miércoles, 6 de agosto de 2014

Caín y Abel (II): ¿por qué se dice que el arma homicida fue una quijada?

Desde el siglo IX, los artistas suelen representar al primogénito de Adán y Eva matando a su hermano de un golpe propinado con una quijada de asno. Esta imagen forma parte de nuestro subconsciente colectivo aunque –como ya tuvimos ocasión de mencionar en la primera parte de esta entradano existe ninguna referencia documental en las Sagradas Escrituras que avale ese convencimiento; es decir, ni la Biblia ni el Corán citan, expresamente, que ese hueso fuera el arma homicida. Aun así, las Bellas Artes se hicieron eco de esa tradición e inmortalizaron a Caín de pie, inclinado sobre Abel, que permanece tendido en el suelo, desnudo, indefenso y con gesto incrédulo; mientras el labrador lo reduce, agarrando con fuerza la mano del joven pastor de ovejas a la altura de su cuello y blandiendo la quijada para golpearlo hasta quitarle la vida. De esta forma, a mediados del siglo XVIII, el italiano Gaetano Gandolfi inmortalizó el primer asesinato que narra el Génesis. Su cuadro no destaca por la originalidad temática –de hecho, muchos otros pintores han escenificado ese fratricidio: Tintoretto, Tiziano, Negretti, Rubens, Rembrandt, Manfredi, Bacchiacca, Spada, Coxie, de Vos, Levine, Loth, Cotman, Schiavone, Vouet, etc.– pero en el óleo de Gandolfi se aprecia, sin lugar a dudas, que el arma homicida fue la mandíbula inferior de un animal.

Junto a estas pinturas, William Shakespeare también contribuyó a inmortalizar ese mito en la tragedia de Hamlet. Nada más comenzar la escena del cementerio con la que se abre el quinto acto, el desdichado príncipe de Dinamarca coge la calavera que le entrega el sepulturero y dice: Esa calavera tenía lengua y podía en otro tiempo cantar. ¡Cómo la tira contra el suelo ese bribón, como si fuera la quijada con que Caín cometió el primer asesinato!

Aunque es cierto que otros artistas han recurrido a diversas armas –palos, piedras, hoces, bastones, azadas, guadañas e incluso un tizón de las ascuas del altar donde los hermanos practicaban los sacrificios a Dios [según Lord Byron en su dramático poema Caín]– lo habitual es referirse a una quijada. En principio se podía pensar que los cristianos de la Edad Media llegaron a esta conclusión por analogía con la historia de Sansón que se narra en el Libro de los Jueces [15, 14-17]: Cuando estaban por llegar a Lejí, los filisteos le salieron al encuentro dando gritos de triunfo. Entonces el espíritu del Señor se apoderó de él: las cuerdas que sujetaban sus brazos fueron como hilos de lino quemados por el fuego y las ataduras se deshicieron entre sus manos. Allí mismo encontró una quijada de asno, todavía fresca, extendió su mano, la tomó y mató con ella a mil hombres. Entonces Sansón exclamó: «Con la quijada de un asno hice dos pilas de cadáveres; con la quijada de un asno dejé tendidos a mil hombres». Cuando terminó de hablar, Sansón arrojó la quijada del asno. Por ese motivo, alguna representación de Sansón matando a un filisteo se ha creído, erróneamente, que mostraba a Caín y Abel [un buen ejemplo es lo que sucede con la magnífica escultura de Juan de Bolonia (Giambologna) que se conserva en el Victoria and Albert Museum, de Londres].

Es posible que el paralelismo entre ambas escenas bíblicas influyera en la elección de la quijada pero esa no fue la causa determinante. En 1942, Meyer Schapiro publicó un excelente artículo sobre esta cuestión cuyo título parafraseaba la frase de Hamlet, Cain's Jaw-Bone that Did the First Murder, en la revista The Art Bulletin [Vol. 24, nº. 3 (septiembre), pp. 205-212]. El historiador lituano-estadounidense, tras analizar la iconografía medieval inglesa e irlandesa y diversos elementos lingüísticos, consideró, con buen criterio, que se eligió este arma por la concurrencia de dos motivos principales: por un lado, durante la Edad Media, los aperos de labranza solían fabricarse con los huesos de los animales muertos y, la forma de las quijadas era muy útil para ser empleada en el campo como hoz; partiendo de esta base, el pueblo llano asimiló con buena lógica que el primer asesino hubiese utilizado el mismo arma que ellos usaban en su trabajo; y, por otro lado, la mandíbula inferior de la boca siempre se ha relacionado con el concepto de la puerta del infierno, representada por un terrible ser monstruoso con las fauces abiertas, dispuestas a tragarse a los pecadores, de ahí que la quijada también llevase implícito los elementos de la bestialidad y la maldad.

El arte medieval impuso, de acuerdo con la mentalidad de aquel tiempo, que si Caín mató a Abel tuvo que asesinarlo con una quijada por ser un apero tradicional del campo y porque ese hueso se identificaba con la entrada del infierno y, por lo tanto, con una mala conducta.

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