jueves, 19 de diciembre de 2013

Los presidentes que se suicidaron

La República de Palaos [Palau, en inglés] es un archipiélago formado por más de doscientas islas coralinas que se encuentra situado en el Océano Pacífico, relativamente cerca de Filipinas e Indonesia. Con una historia que ha estado marcada por la presencia de diversas metrópolis coloniales [España, Alemania, Japón o Estados Unidos], este joven país logró la independencia del Gobierno de Washington el 1 de octubre de 1994; ese acontecimiento local tuvo repercusión internacional porque supuso el fin de las actividades desarrolladas por el Consejo de Administración Fiduciaria de la ONU; un órgano que fue creado por el Capítulo XIII de la Carta de las Naciones Unidas para supervisar la administración de los territorios en fideicomiso puestos bajo el régimen de administración fiduciaria con el objetivo de promover el adelanto de los habitantes de los territorios en fideicomiso y su desarrollo progresivo hacia el gobierno propio o la independencia. Cumplida su función, el Consejo suspendió formalmente su labor el 1 de noviembre de aquel mismo año.

En tan solo dos décadas y con apenas 21.000 ciudadanos –no deja de ser un contraste que esta pequeña República tenga derecho a 1 voto en la Asamblea General de las Naciones Unidas, exactamente igual que China, con una población de 1.351.000.000 de habitantes– Palaos ha vivido algunos momentos que si no se pueden calificar como únicos, sí que son, cuando menos, singulares.

Ya tuvimos ocasión de comentar que, en la Historia de la Humanidad, no es difícil encontrar numerosos ejemplos de magnicidios, desde los crímenes de Kennedy o Lincoln hasta los cinco asesinatos que conmocionaron España en poco más de un siglo; e incluso se ha llegado a producir el supuesto de que un Jefe de Gobierno desapareciera mientras gobernaba, como sucedió con el Primer Ministro australiano Harold Edward Holt, en 1967, al que tuvo que darse por muerto; pero el caso de Palaos es realmente excepcional. Como su primer Presidente, Haruo Ignacio Remeliik, murió asesinado por varios disparos que efectuó un desconocido el 30 de junio de 1985 –un magnicidio que, hoy en día, continúa sin estar resuelto– su cargo lo ocupó el segundo Jefe de Gobierno de la República, Lazarus Eitaro Salii, que tres años más tarde se suicidó el 20 de agosto de 1988, convirtiéndose en uno de los pocos presidentes que ha puesto fin a su vida durante su mandato.

PD: poco tiempo después de escribir este in albis, el 6 de enero de 2014, la Corte Suprema de Chile confirmó el sobreseimiento total y definitivo en la investigación por la polémica causa de la muerte del presidente Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973. Los hechos que detalla su reciente resolución son los siguientes: el Presidente Salvador Allende, quien portaba para su defensa un casco y una metralleta, sube al segundo piso de La Moneda con todos los que lo acompañaban y atendida la situación de peligro que se vivía y con la finalidad de evitar la pérdida innecesaria de vidas, les ordena su rendición y la salida inmediata del Palacio, acordando que el grupo formara una columna que iría avanzando desde el pasillo del segundo piso hasta la puerta de calle Morandé 80, donde los esperaban los efectivos militares. El Mandatario, luego de ordenar el abandono del lugar, se retira hasta el final de esa fila y se dirige al “Salón Independencia”, cerrando la puerta. Una vez en su interior, se sienta en un sofá, coloca el fusil que portaba entre sus piernas y apoyándolo en su mentón, lo acciona, falleciendo en forma instantánea producto del disparo recibido. A consecuencia de esta acción, su cuerpo quedó en una posición tal que su cabeza se cargó hacia la derecha e inclinó sobre el tórax. La bóveda craneana tuvo una pérdida importante de masa encefálica que queda disgregada en el suelo y en el muro ubicado a sus espaldas. En lo que atañe a la línea investigadora del suicidio, la sentencia descarta la utilización de dos armas de fuego, concluyendo que los hechos que significaron la muerte del Presidente Salvador Allende Gossens provienen de un acto deliberado en el que, voluntariamente, éste se quita la vida y no hay intervención de terceros, ya sea para su cometido como para su auxilio, sostiene el fallo del máximo tribunal chileno.

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