viernes, 2 de octubre de 2015

El verdugo pontificio, según Dickens

Una de las salas del Museo Criminológico de Roma (Italia) muestra al público tanto el hacha como la capa roja con la que se vestía Giambattista Bugatti (1779-1869) –también conocido por los sobrenombres de Mastro Titta, Maestro di Giustizia o Il Boia di Roma– cada vez que este célebre verdugo tenía que ejecutar a algún condenado a muerte, por orden de su Santidad o de las autoridades francesas que, a comienzos del siglo XIX, se anexionaron los Estados Pontificios. Según sus propias anotaciones –que forman parte de las Memorias de un verdugo escritas por él mismo [Memorie di un carnefice scritte da lui stesso] en las que se dejó constancia de las fechas, los nombres y las causas de cada condena– Bugatti llevó a cabo 516 ejecuciones entre el 22 de marzo de 1796, cuando ahorcó al joven asesino Foligno Nicola Gentilucci, y el 17 de agosto de 1864, fecha en la que Pío IX decidió jubilarlo de su servicio al Pontífice, con 85 años y una pensión mensual de 30 escudos, tras acabar con la vida del homicida Domenico Antonio Demartini y ceder su testigo a un nuevo brazo ejecutor: Vincenzo Balducci.

Por aquel entonces, la costumbre establecía que el ejecutor residiera en la margen izquierda del río Tíber, cerca del Vaticano, mientras que las condenas a muerte solían efectuarse en la orilla contraria, por lo general, a la altura del castillo del Santo Ángel [Castel Sant’Angelo]; de ahí que, cuando la gente oía decir Mastro Titta passa ponte, la expresión “cruzar el puente” sólo podía significar que, esa mañana, alguien iba a morir en el patíbulo.

Aquellas ejecuciones tuvieron lugar en una incipiente Italia, idealizada por los autores románticos como Lord Byron, que al llegar a la ciudad eterna también presenciaron el cometido del Mastro Titta. Uno de aquellos ilustres observadores fue el novelista inglés Charles Dickens que, en 1845, asistió a una pena capital que narró en su crónica Estampas por Italia [Barcelona: Alba, 2002, pp. 211 a 218]: Un domingo por la mañana (el 8 de mayo) decapitaron aquí a un hombre. Había atacado nueve o diez meses antes a una condesa bávara que peregrinaba a Roma (…), le robó cuanto llevaba y la mató a palos con su propio cayado de peregrina (…). No hay fechas fijas para la administración de la justicia ni para su ejecución en este país incomprensible; y el hombre había permanecido en la cárcel desde entonces. Estaba cenando con los demás prisioneros el viernes cuando fueron a comunicarle que iban a ajusticiarle al día siguiente por la mañana y se lo llevaron (…).

La decapitación estaba fijada para las (…) nueve menos cuarto de la mañana. (…) El lugar de la ejecución quedaba cerca de la iglesia de San Juan (…) en una de las callejas intransitables y sin aceras, como buena parte de Roma (…) Habían montado el patíbulo frente a una de esas casas [a las que define como: miserables y ruinosas con aspecto de no pertenecer a nadie ni haber estado habitadas nunca] (…). Era un objeto tosco, sin pintar, de aspecto desvencijado y unos diez palmos de altura, en el que se alzaba un armazón en forma de horca, con la cuchilla (una masa impresionante de hierro, dispuesta para caer), que resplandecía al sol matinal cuando este asomaba de vez en cuando tras una nube.

(…) Dieron las nueve y las diez y no pasó nada (…) Dieron las once y todo seguía igual. (…) La gente empezó a retirarse poco a poco. Los oficiales se encogían de hombros y se mostraban dubitativos. (…) Se oyó de pronto ruido de trompetas. Los soldados de a pie se pusieron firmes, desfilaron hacia el patíbulo y lo rodearon en formación. La guillotina se convirtió en el centro de un bosque de puntas de bayonetas y de sables brillantes. La gente se acercó más, por el flanco de los soldados. Un largo río de hombres y muchachos que habían acompañado al cortejo desde la prisión desembocó en el claro (…).

Tras una breve demora, vimos a unos monjes que se encaminaban hacia el patíbulo desde la iglesia; y por encima de sus cabezas, avanzando con triste parsimonia, la imagen de un Cristo crucificado bajo un doselete negro. Lo llevaron hasta el pie del patíbulo, a la parte delantera, y lo colocaron allí mirando al reo, que pudo verlo al final. No estaba en su sitio cuando él apareció en la plataforma descalzo, con las manos atadas y el cuello y el escote de la camisa cortados casi hasta los hombros. Era un individuo joven (veintiséis años), vigoroso y bien plantado. De cara pálida, bigotillo oscuro y cabello castaño oscuro. Al parecer se había negado a confesarse si no iba a verle su mujer, y habían tenido que mandar una escolta a buscarla; esa era la razón de la demora.

Se arrodilló enseguida debajo de la cuchilla. Colocó el cuello en el agujero hecho en un travesaño para tal fin y lo cerraron también por arriba con otro, igual que una picota. Justo debajo de él había una bolsa de cuero, a la que cayó inmediatamente su cabeza. El verdugo la agarró por el pelo, la alzó y dio una vuelta al patíbulo mostrándosela a la gente, casi antes de que uno se diera cuenta de que la cuchilla había caído pesadamente con un sonido vibrante. Cuando ya había pasado por los cuatro lados del patíbulo, la colocó en un palo delante: un trozo pequeño de blanco y negro para que la larga calle lo viera y las moscas se posaran en él. Tenía los ojos hacia arriba, como si hubiera evitado la visión de la bolsa de cuero y mirado hacia el crucifijo. Todos los signos vitales habían desaparecido de ella. Estaba apagada, fría, lívida y pálida. Y lo mismo el cuerpo.

Había muchísima sangre. Dejamos la ventana y nos acercamos al patíbulo, estaba muy sucio; uno de los dos hombres que echaba agua en el mismo se volvió a ayudar al otro a alzar el cuerpo y meterlo en una caja, y caminaba como si lo hiciera por el fango. Resultaba extraña la aparente desaparición del cuello. La cuchilla había cercenado la cabeza con tal precisión que parecía un milagro que no le hubiera cortado la barbilla o rebanado las orejas; y tampoco se veía en el cuerpo, que parecía cortado a ras de los hombros. Nadie se preocupaba ni se mostraba afectado en absoluto. No vi ninguna manifestación de dolor, compasión, indignación o pesar. Me tantearon los bolsillos vacíos varias veces cuando estábamos entre la multitud delante del patíbulo mientras colocaban el cadáver en su ataúd.

Era un espectáculo desagradable, sucio, descuidado y nauseabundo; no significaba nada más que carnicería aparte del interés momentáneo para el único desdichado actor. ¡Sí! Un espectáculo así tiene un significado y es una advertencia. No hay que olvidarlo (…). El verdugo (…) que no se atrevía, por su vida, a cruzar el puente de Sant’Angelo más que para cumplir su cometido, se retiró a su guarida, y el espectáculo acabó.

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