lunes, 19 de mayo de 2014

Los valores de Guillermo Tell

Una de las narraciones europeas más populares de todos los tiempos cuenta la historia de un honrado arquero y cazador que, caminando con su hijo por las calles de Altdorf (Uri, actual Suiza), pasó de largo, sin hacer ninguna reverencia, delante del sombrero que se mostraba al pueblo para representar la autoridad de la dinastía de los Habsburgo y, en particular, la de su delegado, el gobernador Hermann Gessler. –¿Qué nos importa a nosotros el sombrero?– le dijo Guillermo Tell a su hijo Gualterio [Walter]; pero un soldado imperial llamado Friesshart le escuchó, cerró su paso con una pica y le acusó de violar el mandato de rendir pleitesía a aquella prenda y, por lo tanto, de ser un enemigo del emperador y un traidor. A punto de llevarlo a la cárcel y con el pueblo amotinándose a su alrededor, apareció Gessler montando un caballo, delante de su séquito. El militar le informó de los hechos, se hizo un breve silencio que finalmente interrumpió el político con una propuesta inaudita: el maestro de la ballesta tendría que acertar disparando a una manzana que su propio hijo sostendría sobre la cabeza, apoyado en un tilo, a cien pasos de distancia; y si se negaba a cumplir esta orden, Tell sería condenado a muerte y decapitado. Como es sabido, Guillermo efectuó el disparo, la flecha acertó en la diana de la fruta y Walter se salvó pero fue aquí donde dio comienzo la parte menos conocida de la historia, cuando Gessler le preguntó al arquero que porqué llevaba preparada una segunda flecha y él le respondió que por si hubiera fallado, matando a su hijo, para disparársela a él en su tiránico corazón.

Hacia 1570, el historiador y diplomático Ägidius Tschudi narró esa misma escena en su obra cumbre, el Chronicon Helveticum, situándola en la mañana del 18 de noviembre de 1307, y la hazaña de Tell quedó inmortalizada para siempre, convirtiéndose en un mito capaz de explicar las ansias de libertad del pueblo suizo y su aspiración de mantener unido ese mosaico de territorios, luchando contra la tiranía y defendiendo la justicia a partir de los dos grandes ideales de esta nación: la unidad y la libertad. En ese contexto, el personaje de Guillermo Tell se pierde en el sutil límite donde la historia se difumina en la leyenda y, a veces, se retrotrae la fecha a 1291, en el momento en que su propio cantón, Uri, se une a los de Schwyz –que daría nombre a todo el país– y Unterwalden para establecer un pacto que sentaría la base de los actuales 26 cantones de la Confederación Helvética: (…) considerando la malicia de los tiempos, a fin de que puedan mejor defenderse a sí mismos y a los suyos y conservar un estado adecuado, de buena fe han prometido darse ayuda, consejo y favor con personas y bienes, dentro de los valles y fuera de ellos, hasta más no poder, contra todos y cada uno que pueda hacer fuerza, molestia o agravio a cualquiera de ellos, o hacer daño en sus personas o bienes. De manera que cada comunidad ha prometido prestar ayuda en socorro a las demás, en caso necesario a propias expensas, para resistir los ataques de los malhechores y vengar las injurias si hay necesidad.

Aunque realmente no existen pruebas documentales que demuestren la existencia de Wilhelm Tell, como se denomina en alemán, sus proezas han terminado inspirando a multitud de artistas desde la Edad Media. Uno de los más destacados fue el dramaturgo Friedrich von Schiller (1759-1805). Alentado por su amigo Goethe, empezó a documentarse sobre la historia suiza en 1789, retomando la investigación lentamente en los años posteriores, cuando su pésima salud y otras obligaciones familiares y profesionales se lo permitían; por ejemplo, antes de desertar del ejército, donde era médico castrense, el escritor llegó a ser encarcelado por ausentarse del cuartel sin permiso para acudir al estreno de su obra Los bandoleros. En 1802 retomó definitivamente su pieza teatral en cinco actos y, dos años después, el 17 de marzo de 1804, su Guillermo Tell se representó por primera vez en Weimar, con un gran éxito.

Este drama, que gira en torno al tiranicidio de Gessler, es un canto a la libertad y la independencia que incluye momentos muy impactantes como la escena donde el arquero aguarda el paso del gobernador por un desfiladero para matarlo mientras piensa: Tú eres mi señor y el gobernador de mi emperador, sin embargo, el emperador no se habría atrevido a hacer lo que tú has hecho…. Él te envió a estos cantones para hacer justicia (…) pero no para tener la osadía de permitirte impunemente todas las atrocidades que en tus criminales caprichos se te antojen [SCHILLER, F. Guillermo Tell. Barcelona: Planeta, 1982, p. 125]; o cuando su famosa segunda flecha atraviesa el corazón de Gessler y el héroe aparece en lo alto de una peña gritando Libres están las cabañas, segura de ti la inocencia, ya no volverás a hacer daño al país; mientras el pueblo proclama en tumulto: ¡El país es libre! [p. 134]. Una lectura muy recomendable incluso desde un punto de vista jurídico.

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