viernes, 28 de diciembre de 2012

El wendigo y los homicidios por prioridad

Entre los aficionados a la literatura de terror –y, en especial, al subgénero de los relatos de fantasmas– uno de los autores más leídos es Algernon Blackwood (1869–1951). Un prolífico escritor inglés al que, desafortunadamente se le recuerda más por haber formado parte de la fraternidad esotérica Alba Dorada (Golden Dawn), junto a otro de los grandes maestros del horror, Bram Stoker (Drácula), que por la innegable calidad de su obra literaria. Desde joven, Blackwood trabajó en diferentes oficios por toda Norteamérica, donde escuchó las narraciones que los pueblos nativos de Canadá y EE.UU. transmitían de padres a hijos. Aquellas leyendas le inspiraron las historias sobrenaturales que escribió con su personal estilo, capaz de envolver la narración con una atmósfera de misterio, ideal para leerlos cuando las horas se deslizan en busca de la medianoche, como lo describió el propio autor. Una de aquellas historias es El wendigo, basada en un ancestral mito, muy popular entre las tribus norteamericanas de los ojibwa y los cri (cree, en inglés).

Sentado junto al fuego, el personaje del doctor Cathcart cuenta a los demás protagonistas que el wendigo es simplemente la personificación de la Llamada de la Selva, que algunos individuos escuchan para precipitarse hacia su propia destrucción (…) La alegoría es significativa porque la Voz, según dicen, recuerda los ruidos menudos del bosque: el viento, un salto de agua, los gritos de los animales, y cosas así. Y una vez que la víctima oye eso… ¡se acabó!

Más allá de la literatura, el argumento del wendigo se mueve en ese nebuloso límite de los llamados conceptos etnojurídicos, a medio camino entre el Derecho, la Psicología y la Antropología. Marvin Harris es uno de los expertos que ha estudiado la psicosis wendigo (wendigo psychosis) al hablar de la polémica relación entre la cultura y las enfermedades mentales. En su libro Antropología cultural (Madrid: Alianza, 2007, p. 421) –una de esas obras imprescindibles que deberían formar parte del “fondo de estantería” de cualquier biblioteca– relata que, entre los cazadores-recolectores de las tribus algonquinas de los ojibwa y los cri (cree), existe el convencimiento de que el espíritu del wendigo posee a aquellas personas que se encuentran heridas o famélicas en la nieve, convirtiéndolos en verdaderos caníbales que matarán y devorarán a sus compañeros a menos que se acabe antes con él.

En 1982, otro antropólogo, Lou Marano, también se había referido a esta cuestión en un artículo que publicó en la revista Current Anthropology donde puso de relieve que –en su opinión– estos casos no suponían una evidencia de psicosis, sino de un sistema de homicidio por prioridad que definió del siguiente modo: dejar que alguien muera para que otros puedan vivir, en el que el miedo a ser comido se usaba para superar el miedo a romper el tabú de matar a un compañero de campamento.

Uno de los casos reales más conocidos fue el de Swift Runner, un trampero de la etnia cri al que se juzgó y ejecutó en Fuerte Saskatchewan (Alberta, Canadá) en 1879, por haber asesinado a ocho miembros de su propia familia, a los que se comió durante un crudo invierno; según él, porque le poseyó el espíritu de un wendigo. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, hubo otros homicidios similares que afectaron a los nativos canadienses como los crímenes que cometió el chamán Jack Fiddler, en 1907 (fue detenido, gracias a un testigo, pero logró escapar de la cárcel y se suicidó ahorcándose).

NB: En el videojuego Until Dawn, el termino Wendigo, (también llamado Windigo o Witiko) es descrito como espíritus de nativos americanos después de practicar el canibalismo, que poseen a las personas que, después de días sin comer, tienen hambre o ansias de carne humana. Algunas personas de estas tribus que eran poseídas, se aislaban, abandonaban sus comunidades o se suicidaban para evitar dañar a los demás. La única manera de destruir a un Wendigo es quemándolo, ya que su corazón es un cubo de hielo que se derrite con el fuego, por eso le temen al fuego según los relatos (...).

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