miércoles, 8 de junio de 2016

El sistema legal de Utopía

El Diccionario de la Academia Española de la Lengua define la voz utopía con dos acepciones: 1. Plan, proyecto, doctrina o sistema deseables que parecen de muy difícil realización. 2. Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano. Asimismo, explica su origen etimológico: Del lat. mod. Utopia, isla imaginaria con un sistema político, social y legal perfecto, descrita por Tomás Moro en 1516. Aunque la existencia de un lugar paradisíaco es una idea tan antigua como el ser humano, fue el humanista inglés quien acuñó ese moderno latinismo hace ahora quinientos años, cuando publicó los dos libros de su Utopía en Lovaina (actual Bélgica). Desde entonces, aquel referente al mejor estado de una república se ha convertido en una de las obras más importantes de la literatura universal y de las más influyentes en la teoría y la práctica política y en el pensamiento utópico. Con ella se inicia, en la modernidad, el género literario utópico, continuado en el siglo siguiente por dos nuevas utopías: La ciudad del Sol, de Tomasso Campanella (1623) y la Nueva Atlántida, de Francis Bacon (1627), como reconoció el profesor Juan José Tamayo-Acosta en el simposio que la Fundación Ramón Areces celebró en mayo de 2016 para conmemorar su V Centenario.

En su opinión, Utopía ejerció una doble función: por un lado, una crítica del orden –mejor dicho, desorden– existente, caracterizado por la injusticia social y la desigualdad, cuya causa principal es la propiedad privada; y, por otra, una propuesta de alternativas transformadoras de la realidad.

Tomás MoroThomas More, en inglés– nació en los últimos años de la Edad Media (Londres, 1478) y murió decapitado en los albores de la Edad Moderna (también en la capital inglesa, 1535) por oponerse a cumplir los deseos del rey Enrique VIII; al tener que elegir entre la razón de Estado o la integridad moral, apostó por la segunda y su decisión le costó la vida. Como buen humanista, Moro puso la cultura clásica –y, en especial, la República de Platón– al servicio de la política de su tiempo, convencido de que su deber consistía en asesorar a los gobernantes. En ese empeño fue jurista, dramaturgo, poeta, político, diplomático, sir e incluso santo porque la Iglesia Católica lo canonizó en 1935.

El protagonista de esta narración es el personaje de un aventurero y filósofo llamado Rafael Hythloday que, después de acompañar a Américo Vespucio al Nuevo Mundo, continuó su viaje hasta llegar a la antigua isla de Abraxa que, al ser conquistada por el rey Utopo, pasó a denominarse Utopía en su honor. En su relación de acontecimientos nos describe la geografía insular; sus pueblos y ciudades [en especial, Amaurota, su capital y sede del Consejo de Magistrados que elige al Príncipe (cargo vitalicio a menos que sea depuesto o degradado bajo sospecha de tiranía) quien gobierna a los utopienses con leyes justas, buenas, pocas y efectivas].

Abraham Ortelius | Utopía (ca. 1595)

En este sentido, Hythloday cuenta que en Utopía (…) tienen pocas leyes pues para un pueblo instruido y organizado así pocas bastan. (…) ellos creen que va contra todo derecho y justicia el que los hombres tengan que estar sujetos a estas leyes, que son en número excesivo para poder ser leídas o ciegas y oscuras en demasía para que cualquier hombre sea capaz de entenderlas bien. Además excluyen y prohíben completamente a abogados, procuradores y gestores, los cuales llevan las materias hábilmente y disputan de leyes sutilmente. Pues creen más adecuado que cada hombre defienda su propio asunto y cuente al juez la misma historia que contaría a su abogado. Así habrá menos divagaciones en las palabras y la verdad aparecerá más pronto a la luz (…) Esto es difícil de ser observado en otros países con tan infinito número de ciegas e intrincadas leyes (…) en Utopía (…) todas las leyes, dicen, se hacen y publican con el único propósito de que a través de ellas se recuerden a cada hombre sus deberes.

Desde un punto de vista penal, por lo más común las faltas más odiosas se castigan con la pena de esclavitud pues suponen que ésta es para el culpable una molestia no menor y de más provecho para la república que si los ejecutaran precipitadamente poniéndoles fuera de circulación. Pero si ellos al ser tratados así se rebelan y reinciden, entonces efectivamente se les mata como a animales salvajes y desesperados a quienes ni la prisión ni las cadenas han podido refrenar ni someter. También recurren a la pena capital, al hablar del arte militar, a los vencidos que se resistan.

La edad legal para que las mujeres utopienses puedan contraer matrimonio se fijó a los dieciocho años, estableciendo que su marido ha de ser cuatro años mayor que ella y castigando con severidad las relaciones prematrimoniales entre los futuros cónyuges o con terceras personas. Asimismo, se autoriza el divorcio –aunque su vínculo se puede disolver solo en caso de adulterio o por las intolerables costumbres degeneradas de una a otra parte– y se permite la eutanasia a los que padezcan una dolorosa enfermedad para que pongan fin a sus vidas voluntariamente de hambre, tras seguir el consejo de los sacerdotes; (…) pero no obligan a nadie a morir contra su voluntad.

Su sistema legal no considera prohibido ningún tipo de placer del que no provenga mal alguno; pero no hay tabernas, ni cervecerías, ni burdeles, ni ninguna oportunidad de vicio o de maldad, ni rincones escondidos, ni lugares para malos consejos o reuniones ilegales sino que ellos están a la vista y bajo la mirada de todos. De ahí que deba por necesidad o bien dedicarse a su trabajo habitual o recrearse con honestos y loables pasatiempos [recordemos que la jornada laboral utopiense consta de nueve horas: seis antes del mediodía y tres más después del descanso de dos horas para comer).

Por último, Moro defiende la libertad religiosa: el rey Utopo antes que nada decretó que sería legal que cada hombre siguiera y favoreciera la religión que le viniera en gana y que podía hacer todo lo posible para atraer a otro a su doctrina mientras lo hiciera pacífica, suave, calmada y sobriamente.

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