miércoles, 4 de abril de 2012

Los procesos por licantropía

Cuando Thomas Hobbes popularizó la famosa locución latina de Homo homini lupus en su obra Leviatán, publicada en 1651, el filósofo inglés se refería al comportamiento egoísta del ser humano que la sociedad trata de corregir; lo curioso es que, en aquella misma época, Europa vivió numerosos juicios donde los acusados dieron una lectura literal a la idea de que el hombre es un lobo para el hombre y fueron acusados de licantropía, asesinato y canibalismo cuando se convertían en hombres lobo. De aquellos procesos, hubo dos que tuvieron una gran repercusión en todo el Viejo Continente.

El primero de ellos se celebró contra el Hombre lobo de Bedburg, una localidad cercana a Colonia (Alemania), durante las guerras de religión que asolaron Centroeuropa enfrentando a católicos y luteranos. En aquel contexto de fanatismo religioso, el granjero Peter Stumpf –viudo, padre de dos hijos y fácilmente identificable por el muñón (stumpf, en alemán) de su mano izquierda– confesó bajo torturas en el potro que no solo había practicado la magia negra desde que era niño sino que podía convertirse en un sanguinario lobo gracias al cinturón mágico que le había entregado el diablo y que, bajo esa apariencia, había devorado a más de una docena de personas; también se le acusó de comerse el cerebro de su propio hijo y de mantener relaciones incestuosas con su hija. Visto para sentencia, fue condenado a morir sobre una rueda el 31 de octubre de 1589, arrancándole la carne con tenazas, desmembrado con un hacha y, finalmente, decapitado antes de quemar sus restos (junto a los de su hija, que corrió la misma suerte).

El otro gran juicio de aquel tiempo ocurrió una década más tarde en Angers (Francia). En 1598 se descubrió el cadáver de un adolescente que había sido devorado por alimañazas y, muy cerca del cuerpo, los lugareños encontraron al vagabundo Jacques Roulet, desgreñado, casi desnudo y con restos de sangre en sus manos. Durante el juicio contra el denominado Hombre lobo de Angers, éste confesó que lograba la metamorfosis gracias a un ungüento que le dieron sus padres, con el que se transformaba en lobo y devoraba a mujeres y adolescentes. A diferencia del caso alemán, Roulet no fue condenado a muerte sino ingresado en un manicomio.

Desde entonces, los procesos por licantropía se extendieron por toda Europa e incluso llegaron a España, pero ya a mediados del siglo XIX, cuando el famoso Manuel Blanco Romasanta, fue juzgado en Allariz (Orense) en 1852 por haber cometido nueve crímenes; según él, por un sortilegio que lo convertía en lobo las noches de luna llena. La reina Isabel II le conmutó la pena de muerte, librándole del garrote vil por una reclusión de cadena perpetua.

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