martes, 11 de septiembre de 2012

El punto de vista de Zaleuco (la Ley de Locris)

Históricamente, el desorbitamiento ha sido una de las penas corporales más habituales, desde la Antigüedad y hasta bien entrada la Edad Media, para sancionar ciertas conductas delictivas. En el caso de España, cuando los reyes visigodos eran clementes con los traidores, en lugar de imponerles la pena de muerte, simplemente los dejaban ciegos. El castigo consistía, como su nombre indica, en vaciar las cuencas de los ojos al ajusticiado, y solía aplicarse a los delitos relacionados con agresiones sexuales y casos de adulterio. Para la lógica de aquel tiempo (el castigo estaba relacionado con el motivo por el que se cometió el delito), si la lujuria y el deseo carnal le entraron por los ojos al agresor, estaba claro que la vista era el sentido que le había llevado a delinquir, luego la pena tenía que consistir en cegarle. Probablemente, el caso más conocido fue el del rey Zaleuco de Locris –una ciudad griega del sur de la Península Itálica (en aquella época formaba parte de las colonias de la Magna Grecia; hoy en día, es la región italiana de Calabria)– que gobernó, al parecer, muy sabiamente, en el siglo VII a.C.

Zaleuco –Zaleukós, en griego; y Seleuco, en italiano– fue el primer legislador griego que dotó a su pueblo de un Código de Leyes. Una de ellas castigaba al adúltero con la desorbitación de ambas cuencas oculares. Si esta era la norma aplicable, coincidió que su propio hijo fue acusado de ese delito y, cuando llegó el momento de condenarlo, no solo no le exoneró de su culpa –como podría haberlo hecho siendo el propio rey quien impartía justicia– sino que ordenó dejarlo tuerto porque el segundo ojo sobre el que se impuso el castigo fue uno del propio monarca, castigándose a si mismo por no haber visto lo mal que educó a su hijo.

El rey de Locris, que se mueve en ese límite indefinido donde la crónica histórica se difumina con la leyenda, también protagonizó otra curiosa anécdota. El Código de Zaleuco prohibía entrar armado dentro del edificio del Senado de la ciudad; un día que él entró con su espada, fue amonestado por su conducta y no le quedó más remedio que deponer las armas, dejándolas en el suelo, en beneficio del orden público establecido para todos.

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