viernes, 8 de marzo de 2019

El cono de Entemena (la primera mediación documentada)

Al igual que, hoy en día, los políticos colocan la primera piedra de una obra, entierran una urna con periódicos bajo una nueva construcción o descubren un monolito con una placa para conmemorar la inauguración de una autopista, este rito hunde sus raíces en el tercer milenio antes de Cristo en los clavos de fundación mesopotámicos que perseguían el mismo objetivo de publicidad y propaganda que los hitos actuales, pero también cumplían con otra función mágica y protectora: cuando los gobernantes sumerios (los patesi) ordenaban construir un templo o un palacio, invocaban la interjección de los dioses clavando un cono de terracota o arcilla –con una inscripción cuneiforme para describir el acontecimiento, a su mayor gloria– en uno de los ángulos de los cimientos; hincándolo para que sobresaliera ligeramente solo la parte superior mientras la base se enterraba, con lo que pretendían conectar el inframundo con la vida terrenal; es decir, unir los dos elementos, lo divino y lo humano.

En el Museo del Louvre (París, Francia) se conserva el cône d'Enmetena [cono del quinto rey de la I Dinastía de Lagash (en castellano suele emplearse más la transcripción Entenema en lugar de Enmetena]. Este soberano vivió, aproximadamente, entre los años 2404 y 2375 a.C. (para situarlo en su contexto, el Código de Hammurabi se cinceló unos seiscientos años más tarde).

En aquel tiempo, en la Baja Mesopotamia (actual Iraq), las ciudades eran principados independientes que trataban de imponer su hegemonía (…) sobre un territorio lo más vasto posible. Triunfaban durante un cierto periodo y tenían luego que ceder ante el más fuerte. Entre todos los grandes núcleos de población de Mesopotamia (como Nippur, Ur, Uruk, Eridu, Sippar, Mari, etc.), Lagash (también llamada Shirpurla) es la ciudad-estado que mejor se conoce gracias a los testimonios documentales que han llegado hasta nuestros días [LAROCHE, L. De los sumerios a los sasánidas. Valencia: Mas Ivars Editores, 1971, p. 17].

La singularidad del cono del rey Entenema radica en que narra la mediación que se llevó a cabo para poner fin al conflicto que enfrentaba a Lagash con la vecina localidad de Umma, situada a unos 50 km al Noroeste, por el trazado de sus fronteras. El rey Mesalim de Kish –que, entonces, era la urbe hegemónica de toda Sumeria porque, según su tradición, allí fue donde la monarquía asentó su sede cuando los reyes bajaron del cielo tras producirse el diluvio universal– medió entre los monarcas Entenema de Lagash y Urlumna de Umma para delimitar sus territorios y zanjar el problema de lindes, invocando al dios Enlil (salvando las distancias, el Zeus del panteón sumerio). Mesalim levantó una estela en la frontera pero los gobernantes de Umma rompieron la promesa humana, violaron la decisión divina e invadieron el reino de Lagash que, finalmente, contraatacó y ganó la batalla.

Esa es la historia bélica que, para honrar a Enlil, se talló con una caña hace más de 4.800 años, sobre la terracota que atesora el museo parisino y que puede calificarse como la prueba documental más antigua de una mediación empleada para la resolución de un conflicto (recordemos que el Tratado de Qadesh, el primer tratado de paz internacional que se firmó, data del 1279 a.C.).

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