lunes, 20 de julio de 2015

El asesinato de la segunda esposa de Alonso Cano

Pintor, escultor, arquitecto, dibujante... Alonso Cano [Granada (1601-1667)] fue uno de los grandes maestros del barroco español del siglo XVII pero su polifacética obra no llegó a obtener el mismo reconocimiento público que sí lograron su condiscípulo Velázquez o sus coetáneos Murillo y Zurbarán; un desconocimiento al que contribuyó el halo de leyenda negra que siempre rodeó su vida, especialmente, desde que, en 1724, Antonio Palomino –considerado el Giorgio Vasari español, a semejanza de este célebre historiador italiano que narró la vida de los artistas de su país– publicó su biografía, "excediéndose" en la suma de fábula y ficción que tejió en torno al nombre de Cano. De él proviene la historia del duelo con [otro pintor llamado Sebastián] Llanos y Valdés, la acusación de uxoricidio [(…) su mujer murió apuñalada y, a pesar de que los testimonios de la época demuestran lo contrario, un autor tras otro ha afirmado que el mismo Cano fue el asesino (…)] y otras muchas invenciones, como afirmó uno de los mayores expertos sobre el legado del genial granadino, el historiador Harold E. Wethey [1].

Otros autores, en cambio, como el ensayista Antonio Gil Ambrona, se preguntan si ante la sospecha por el asesinato de su esposa, nunca demostrado e insistentemente negado, no solo por él, sino también por sus biógrafos, no será que, en este caso, como sucedió con Hernán Cortés [cuya esposa, Catalina Juárez, murió estrangulada y aunque el conquistador llegó a ser denunciado por su suegra, el caso se sobreseyó], las virtudes del personaje se han impuesto por encima de los como mínimo “supuestos” defectos de la condición humana, sin ni siquiera permitirnos introducir el beneficio de la duda. Porque admitir la acusación de asesinato de la esposa es añadir una mancha difícil de lavar [2].

Finalmente, en 1952, Bernardino de Pantorba, pseudónimo del pintor sevillano José López Jiménez, añadió otro elemento inquietante al hacerse eco del persistente rumor de que la transcripción original del juicio que se siguió contra Cano fue robada del Archivo Histórico Nacional, en Madrid, en pleno siglo XX.

Alonso contrajo matrimonio con la viuda María de Figueroa en 1625 pero la mujer falleció apenas dos años después, al parecer, durante el parto de un niño. En julio de 1631, el artista se desposó por segunda vez con la jovencísima María Magdalena de Uceda, de 12 años, y la pareja se trasladó a vivir de Sevilla a Madrid. Fueron, según Wethey, unos años prósperos para Cano y, sin duda, los más felices de su vida; pero se endeudó profundamente y en 1636 se ha documentado que enfermó durante su reclusión en una prisión por deudas.

La tragedia ocurrió el 10 de junio de 1644 cuando su joven segunda esposa fue asesinada en su cama de quince puñaladas. El asesino, un joven no identificado al que Cano había permitido estudiar en su taller, escapó. En las manos de la muerta –como señala Wethey– se encontraron trozos de cabello, lo que indicaba su desesperada lucha contra el asesino. Cano fue acusado de haber contratado a un sicario para matar a su esposa a causa de uno de los amoríos del marido. Fue sometido a tortura, siguiendo las brutales costumbres de la época, pero se le puso en libertad. Un relato que concuerda, en su esencia, con la narración del crimen que José Pellicer, cronista de Felipe IV, escribió en sus Avisos históricos tan solo cuatro días después del asesinato: por los indicios de disgustos que tenía con ella sobre mocedades suyas, le prendieron y han dado tormento, negó en él haberla hecho matar. Y hase recibido la causa a prueba, y se cree [que] está sin culpa.

Palomino apuntó a los celos por las posibles relaciones de un joven obrero italiano del taller con la esposa del artista e incluso ha llegado a especularse con el nombre de Domingo Díaz de Zaldívar –padre de uno de los aprendices que trabajaron con él en aquellas fechas– pero, en opinión de su principal biógrafo: nada demuestra que Alonso Cano asesinase a su esposa.

PD Citas: [1] WETHEY, H. E. Alonso Cano. Pintor, escultor y arquitecto. Madrid: Alianza Editorial, 1983, pp. 23 y 29-30. [2] GIL AMBRONA, A. Historia de la violencia contra las mujeres. Madrid: Cátedra, 2008, p. 307.

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