Aquí las tenemos. La profesora Marina López Martínez las ha traducido al castellano:
- El lector y el detective han de tener las mismas posibilidades para resolver el problema. Todos los indicios deben enunciarse con detalles.
- El autor no puede emplear "trucos" y astucias diferentes a las que emplea el culpable respecto al detective.
- La verdadera novela policíaca debe hallarse exenta de intrigas amorosas. Introducir el amor perturbaría el mecanismo del problema puramente intelectual.
- El culpable no puede ser descubierto bajo los rasgos del detective o de un policía.
- El culpable debe ser descubierto por deducciones lógicas, no por casualidad, ni por accidente ni por una confesión espontánea.
- En una novela policiaca es menester, por definición, un policía. Este debe hacer su trabajo y hacerlo bien. Su tarea consiste en reunir los indicios que nos llevarán al individuo que realizó "el golpe" en el primer capítulo. Si el detective no llega a una conclusión satisfactoria a través del análisis de los indicios reunidos, no ha resuelto la cuestión.
- No existe novela policíaca sin cadáver (…). Obligar a leer trescientas páginas sin ofrecer siquiera un asesinato sería exigirle demasiado a un lector de novela policíaca. Se debe recompensar al lector por su desgaste energético.
- El problema policíaco debe ser resuelto con la ayuda de medios estrictamente realistas. Aprender la verdad a través del espiritismo, la clarividencia o las bolas de cristal está terminantemente prohibido. Un lector puede rivalizar con un detective que recurra a métodos tradicionales. Contra espíritus y metafísica no tiene nada que hacer.
- No puede haber en una novela policíaca que se precie, más que un único detective de verdad. Conjugar los talentos de varios detectives para la caza de malhechores sería no sólo dispersar el interés sino también tomar una ventaja desleal con el lector.
- El culpable siempre debe ser alguien que haya tenido un papel más o menos relevante en la historia, es decir, es alguien conocido por el lector. Cargar con el crimen, en el último capítulo, a alguien que acaba de ser introducido sería confesar la incapacidad del autor para enfrentarse con el lector
- El autor no debe jamás elegir al criminal entre el personal doméstico. Sería una solución demasiado fácil (…). El culpable debe ser alguien que valga la pena.
- Sólo hay un culpable, sin importar cuantos crímenes se hayan cometido (…). Toda la indignación del lector debe concentrarse sobre un alma negra.
- Las sociedades secretas, mafias, no tienen su lugar en la novela policíaca. Acercarse a ellas es adentrarse en la novela de aventura o de espionaje.
- Para descubrir al criminal se utilizarán modos racionales y científicos. La seudo ciencia, con sus aparatos puramente imaginarios, no tiene cabida en la novela policíaca.
- La palabra clave del enigma debe ser aparente a lo largo de la novela, de forma que el lector sea lo suficientemente perspicaz para captarla. Quiero decir que, si el lector volviese a leer la novela una vez desvelado el misterio, se daría cuenta de que la solución saltaba a la vista desde el principio, que todos los indicios conducían al descubrimiento de la identidad del culpable y que si hubiera sido tan sagaz como el detective hubiera podido descubrirlo antes del último capítulo. Es cierto que suele ocurrir muy a menudo y diré incluso que es casi imposible ocultar hasta el final y ante todos los lectores la solución de una novela policíaca bien y lealmente construida. Siempre habrá un determinado número de lectores que se mostrarán tan perspicaces como el escritor (...). En esto reside precisamente el valor del juego
- No debe haber largos pasajes descriptivos ni análisis sutiles o preocupaciones "atmosféricas". No harían más que estorbar cuando se trata de exponer claramente un crimen y de buscar a un criminal. Retardarían la acción y dispersarían la acción desviando al lector del objetivo principal consistente en exponer un problema, analizarlo y encontrar una solución satisfactoria (...). Creo que cuando el autor consigue dar la impresión de realidad y captar la atención y la simpatía del lector tanto de cara a sus personajes como al problema, ya ha hecho suficientes concesiones a la técnica puramente literaria.
- El escritor debe abstenerse de elegir al culpable entre los profesionales del crimen. Las maldades de los bandidos relevan del dominio de la policía y no de autores y detectives amateurs. Tales hechos delictivos componen la rutina de las comisarías, mientras que un crimen cometido por una ancianita conocida por su gran bondad es realmente fascinante.
- Lo que ha sido presentado como un crimen no puede, al final de la novela, revelarse como un accidente o un suicidio. Imaginar una larga pesquisa complicada para terminar por semejante conclusión sería gastarle al lector una mala jugada imperdonable.
- El motivo del crimen debe ser siempre estrictamente personal (…). La novela policíaca debe reflejar las experiencias y las preocupaciones cotidianas del lector, ofreciéndole al mismo tiempo un exutorio a sus aspiraciones o a sus emociones reprimidas.
- Finalmente, quisiera enumerar algunos trucos a los cuales no recurrirá ningún autor que se precie, porque ya se han utilizado demasiado y ya le resultan muy familiares al aficionado de literatura policiaca: Descubrir la identidad del culpable comparando la colilla encontrada en el lugar del crimen con las que fuma un sospechoso; la sesión de espiritismo trucada durante la cual el criminal, aterrorizado, confiesa; las falsas huellas digitales; la coartada constituida con un maniquí; el perro que no ladra, revelando que el intruso es un familiar; el culpable hermano gemelo o alguien que se le parezca muchísimo; la jeringuilla hipodérmica y el suero de la verdad; el asesinato cometido en un recinto cerrado en presencia de representantes de la ley; el empleo de la asociación de palabras para descubrir el culpable; o descifrar un criptograma o un código numérico [5].
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| Elbert McGran Jackson Philo Vance (1933) |
Citas: [1] BORGES, J. L. Obras completas. Tomo IV. Buenos Aires: Emecé, 2009, p. 293. [2] LOUGHERY, J. Alias S. S. Van Dine. Nueva York: Scribner, 1992, p. 114. [3] RODRÍGUEZ MARTÍNEZ, N. “La transgresión de las normas impuestas por S. S. Van Dine”. En: MARTÍN ESCRIBÀ, À & SÁNCHEZ ZAPATERO, J. (Coord.). Philip Marlowe en la universidad. Estudios sobre género negro. Madrid: Dykinson, 2023, p. 571 [4] SPEED CITY SISTERS IN CRIME (*) [5] LÓPEZ MARTÍNEZ, M. “Historia de la novela policíaca. Introducción al género en femenino”. En: Dossiers feministes, 2006, nº 9, pp. 11 y 12.
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