martes, 8 de julio de 2014

Flora Tristán: mucho más que la abuela de Gauguin

La biografía de Flora Tristán puede parecernos la historia de un personaje extraído de una novela de Charles Dickens pero fue intensamente real. Sus padres, un militar peruano y una dama francesa que se habían conocido en Bilbao, tuvieron a la niña en París, el 7 de abril de 1803. Los cinco primeros años de vida de su hija transcurrieron muy felices, instalados en una lujosa mansión en la calle Vaugirard, donde la familia era visitada por la burguesía napoleónica y los futuros líderes del Nuevo Mundo, como Simón Bolívar, que se convirtió en un asiduo de su casa; pero en 1807, su padre falleció repentinamente y las autoridades españolas se negaron a reconocer cualquier derecho sucesorio a Anne-Pierre Laisnay sobre la fortuna de Mariano Tristán porque la pareja no había llegado a contraer matrimonio y, por lo tanto, legalmente, todos los bienes y propiedades del fallecido acabaron entregándose a sus herederos en el Perú que, por aquel entonces, era un territorio de la América meridional española, como se enunciaba en el Art. 10 de la Constitución de Cádiz de 1812.

Esta decisión marcó el azaroso devenir de la madre y, sobre todo, de su pequeña hija que de pronto se convirtió –como ella misma reconoció años más tarde– en una paria de la sociedad: tuvo que sobrevivir en los barrios más miserables de la capital francesa, desempeñando distintos oficios hasta que empezó a trabajar en un taller y su jefe, André Chazal, le pidió que se casaran en 1821. Desde entonces, compartió con él tres hijos –Alexander, Ernest y Aline–, la quiebra del negocio, sus constantes malos tratos, una angustiosa separación pleiteando durante más de una década por la custodia de su hija –la única que sobrevivió de los tres hermanos–, la imposibilidad de divorciarse –porque estaba prohibido– e incluso logró salir viva de un intento de asesinato, en plena calle, por el que André fue condenado a trabajos forzados, al tratar de matarla, errando el disparo que tan solo rozó el hombro de su mujer.

Hija ilegítima, criada en la penuria, sin recibir educación, obligada a trabajar desde niña en pésimas condiciones, separada ilegalmente… su propia vida acabó convirtiéndola en una gran luchadora, que no dudó en peregrinar por Europa y América para reclamar –sin éxito– su herencia paterna, defendiendo por el camino los derechos de las mujeres, la infancia y la clase obrera. Para divulgar sus ideales, Flora publicó un diario de viaje y pequeños folletos, dando numerosos mítines en las industrias donde propugnó la emancipación de la mujer, acabar con la esclavitud y la explotación infantil, abolir la pena de muerte y fomentar la educación de los trabajadores: Tratad de comprender bien esto: la ley que esclaviza a la mujer y la priva de instrucción, os oprime también a vosotros, varones proletarios (…) La igualdad de derechos del hombre y la mujer [es] el único medio de constituir la unidad humana. Una labor poco conocida que plasmó en obras como La unión obrera y La emancipación de la mujer.

Curiosamente, el destino quiso que su única hija se casara con el periodista Clovis Gauguin y que, en 1848, Aline diera a luz al que sería uno de los mejores pintores franceses del siglo XIX, Paul Gauguin. Por esa mera casualidad, Flora Tristán acabó siendo más conocida por ser la abuela del artista que por su activismo social a pesar de que ella ya había fallecido, en Burdeos, cuatro años antes de que naciera su nieto. La interesante vida de todos estos personajes forma parte del argumento de la novela El paraíso en la otra esquina, de Mario Vargas Llosa.

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