miércoles, 16 de diciembre de 2015

La Teoría de las Actividades Rutinarias

En 1979, dos profesores de la Universidad de Illinois (EE.UU.) publicaron un interesante artículo titulado Social change and crime rate trends: A routine activity approach [traducible como: Tendencias sobre el cambio social y la tasa de criminalidad: Un enfoque de la actividad rutinaria] en el número 44 de la revista American Sociological Review. En este trabajo de investigación, Lawrence E. Cohen y Marcus Felson se planteaban la siguiente paradoja: en los Estados Unidos, tras la II Guerra Mundial, los datos estadísticos indicaban que en las grandes áreas metropolitanas había descendido el número de personas que vivía bajo el umbral de la pobreza; asimismo, en aquel mismo periodo, entre los años 50 y 60 del pasado siglo XX, el porcentaje de desempleados había caído significativamente al tiempo que se incrementaba la proporción de alumnos de Institutos que finalizaba sus estudios y, sin embargo, a pesar de que todo parecía indicar que habían mejorado las condiciones de vida de los ciudadanos, las tasas de criminalidad analizadas por el FBI confirmaban que, por ejemplo, los robos, las agresiones sexuales y los homicidios se habían disparado un 263%, un 174% y un 188%, respectivamente. ¿No resultaba contradictorio que la bonanza social y económica conllevara, en cambio, peores niveles de criminalidad?

Cohen y Felson estudiaron aquellas estadísticas y concluyeron que si efectuásemos ciertos cambios en las actividades que realizamos de forma cotidiana (es decir, rutinariamente) podríamos influir en aquella tasa de criminalidad porque –en su opinión– las conductas delictivas se producían al converger tres elementos en el mismo lugar y al mismo tiempo: un delincuente motivado [motivated offender], un objetivo apropiado [suitable target] y la ausencia de vigilancia [absence of capable guardians against a violation]. Si se lograba prescindir de, al menos, uno de esos tres factores, se conseguiría prevenir la comisión de las conductas delictivas. Pensemos, por ejemplo, en no aparcar el coche en una zona en penumbra, dejando a la vista unas bolsas con regalos en el asiento posterior del vehículo para no poner la miel en los labios del posible ladrón, brindándole la oportunidad de que nos robe.

La Teoría de las Actividades Rutinarias parte de la idea de que, en la sociedad actual, los criminales tienen muchas más oportunidades para delinquir con éxito, aprovechándose de que la gente deja sus casas para irse a trabajar, salir de vacaciones o acudir a actividades multitudinarias; de que han surgido nuevas profesiones (como los taxistas) y establecimientos (gasolineras y farmacias de guardia) que pueden convertirse en víctimas potenciales de los delincuentes. Esta teoría criminológica –que acentúa la relevancia del factor oportunidad– es una de las tres orientaciones que se encuadran en el marco más amplio de los modelos denominados “clásicos” de la Criminología, junto a la opción racional (el delito se concibe como resultado del libre arbitrio del individuo tras analizar los costes y beneficios de su acción) y las del medio físico que ponen de relieve el “atractivo” que suponen ciertos lugares para los delincuentes.

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