viernes, 14 de enero de 2022

Las tres leyes de la imitación de Gabriel Tarde

Sobre la vida de este polifacético jurista, el profesor mexicano Luis Rodrígez Manzanera ha destacado los siguientes momentos de su biografía: (…) Jean Gabriel Tarde nació en el pueblo de Sarlat, Francia, en 1843; murió en 1904 [en París]. Era miembro de una familia aristocrática, los De Tarde (aunque Gabriel nunca utilizó la partícula "de"). Su padre fue un militar que después de las guerras napoleónicas siguió la carrera de derecho y fue juez en su pueblo; casado a los 44 años, dejó a su único hijo, nuestro autor, huérfano a la edad de 7 años. Tarde estudió en una escuela de jesuítas, siendo sus principales intereses el latín, el griego, historia y matemáticas. A pesar de haber sido un brillante estudiante, siempre se quejó de la disciplina que limitaba la libertad individual. A los 17 años ingresó a la escuela politécnica, estudiando matemáticas y principió la resención de un "periplo enciclopédico alrededor de todas las ciencias y en la construcción de un vasto sistema filosófico". Sin embargo una enfermedad en la vista, producida a los 19 años a consecuencia de estudios excesivos, lo llevó a abandonar su idea y a estudiar la carrera de Derecho en la Universidad de Toulouse, relatando que "quizá no tanto por vocación personal, por imitación-costumbre, es por lo que, en una época muy triste de mi juventud ingresé en la magistratura". Completó sus estudios con un año en la Universidad de París. Aceptó ser juez de instrucción en [su localidad natal] Sarlat y sus alrededores, negándose a aceptar todos los ascensos que le proponían, primero por estar junto a su madre, y después porque, como él mismo confiesa, "comprendí que era preciso optar entre mi ascenso profesional y mi desenvolvimiento personal por el estudio, mediante el empleo científico de mis numerosos ocios, y mi elección fue obra de poco tiempo". Se casó en 1887 y tuvo dos hijos (…). En 1893 fue invitado por el Ministro de Justicia a preparar un trabajo sobre la organización de la estadística criminal, y en 1894 fue nombrado director de Estadística Criminal del Ministerio de Justicia en París. Ya en la capital pudo publicar el grueso de su obra, ocupando en 1899 el sitial de Filosofía Moderna en el Colegio de Francia, y en 1900 elegido como miembro de la Academia de Ciencias Morales y Políticas [1]. De esa época son sus obras cumbre: La criminalité comparée (1886), Les Lois de l’imitation: étude sociologique (1890) y La Philosophie pénale (1890).

Para el profesor García-Pablos de Molina: (…) Tarde es un ejemplo muy significativo de genialidad, prestigio y eminencia intelectual desligado del liderazgo y boato de la vida académica. Uno de los pensadores más originales y, tal vez, peor conocidos de la moderna criminología [2].

En esa misma línea, su biógrafa, la profesora estadounidense Margaret S. Wilson tampoco ahorra elogios y destaca que, además de ser un prestigioso jurista e intelectual fue un eminente filósofo, psicólogo, sociólogo y criminólogo de fama internacional cuyos planteamientos sobre el origen social de la delincuencia acabaron convirtiéndose en la piedra angular de las teorías criminológicas de Estados Unidos. En su opinión: Tarde admitió que los factores biológicos y físicos podrían desempeñar un papel en la creación de un delincuente, pero mediante su análisis del crimen en Europa y las citas de otros especialistas demostró que la influencia del entorno social era más significativa para moldear el comportamiento delictivo (…) Tarde reconoció que tanto el elemento de la elección individual como el factor del azar intervienen en una carrera criminal. (…) Aunque insistió en que la elección opera en todas las carreras y que la responsabilidad moral por los actos de cada persona descansa sobre esa base, se dio cuenta de que los barrios marginales, el inframundo e incluso las prisiones mismas condicionan al criminal a una vida delictiva [3].


Junto a sus teorías sobre la delincuencia concebida como una industria –un tema particularmente interesante en el que defendió la idea de que el criminal acaba comportándose como cualquier otro profesional según las reglas que dicte el mercado– y la relativa a la eficacia de las penas –(…) para Tarde las penas eran ineficaces respecto a la que denominaba criminalidad necesaria (motivada por el hambre, la venganza o el amor); eran eficaces, por el contrario, para la que apelaba criminalidad de lujo (motivada por el deseo de libertinaje y de bienestar); pero como con el progreso de la civilización aumenta la proporción de crímenes de esta segunda categoría, la importancia de las penas también va en aumento [4]– el autor périgourdin formuló las famosas tres leyes de la imitación para explicar el comportamiento de los delincuentes; fijándose específicamente en la imitación como clave de las conductas, impresionado por el poder que adquiría la prensa, especialmente con el escándalo del caso Dreyfus [5].

A grandes rasgos, según la primera ley, el hombre imita a otro en proporción directa al grado de proximidad o intimidad de la relación entre ellos existente y de su naturaleza. (…) A tenor de la segunda ley, el superior es imitado por el inferior. (…)  La tercera ley de la imitación (ley de la inserción) destaca el carácter subsidiario o alternativo con que actúan ciertas modas criminales recíprocamente excluyentes cuando concurren en el tiempo. El incremento de la más reciente es correlativo al descenso de la anterior, salvo contadas excepciones [2].


La profesora Wilson lo desarrolló así:

1. La primera y más obvia es que los hombres se imitan unos a otros en la medida en que mantienen un contacto estrecho. En multitudes o ciudades donde el trato es cercano y la vida es activa y estimulante, la imitación es más frecuente y cambia a menudo. Tarde definió este fenómeno como moda. En los grupos estables, familiares y rurales, donde el contacto y la actividad son menores, la imitación también es menor y rara vez cambia. Tarde definió este fenómeno como costumbre. En mayor y menor grado, las dos formas de imitación –moda y costumbre– se dan en todas las sociedades y con ciertos ritmos irregulares. La moda difunde una determinada acción, que eventualmente se arraiga como costumbre; pero la costumbre es posteriormente desarraigada por una nueva moda que a su vez se convierte en costumbre.

2. La segunda ley se refiere a la dirección en la que se difunden las imitaciones. Por lo general, el superior es imitado por el inferior. Estudiando la crónica negra de sucesos, Tarde analizó crímenes de maleantes, borrachos, envenenadores y asesinos que, en su origen, eran prerrogativa sólo de la realeza, pero durante la vida de Tarde, la última parte del siglo XIX, se produjeron en todos los ámbitos sociales. Después de la desaparición de la Monarquía, las capitales se convirtieron en innovadoras de delitos. El asalto indecente a los niños se encontró primero solo en las grandes ciudades, pero luego ocurrió en las áreas circundantes. Modas tales como descuartizar cadáveres en pedazos comenzaron en París en 1876 y el lanzamiento de vitriolo [para desfigurar con ácido el rostro de otra persona] ocurrió por primera vez en esa ciudad en 1875. Ambas modas pronto se extendieron a otras partes de Francia.

3. A la última ley de imitación Tarde la llamó ley de inserción. Si dos modas mutuamente excluyentes se unen, una puede sustituirse por la otra. Cuando esto sucede, hay una disminución en el método anterior y un aumento en el más nuevo. Ejemplo de ello serían los asesinatos por apuñalamiento y por arma de fuego. Tarde descubrió que el primer método había disminuido mientras el segundo había aumentado (…) [3].

Yue Minjun | Fighting (2009)


Citas: [1] RODRÍGUEZ MANZANERA, L. Criminología. Ciudad de México: Porrúa, 2ª ed., 1981, pp. 345 y 346. [2] GARCÍA-PABLOS DE MOLINA, A. Tratado de Criminología. Valencia: Tirant, 4ª ed., 2009, p. 416. [3] WILSON, M. S. “Pioneers in Criminology I. Gabriel Tarde (1843-1904)”. En: Journal of Criminal Law and Criminology, nº 45, 1954-1955, pp. 3 a 6. [4] BARBERO SANTOS, M. Estudios de Criminología y Derecho Penal. Valladolid: Universidad de Valladolid, 1972, p. 22.[5] ZAFFARONI, E. R. La cuestión criminal. Buenos Aires: Planeta, 2012, p. 127.

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