lunes, 2 de enero de 2017

El caso Lafarge

Si la puesta de largo judicial de la botánica forense se produjo en 1932 con el juicio por la muerte del bebé de los Lindbergh; un siglo antes, ya había ocurrido lo mismo con el envenenamiento, por arsénico, de Charles Lafarge, en 1840. La toxicología forense alcanzó entonces su mayoría de edad con aquel proceso que pasó a la historia por el peritaje del menorquín Mateu Orfila, cuyas pruebas resultaron cruciales para condenar a la viuda, Marie Lafarge, en uno de los asesinatos más famosos de la crónica negra francesa. La trascendencia mediática de aquella muerte proporcionó una incipiente reflexión acerca del papel de la ciencia en los tribunales [1] y, al igual que ocurrió en otros célebres procesos judiciales de Francia –donde un escritor se implicó, por ejemplo, en los casos de Calas, con Voltaire; Dreyfus, con Émile Zola; o Peytel con Balzac– todas las sesiones, hasta que el jurado dictó el veredicto, tuvieron una inusitada repercusión social que, en esta ocasión, comprometió a Alexandre Dumas aunque sin el mismo éxito porque el creador de El Conde Montecristo no creyó en su inocencia.

La víctima (1811-1840) era un joven viudo, propietario de la forja que heredó de su padre, en las ruinas de una antigua abadía del siglo XIII en Glandier [departamento de la Corrèze, en la antigua región de Lemosín; actual Nueva Aquitania] y alcalde de la localidad de Beyssac. En 1839, Charles acudió a una agencia matrimonial en busca de una nueva esposa y la candidata que le presentaron fue una huérfana muy educada llamada Marie Fortunée Capelle (1816-1852) que, además, le aportaba una considerable dote. El enlace se celebró el 11 de agosto de aquel mismo año y, desde la noche de bodas, comenzaron las discrepancias entre ellos y, sobre todo, entre la suegra y su nuera. En los meses posteriores, la situación pareció que se calmaba, Marie contrató nuevo personal de servicio, empezó a reformar la casa y –lo más importante– convenció a su marido para que invirtiera en su empresa, mejorando el método de trabajo de su fundición con el objetivo de reducir gastos e incrementar la productividad. Aquella iniciativa tuvo éxito y el matrimonio no solo encontró un vínculo que comenzó a unirles sino una innovación que les animó a que él viajara a París para solicitar un crédito con el que poner en marcha sus planes. Durante su viaje a la capital francesa, Charles recibió un paquete de su mujer en el que le enviaba un pastel, el esposo lo probó y enfermó. De regreso a casa, a comienzos de 1840, su salud fue empeorando por momentos a pesar de las numerosas visitas de varios facultativos que lo atendieron hasta que, finalmente, murió la madrugada del 14 de enero.


Al día siguiente, el prefecto comenzó la instrucción del caso Lafarge porque la madre del fallecido estaba convencida de que su muerte no había sido natural y sospechaba de su nuera; la policía encontró el arsénico que Marie compró para acabar con las ratas de la abadía y los primeros análisis dieron positivos en algunos alimentos donde se encontró al rey de los venenos. Aquellas evidencias, unidas a que la esposa era la única persona que se beneficiaba de los cambios efectuados en el último testamento de Lafarge, acabaron con ella entre rejas, encarcelada en la prisión de Brive.

El juicio por envenenamiento, que entonces se castigaba con la pena de muerte, se celebró en el Palacio de Justicia de Tulle –capital comarcal– del 2 al 15 de septiembre de 1840. La defensa de la acusada corrió a cargo de Alphonse Paillet y, ejerciendo el principio de contradicción, ambas partes propusieron la intervención de numerosos peritos que ofrecieron testimonios muy contradictorios de los hechos; por ese motivo, fue el propio abogado de Marie quien propuso la intervención de Mateu Orfila i Rotger (1787-1853), decano de la Facultad de Medicina de París y toda una eminencia en materia de venenos desde que, en 1818, se habían publicado los dos tomos de su Traité des poisons (uno de los tratados toxicológicos más importantes del siglo XIX). Paradójicamente, su elección fue un completo error porque Paillet no pudo negarse al análisis final realizado por Orfila que (…) en nada beneficiaba los intereses de su defendida [2]

El tribunal ordenó la exhumación del cadáver de Charles, en horrible estado de descomposición [3], para tomarle nuevas muestras que se llevaron al estrado judicial; allí, Orfila –y otros dos expertos químicos: Mrs. Devergie y Chevallier– las analizaron y concluyeron que existía arsénico en el cadáver.

Con aquella prueba, el veredicto se hizo público el 15 de septiembre: el jurado encontró culpable a Marie pero con circunstancias atenuantes que lograron conmutar la pena capital por una cadena perpetua a trabajos forzados. Tres meses más tarde, el tribunal de casación confirmó la pena. Hasta su fallecimiento en 1852 –a los pocos meses de ser indultada porque su tuberculosis ya se encontraba en fase terminal– ella siempre proclamó su inocencia. Otros expertos, como el polémico médico François-Vincent Raspail afirmaron que Charles Lafarge falleció, en realidad, por culpa de los contravenenos que le aplicaron los primeros médicos que le atendieron y que el cuerpo humano contenía arsénico de forma natural. Con el paso del tiempo, el caso también suscitó la curiosidad de Cesare Lombroso (que consideró a la asesina como el prototipo de mujer delincuente) o de Edmond Locard (que narró todos los acontecimientos en un libro, al igual que siguió la investigación del caso Gouffe, entre otros).

Citas: [1] BERTOMEU SÁNCHEZ, J. R. La verdad sobre el caso Lafarge. Barcelona: Ediciones del Serbal, 2015, p. 284. [2] Ob. cit. p. 188. [3] FUENTES, M. Colección de causas celebres contemporáneas. Tomo X. Lima: Imprenta de la Época, 1862, p. 61.

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