miércoles, 1 de abril de 2026

Las veinte reglas para escribir historias de detectives

El 11 de junio de 1937, el escritor argentino Jorge Luis Borges publicó un artículo sobre el autor de esas veinte reglas: (…) Willard Huntington Wright nació en el año de 1888, en Virginia; S. S. Van Dine (cuyo nombre flamea en todos los multicolores quioscos del mundo) nació en 1926, en un sanatorio californiano. Willard Huntington Wright nació como nacen todos los hombres; S. S. Van Dine (su apretado y leve seudónimo) nació de la penumbra feliz de una convalecencia. He aquí la historia de los dos. El primero, educado en Pomona College y en Harvard había ejercido remunerativamente y sin gloria los oficios de crítico dramático y de crítico musical. Había ensayado la novela autobiográfica («El hombre que promete»), la teoría estética («La filología y el escritor», «La voluntad creadora», «La literatura de hoy», «La pintura de hoy»), la exposición y discusión de doctrinas («Lo que Nietzsche pensó»), la egiptología eventual y la profecía: «El porvenir de la pintura». El universo había examinado esas obras con más resignación que entusiasmo. A juzgar por los atolondrados fragmentos que sobreviven incrustados en sus novelas, el universo tenía toda razón… [1].

Y añade: Hacia 1925, Wright convalecía de una enfermedad que había sido grave -en realidad, según su biógrafo, el crítico John Loughery, aquel reposo fue consecuencia de abusar del opio y la cocaína [2]-. La convalecencia y las fantasías criminológicas se llevan bien: Wright, laxo y feliz en un lecho ya sin terrores, prefirió a la penosa resolución de los incompetentes laberintos de Mister Edgar Wallace la construcción de un problema. Escribió, así, «El asesinato de Benson». Lo firmó con un nombre que era suyo desde cuatro generaciones: el de un bisabuelo materno, Silas S. Van Dine. El éxito de esa novela fue grande. El año siguiente publicó «El asesinato de la canaria», tal vez su mejor libro, aunque la idea central (el empleo de un disco fonográfico para probar una coartada) es de Conan Doyle. Un agudo periódico de la mañana cotejó el estilo de esa novela con el de ciertas páginas de «La filología y el escritor» y descubrió que el omnipresente Van Dine era el distinguido filósofo Mr. Willard Huntington Wright [1].

Stanton Macdonald-Wright
Retrato de [su hermano W. H.] Wright (1914)

A partir de aquel momento, (…) renunció definitivamente a su profesión de crítico y periodista y se dedicó a escribir novelas policiacas protagonizadas por el pedante detective Philo Vance, un rico joven aristocrático, que resuelve crímenes por placer y para ayudar a su amigo John X Markham, fiscal del distrito de Nueva York. Sin embargo, hoy en día, [su alter ego] S. S. Van Dine es más conocido por haber escrito un breve tratado sobre las normas que debe cumplir la novela policial [3].

Las «Twenty Rules for Writing Detective Stories» se publicaron por primera vez en 1928 en el ejemplar de septiembre de la revista American Magazine, aunque alcanzaron su mayor divulgación en el recopilatorio «The Art of the Mystery Story» editado por Howard Haycraft en Nueva York, en 1956; ciudad en la que Wright había fallecido el 11 de abril de 1939.


Para su alter ego Van Dine: la novela policíaca es un juego. Es más: se trata de un evento deportivo y el autor debe jugar limpio con el lector. No puede recurrir a trucos y engaños y seguir siendo honesto, del mismo modo que tampoco puede hacer trampas en una partida de bridge. Debe ser más astuto que el lector y mantener su interés mediante el puro ingenio. Para escribir novelas policíacas existen leyes muy definidas -no escritas, quizás, pero no por ello menos vinculantes- y todo autor respetable y con autoestima de misterios literarios las respeta [4].

Aquí las tenemos. La profesora Marina López Martínez las ha traducido al castellano:

  1. El lector y el detective han de tener las mismas posibilidades para resolver el problema. Todos los indicios deben enunciarse con detalles.
  2. El autor no puede emplear "trucos" y astucias diferentes a las que emplea el culpable respecto al detective.
  3. La verdadera novela policíaca debe hallarse exenta de intrigas amorosas. Introducir el amor perturbaría el mecanismo del problema puramente intelectual.
  4. El culpable no puede ser descubierto bajo los rasgos del detective o de un policía.
  5. El culpable debe ser descubierto por deducciones lógicas, no por casualidad, ni por accidente ni por una confesión espontánea.
  6. En una novela policiaca es menester, por definición, un policía. Este debe hacer su trabajo y hacerlo bien. Su tarea consiste en reunir los indicios que nos llevarán al individuo que realizó "el golpe" en el primer capítulo. Si el detective no llega a una conclusión satisfactoria a través del análisis de los indicios reunidos, no ha resuelto la cuestión.
  7. No existe novela policíaca sin cadáver (…). Obligar a leer trescientas páginas sin ofrecer siquiera un asesinato sería exigirle demasiado a un lector de novela policíaca. Se debe recompensar al lector por su desgaste energético.
  8. El problema policíaco debe ser resuelto con la ayuda de medios estrictamente realistas. Aprender la verdad a través del espiritismo, la clarividencia o las bolas de cristal está terminantemente prohibido. Un lector puede rivalizar con un detective que recurra a métodos tradicionales. Contra espíritus y  metafísica no tiene nada que hacer.
  9. No puede haber en una novela policíaca que se precie, más que un único detective de verdad. Conjugar los talentos de varios detectives para la caza de malhechores sería no sólo dispersar el interés sino también tomar una ventaja desleal con el  lector.
  10. El culpable siempre debe ser alguien que haya tenido un papel más o menos relevante en la historia, es decir, es alguien conocido por el lector. Cargar con el  crimen, en el último capítulo, a  alguien que acaba de ser introducido sería confesar la  incapacidad del autor para enfrentarse con el lector
  11. El autor no debe jamás elegir al criminal entre el personal doméstico. Sería una solución demasiado fácil (…). El culpable debe ser alguien que valga la pena. 
  12. Sólo hay un culpable, sin importar cuantos crímenes se hayan cometido (…). Toda la indignación del lector debe concentrarse sobre un alma negra.
  13. Las sociedades secretas, mafias, no tienen su lugar en la novela policíaca. Acercarse a ellas es adentrarse en la novela de aventura o de espionaje.
  14. Para descubrir al criminal se utilizarán modos racionales y científicos. La seudo ciencia, con sus aparatos puramente imaginarios, no tiene cabida en la novela policíaca.
  15. La palabra clave del enigma debe ser aparente a lo largo de la novela, de forma que el lector sea lo suficientemente perspicaz para captarla. Quiero decir que, si el lector volviese a leer la novela una vez desvelado el misterio, se daría cuenta de que la solución saltaba a la vista desde el  principio, que todos los indicios conducían al descubrimiento de la identidad del culpable y que si hubiera sido tan sagaz como el detective hubiera podido descubrirlo antes del último capítulo. Es cierto que suele ocurrir muy a menudo y diré incluso que es casi imposible ocultar hasta el final y ante todos los lectores la solución de una novela policíaca bien y lealmente construida. Siempre habrá un determinado número de lectores que se mostrarán tan perspicaces como el escritor (...). En esto reside precisamente el valor del juego 
  16. No debe haber largos pasajes descriptivos ni análisis sutiles o  preocupaciones "atmosféricas". No harían más que estorbar cuando se trata de exponer claramente un crimen y de buscar a un criminal. Retardarían la acción y dispersarían la acción desviando al lector del objetivo principal consistente en exponer un problema, analizarlo y encontrar una solución satisfactoria (...). Creo que cuando el  autor consigue dar la impresión de realidad y captar la atención y la simpatía del lector tanto de cara a sus personajes como al problema, ya ha hecho suficientes concesiones a la técnica puramente literaria.
  17. El escritor debe abstenerse de elegir al culpable entre los profesionales del crimen. Las maldades de los bandidos relevan del dominio de la policía y no de autores y detectives amateurs. Tales hechos delictivos componen la rutina de las comisarías, mientras que un crimen cometido por una ancianita conocida por su gran bondad es realmente fascinante.
  18. Lo que ha sido presentado como un crimen no puede, al final de la novela, revelarse como un accidente o un suicidio. Imaginar una larga pesquisa complicada para terminar por semejante conclusión sería gastarle al lector una mala jugada imperdonable.
  19. El motivo del crimen debe ser siempre estrictamente personal (…). La novela policíaca debe reflejar las experiencias y  las preocupaciones cotidianas del lector, ofreciéndole al mismo tiempo un exutorio a sus aspiraciones o a sus emociones reprimidas.
  20. Finalmente, quisiera enumerar algunos trucos a los cuales no recurrirá ningún autor que se precie, porque ya se han utilizado demasiado y ya le resultan muy familiares al aficionado de literatura policiaca: Descubrir la identidad del culpable comparando la colilla encontrada en el lugar del crimen con las que fuma un sospechoso; la sesión de espiritismo trucada durante la cual el criminal, aterrorizado, confiesa; las falsas huellas digitales; la coartada constituida con un maniquí; el perro que no ladra, revelando que el intruso es un familiar; el culpable hermano gemelo o alguien que se le parezca muchísimo; la jeringuilla hipodérmica y el suero de la verdad; el asesinato cometido en un recinto cerrado en presencia de representantes de la ley; el empleo de la asociación de palabras para descubrir el culpable; o descifrar un criptograma o un código numérico [5].

Elbert McGran Jackson
Philo Vance (1933)

Citas: [1] BORGES, J. L. Obras completas. Tomo IV. Buenos Aires: Emecé, 2009, p. 293. [2] LOUGHERY, J. Alias S. S. Van Dine. Nueva York: Scribner, 1992, p. 114. [3] RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, N. “La transgresión de las normas impuestas por S. S. Van Dine”. En: MARTÍN ESCRIBÀ, À & SÁNCHEZ ZAPATERO, J. (Coord.). Philip Marlowe en la universidad. Estudios sobre género negro. Madrid: Dykinson, 2023, p. 571 [4] SPEED CITY SISTERS IN CRIME (*) [5] LÓPEZ MARTÍNEZ, M. “Historia de la novela policíaca. Introducción al género en femenino”. En: Dossiers feministes, 2006, nº 9, pp. 11 y 12.

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