martes, 29 de julio de 2014

El robo de La Gioconda (y II)

El 12 de diciembre de 1913, Peruggia viajó a la capital toscana, bajo el alias de Leonardo, para reunirse con el marchante Alfredo Geri, y el conservador de la Galería de los Uffizi, Giovanni Poggi, en el hotel Trípoli, de Florencia; pretendía venderles el cuadro a cambio de 500.000 liras, lo que confirmó el móvil económico del robo. Los expertos abrieron la caja de madera donde estaba oculta la Gioconda, analizaron el sello que el Louvre estampa en la parte posterior de sus fondos para grabar el número de inventario y comprobaron el craquelado [craquelures] que caracteriza a las pinturas antiguas, formando pequeños surcos, como arrugas, que van agrietando las capas de barniz. Ante su asombro, la tabla era auténtica y, tras convencerle de que se vieran una segunda vez para que les diera tiempo a reunir el medio millón que pedía, avisaron a los carabinieri y fue detenido.

Vincenzo confesó a la policía que había decidido robar el cuadro para vengarse de Napoleón por haber saqueado su país; según él, la obra de Leonardo tenía que devolverse a Italia por motivos patrióticos. Este argumento –que, ingenua o hábilmente, ignoraba que Francisco I había adquirido la Mona Lisa de forma legal casi tres siglos antes de que Bonaparte naciera– fue la base de su defensa durante el juicio en el que se le condenó a una pena muy leve, apenas 1 año y 15 días de reclusión que, finalmente, se redujo con atenuantes a tan solo 8 meses de prisión.

El proceso sirvió para conocer los detalles de aquel robo que fue casi perfecto: Peruggia había estado trabajando en el Museo como enlucidor pero, la semana antes de llevarse el cuadro, se despidió aduciendo motivos familiares para justificar una posible coartada: en el momento de cometer los hechos, supuestamente, él ya habría regresado a su país; pero, en realidad, se quedó en París, forzó la puerta del museo por la que accedía el personal, entró en el salón y, simplemente, descolgó el cuadro, quitó el marco, lo escondió bajo la americana (a comienzos del siglo XX las medidas de seguridad estaban muy lejos de ser tan férreas como las actuales) y huyó por la puerta de servicio hacia el Cour Visconti. Como ha reconocido la experta María Luisa Rizzati: todo fue cosa de cinco minutos. Durante unos días, Florencia, Roma y Milán pudieron disfrutar brevemente de la Gioconda, en el itinerario de vuelta al Louvre, donde se volvió a exponer el 4 de enero de 1914, con gran éxito de público.

Seis meses más tarde, el 28 de junio, el joven serbio Gavrilo Princip asesinó de varios disparos al archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austrohúngaro, y a su esposa, en Sarajevo (Bosnia), dando comienzo la I Guerra Mundial. El estallido de aquel conflicto eclipsó la puesta en libertad de Vincenzo Peruggia y su viaje de regreso a Francia, donde se casó en un suburbio de la capital y fue padre de una niña; pero, años más tarde, cuando el mundo empezó a recuperarse del trauma de las dos guerra mundiales, los amantes de las conspiraciones descubrieron la visita que el ladrón efectuó a Inglaterra y su reunión con el célebre anticuario Duveen, antes de viajar a Florencia para tratar de vender el cuadro por medio millón de liras, dando origen a las especulaciones sobre la originalidad o falsedad del cuadro que retornó a París.

Más allá de estas hipótesis e incluso del subgénero artístico de los “giocondoclastas” que realizaron sus propias e irreverentes versiones de la Gioconda –como Duchamp, Léger, Morimura, Botero, Warhol o Dalí–nadie duda de que, tras aquel robo, el retrato de Mona Lisa se convirtió en el rostro más eterno de las Bellas Artes y en una de las obras cumbre de la pintura universal.

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