viernes, 22 de agosto de 2014

El juicio de Salomón

El tercer monarca de Israel –después de Saúl y del mítico rey David– gobernó el país unificado que le dejó su padre, aproximadamente, entre los años 965 y 928 a.C.; durante la época de los patriarcas bíblicos que los historiadores enmarcan en la Edad del Hierro. Como sucede con casi todos los personajes históricos de renombre, Salomón se ha granjeado, con el paso de los años, tanto defensores a ultranza como acérrimos detractores: los primeros argumentan que durante su Gobierno se levantaron fortalezas que defendieron a Israel de los ataques de sus vecinos, se construyó el Templo de Jerusalén para colocar allí el Arca de la Alianza –con las tablas de la Ley que Dios le entregó a Moisés–, desarrolló una gran labor creativa de proverbios y aforismos y administró justicia con tanta sabiduría que, todavía hoy, se menciona el juicio salomónico; en cambio, con la misma tenacidad, otros le achacan el elevado coste de mantener un inmenso harén con cerca de 1.000 esposas, concubinas y amantes; la ruina de una Corte acostumbrada al lujo –trono de marfil, vajillas de oro, 12.000 caballos en sus establos…– que obligaba a subir los impuestos de su pueblo; la idolatría de otras divinidades –Camós y Moloc– por lo que el propio Yahvé le castigó, dividiendo a su muerte el país en dos –Israel y Judá– y, finalmente, la práctica de rituales de magia negra en los últimos años de su vida.

La imagen de Salomón que conservamos más arraigada en nuestro recuerdo se la debemos al suceso que se describe en el Libro Primero de los Reyes (3, 16-28): Vinieron por entonces al rey dos mujeres de mala vida y, presentándose ante él, dijo una de ellas: "¡Con permiso, señor mío! Yo y esta mujer habitamos una misma casa y yo di a luz junto a ella en casa. A los tres días de mi parto, dio a luz también esta mujer. Estábamos juntas y ningún extraño había con nosotras en casa, fuera de nosotras dos. Una noche murió el hijo de esta mujer, por haberse acostado ella sobre él; y ella, levantándose a media noche, tomó a mi niño de junto a mí, mientras tu sierva dormía, y lo acostó en su regazo, y a su hijo muerto le acostó en mi seno. Cuando por la mañana me fui a levantar para dar el pecho a mi hijo, lo encontré muerto. Pero, examinándole luego atentamente a la luz del día, vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz". Replicó la otra mujer: "No es verdad, pues mi hijo es el vivo y el tuyo es el muerto". Mas la primera decía: "No, tu hijo es el muerto y mi hijo el vivo". De esta suerte disputaban delante del rey.

Tomó entonces el rey la palabra: "La una dice: Este es mi hijo, el vivo; el tuyo es el muerto. La otra replica: No, tu hijo es el muerto y mi hijo el vivo". Y ordenó: "Traedme una espada". Trajeron una espada al rey y éste dispuso: "Partid en dos al niño vivo y dad la mitad de él a una y la otra mitad a la otra". Entonces la mujer cuyo niño era el vivo, sintiendo conmoverse sus entrañas por su hijo, dijo: "¡Permíteme, señor mío! Dale a ella el niño vivo, pero matarle… ¡no, que no le maten!". La otra, en cambio, decía: "No será para mi ni para ti; que le partan".

Entonces el rey tomó la palabra y sentenció: "Dad a la primera el niño vivo, y no lo matéis; ella es su madre". Todo Israel se enteró de la sentencia que el rey había pronunciado y todos le temieron, viendo que había en él una sabiduría divina para administrar justicia.

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