jueves, 24 de mayo de 2012

Piranesi y las cárceles de la imaginación

El término cárcel procede del latín carcer, -eris y se conciben –hoy en día– como un local destinado a la reclusión de presos; pero esa definición es un concepto muy contemporáneo que se relaciona con las penas privativas de libertad, el respeto de la personalidad de los reclusos y sus derechos e intereses jurídicos y cuyo fin primordial es la reinserción de los internos en la sociedad. Así lo regulan nuestras leyes sobre instituciones penitenciarias, pero desde las ergástulas de los romanos hasta las mazmorras medievales, las prisiones de la antigüedad no eran más que un lugar de verdadero suplicio donde se custodiaba a los detenidos infligiéndoles todo tipo de penas corporales y tormentos; y si lograban sobrevivir a las torturas, no permanecían detenidos durante su condena: se les ejecutaba brutalmente en público (como en el célebre caso de Robert François Damiens, en 1737) o, si tenían mejor fortuna, eran liberados pagando una sanción pecuniaria.

En el siglo XVIII, cuando las prisiones aún se concebían como esos lúgubres calabozos, Giovanni Battista Piranesi (1720 – 1778), un artista veneciano, consiguió realizar una serie de grabados artísticos único en su género: las cárceles de la imaginación (carceri d'invenzione). Enormes estructuras de galerías, pasadizos y escaleras con varios puntos de fuga, llenas de artilugios, cuerdas y cadenas que el espectador no sabe si se encuentran inacabadas o, simplemente, están abandonadas. Parecen obra de un autor plenamente surrealista, pero fueron realizadas entre 1745 y 1761. Son espacios que desconciertan porque no se sabe qué se encuentra arriba o abajo, dentro o fuera, porque Piranesi supo crear un infinito artificial similar al efecto de un decorado teatral, donde las personas aparecen dibujadas como simples mendigos, prisioneros o torturados, unos seres insignificantes que hacen aún más grandes esas construcciones carcelarias. Probablemente, el artista conoció la insalubre prisión de los Piombi en Venecia –a la que ya nos referimos en otro in albis al hablar del pobre panadero– donde el techo de las celdas superiores estaba cubierto de láminas de plomo (de ahí su denominación en italiano) que el donjuán por excelencia, Giacomo Casanova, utilizó para cincelar sobre el metal parte de sus memorias. Esta prisión se encontraba situada junto al Palacio Ducal al que se unía por el famoso puente de los suspiros, hasta que se derribó a finales del siglo XVIII.

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