martes, 20 de septiembre de 2011

Las mutilaciones genitales femeninas (MGF)

Según la Organización Mundial de la Salud, estas mutilaciones comprenden las lesiones de los órganos genitales femeninos por motivos no médicos –en referencia a la llamada introcisión: perforación, incisión, raspado o cauterización de la zona genital (modalidad llamada del tipo IV)– así como todos los procedimientos consistentes en la resección parcial o total de los genitales externos femeninos, que pueden agruparse en tres grados: El tipo I –la clitoridectomía o ablación– es la extirpación parcial o total del clítoris (órgano pequeño, sensible y eréctil de los genitales femeninos) y, en casos muy infrecuentes, solo del prepucio (pliegue de piel que rodea el clítoris); el tipo II –la escisión– es la resección parcial o total del clítoris y los labios menores, con o sin extirpación de los labios mayores y, finalmente, la peor, el tipo III –la infibulación, también conocida como circuncisión sudanesa o faraónica– es el estrechamiento de la abertura vaginal para crear un sello mediante el corte y la recolocación de los labios menores o mayores, con o sin extirpación del clítoris. En palabras de la modelo somalí Waris Dirie que la padeció: No dejó más que una minúscula abertura, del tamaño de la cabeza de una cerilla, para orinar y menstruar.

Estas prácticas tradicionales nocivas –según los términos que utiliza la ONU– se continúan realizando hoy en día, al menos, en 28 países del África septentrional, Oriente Medio y Sureste asiático donde aún se lleva a cabo esta costumbre ancestral que hunde sus raíces en las sacerdotisas del Antiguo Egipto, a las que ya se les realizaba la infibulación hace unos 5.000 años; y se concibe como un acto que purifica a las niñas menores de 15 años, mejorando su fertilidad en un rito de transición a la vida adulta que les convierte en mujeres a pesar de la gravedad del daño que se les causa.

Daño que es irreversible y que no aporta ningún beneficio a las cerca de 140.000.000 de mujeres que la padecen en todo el mundo sino que, al contrario, puede perjudicarles gravemente al interferir en el desarrollo natural de las funciones de su organismo, al provocarles complicaciones inmediatas (como dolores, hemorragias, tétanos, sepsis, retención de orina, llagas abiertas y lesiones en los tejidos) o a largo plazo (infecciones, quistes, depresiones, ansiedad, frigidez, complicaciones en futuros partos y esterilidad). Un catálogo de lesiones físicas y psicológicas demasiado amplio como para no poner en entredicho los valores de ciertas culturas y mostrar sus carencias a la hora de respetar los derechos humanos.

Esta tradición –que se practica indistintamente entre cristianos, judíos, musulmanes o animistas– no tiene nada que ver con la religión y ninguna creencia la respalda (tampoco el Islam; de hecho, el mito de que el Corán exige su práctica es falso y carece de fundamento ya que cualquier tipo de mutilación genital femenina es contraria a los preceptos religiosos musulmanes); por lo tanto, se trata de un fenómeno ajeno al hecho religioso; una atroz costumbre que refleja una arraigada forma de desigualdad y discriminación con respecto a las mujeres, que viola sus derechos a la salud, la seguridad y la integridad física; a no ser sometidas a torturas y tratos crueles, inhumanos o degradantes; e incluso su derecho a la vida, puesto que muchas intervenciones finalizan con la mujer desangrada o víctima de las infecciones que provoca la falta de salubridad.

En 2003, España tipificó las MGF en el Art. 149.2 del Código Penal: El que causara a otro una mutilación genital en cualquiera de sus manifestaciones será castigado con la pena de prisión de 6 a 12 años.

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