modelo, en los terrenos conocidos como Campo de la Feria. Cuando en el año 1850 iban a concluir las obras, se nombró una comisión para reconocerlas antes de su entrega al Estado. Uno de los miembros de la misma, el Coronel de Caballería D. Manuel Montesinos y Molina, que ostentaba el cargo de Visitador de Prisiones del Reino, de prestigio universal por sus estudios sobre sistemas penitenciarios, redactó el informe de la comisión determinando el rechazo del edificio "(…) por su mal entendida construcción, su mala distribución interior, falta de luces y ventilación". Se solicitó además la cesión del Convento de los Jerónimos del Prado, para adaptarlo a prisión, con un coste de 80.000 reales, edificio que fue cedido con prontitud. Aprobada la cesión, el “octógono” recién construido quedó libre. El mencionado Coronel, conocedor de la precariedad de las instalaciones del recién creado Colegio Militar de Caballería, ubicado en Alcalá de Henares, propuso al Teniente General D. Ricardo Shelly Comenfoso, Director General del Arma, el traslado del Colegio a Valladolid, que se autorizó por R.O. de 22 de mayo de 1852. En ese año, treinta y nueve Alumnos recibían sus despachos de Oficial en Valladolid.

Patio central del Octógono y Biblioteca

Es decir, el panóptico pucelano se construyó específicamente como presidio pero nunca llegó a funcionar como establecimiento penitenciario sino como academia de formación del arma de Caballería hasta que la madrugada del 26 de octubre de 1915, un incendio fortuito, que se inició en un almacén junto a la calle de San Ildefonso, destruyó totalmente, tras tres días de lucha contra las llamas, el viejo “octógono”.

63 años después de su inauguración, el Colegio Militar fue destruido por un incendio.
En la madrugada del 26 de octubre de 1915, en torno a las 01.30 horas

NB: dos curiosidades vinculadas con este in albis: en Valladolid también se estableció la primera cárcel para mujeres: la Casa Galera; y, en cuanto a John Howard, en 1783 su plan de investigaciones le lleva a España donde, con cartas de presentación de Campomanes y la curiosidad propia del investigador social, realiza innumerables visitas a distintas prisiones y hospitales de las ciudades de Badajoz, Talavera, Toledo, Madrid, Valladolid, Burgos y Pamplona [6].

Citas: [1] FOUCAULT. M. Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión. Buenos Aires: Ediciones Siglo XXI, 2002, p. 187. Según el filósofo francés, el mayor efecto del panóptico era (...) inducir en el detenido un estado consciente y permanente de visibilidad que garantiza el funcionamiento automático del poder (ob. cit. p. 185). [2] BENTHAM, J. Panóptico. Barcelona: Virus, 2020, pp. 65 y 66. [3] SANZ DELGADO, E. Las prisiones privadas: la participación privada en la ejecución penitenciaria. Madrid: Edisofer, 2000, p. 73.  [4] Ayuntamiento de Valladolid. El Dr. Javier Baladrón Alonso ha narrado la historia de este singular edificio en su blog: Arte en Valladolid. [5] ZAFFARONI, E. R. La cuestión criminal. Buenos Aires: Planeta, 6ª ed., 2015, p. 63. [6] TORRES SANTO DOMINGO, M. “Otro viajero británico en la España del siglo XVIII: el penalista John Howard”. En: Pliegos de bibliofilia, 2002, nº 19, p. 75-76.

5 comentarios:

  1. Muy interesante artículo en el que se nos da a conocer una información qué, de nos ser por la incansable labor de D. Carlos, no conoceríamos. Ahora puedo presumir más de ser Vallisoletano!

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  2. Magnífico. No tenía ni idea. Estoy escribiendo un relato y la información calza como un guante. Tu blog tiene un aspecto fantástico. Yo tengo este: elartedelacalma.com. Insisto. Muchas gracias.

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  3. ...Por cierto. Un lince el coronel... ¿Nadie vio raro que lo que no valía para los presidiarios era bueno para los soldaditos españoles y valientes de la canción?... o no era tan malo?... Nos quedamos con las ganas... pero nos queda la literatura. Otra vez gracias. Y otra cosa: nacimos en el mismo año en la misma ciudad, supongo que coincidiríamos en el templo: tú derecho y yo historia, misma cafetería.

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    1. Hola Jelvoi, buenos días: muchas gracias por tus comentarios. Seguro que coincidimos en los bares de la calle Librería a finales de los años 80 y comienzos de los 90. Luego curioseo por tu blog porque esa unión de tarot y yoga promete mucho ;-) Un cordial saludo, Carlos

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