viernes, 26 de agosto de 2022

Sobre el «darrab» que vigilaba las calles andalusíes de noche

A mediados del siglo XX, el investigador Abdelkrim Aluch estudió la organización administrativa de las ciudades de al-Ándalus poniendo especial énfasis en la inseguridad de sus calles y las altas tasas de criminalidad que debieron caracterizar esa época. Así podemos contextualizar las funciones de esta suerte de policía local: (…) Era preciso asegurar en la ciudad el orden público de día y de noche. Los textos de los cronistas hispanomusulmanes reflejan un estado de cosas sobre la seguridad social que no era tranquilizador para el ciudadano, situación que, por otra parte, no era excepción en el mundo islámico medieval. Córdoba y las demás ciudades hispanomusulmanas tenían una especie de guardias urbanos, llamados darrab que, llegada la noche, cerraban las puertas de cada barrio. Eran numerosos, pues cada calle –según veremos a continuación por el testimonio de Maqqari– tenía uno de estos vigilantes nocturnos que hacía la ronda con una linterna y acompañado de un perro, que ladraba al menor ruido sospechoso. Los asesinatos y los robos, pese a estas precauciones, estaban a la orden del día en las ciudades, pues la población tenía, en general, pocos escrúpulos y era difícil de contentar.

Maqqari nos ha conservado un texto precioso sobre esta función que dice así:  «La función de vigilante nocturno en (…) al-Andalus recibe el nombre de darráb (pl. darrabin). En al-Andalus hay muchas callejuelas con puertas que se cierran por la noche. En cada calle hay un hombre de estos que pasan la noche con un farol colgado, un perro y un arma preparada, pues es grande el peligro que existe a causa de los maleantes, que son muchos y roban con frecuencia. Entran a las grandes mansiones, descerrajan las puertas y matan al dueño de la casa para que no hable. No puedes estar en al-Andalus sin oír: En la casa de fulano entraron ayer unos bandidos y lo han degollado en su cama. Y la frecuencia o disminución de estos casos no depende de la autoridad del gobernador, pues, aunque extreme el rigor y su espada gotee continuamente sangre, no puede desarraigar este vicio. Se ha llegado al extremo de matar a uno, como castigo, por haber robado un racimo de uvas y cosas semejantes y no han conseguido terminar con los ladrones» [1].


Además de la referencia al historiadorAhmed Mohamed al-Maqqari [Tremecén, 1578 - El Cairo, 1632]; otras fuentes también mencionan, por ejemplo, el testimonio del Ibn Abdún. Según la profesora Loubna el Ouazzani Chahdi, este jurista –probablemente sevillano– del siglo XIV nos cuenta una de las técnicas que los ladrones utilizaban para robar: “Es de fuerza suprimir a los sahumadores [personas que rociaban con perfume a los clientes como muestra para que los compraran] porque son cómplices de los ladrones, y sahuman y echan agua perfumada sobre el rostro de uno, mientras el ladrón aprovecha la oportunidad, y cuando acaban, y el comprador se va, participan luego de lo que ha cogido el ladrón, que les da algo según lo que haya atrapado”. Y apunta «se ha de ser severo en juzgar y castigar a los ladrones y criminales, más que con los demás delincuentes, puesto que no tienen otro propósito que atentar contar los bienes o contra las vidas humanas» [2].

En la doctrina, apenas podemos encontrar alguna otra referencias a los darrabin; por citar tres ejemplos: Torres Balbás señala que en cada calle (…) había un sereno armado –darrab–, con una linterna colgada, acompañado de un perro [3]; García de Valdeavellano los definió como guardias que cuidaban del orden urbano [4]; un concepto análogo al que se refiere Sánchez-Albornoz: un cuerpo de guardias de policía urbana llamados darrab [encomendados de] la vigilancia nocturna (…) con linternas y perros [5].


Citas: [1]: ALUCH, A. “Organización administrativa de las ciudades en el islam español”. En: Miscelánea de estudios árabes y hebraicos. Sección Arabe-Islam, 1961, vol. 10, pp. 46 y 47. [2] EL OUAZZANI CHAHDI, L. “El delito de robo en el Derecho Penal Hispano-Musulmán”. En:  Cuadernos de Historia del Derecho, 2005, nº 12, p. 301. [3] TORRES BALBÁS, L. Ciudades hispanomusulmanas. Tomo II. Madrid: Ministerio de Asuntos Exteriores, 1970, p. 373. [4] GARCÍA DE VALDEAVELLANO, L. “Historia de España: De los orígenes a la baja Edad Media”. En: Revista de Occidente, 1952, p. 637. [5] SÁNCHEZ-ALBORNOZ, C. La España musulmana: según los autores islamitas y cristianos medievales, Volumen 1. Madrid: Ateneo, 1946, p. 281.

Pinacografía: Edwin Lord Weeks | Interior de la Mezquita de Córdoba (ca. 1880). Antonio María Fabrés | Un ladrón (ca. 1887). Dionís Baixeras | Abderramán III y el embajador (1885).

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