martes, 15 de febrero de 2011

Asesinos: los criminales del hachís

¿Es peor un asesino que un homicida? Los expertos en política criminal aseguran que el asesinato no deja de ser un homicidio agravado por la concurrencia de alguna circunstancia (ensañamiento, alevosía...); según esta teoría -con la que, personalmente, estoy de acuerdo- la configuración del asesinato debería seguir el mismo camino que el parricidio o el infanticidio, que desaparecieron con el Código Penal español de 1995 y, sencillamente, ser encausados como homicidas –especializados por su gravedad– pero homicidas al fin y al cabo. Al parecer, si continuamos diferenciando entre estas dos figuras es porque la sociedad aún mantiene vivo ese viejo cliché de que los asesinos son gente despiadada, sin escrúpulos, que actúan por la espalda y que, por ese motivo, tienen que recibir un castigo ejemplar. Ese estereotipo del asesino malvado tiene su origen en la Cruzadas, en una época donde la realidad se diluye en la leyenda:
 
Los nizaríes –un reducido sector de los ya de por sí minoritarios chiítas ismaelíes– fueron una secta que vivió en Alamut (norte del actual Irán) y que alcanzó su momento de mayor esplendor durante los siglos XI, XII y XIII. Los seguidores de Nizar se hicieron famosos en todo Oriente Medio a las órdenes de Hassan bin Sabbah, El Viejo de la Montaña, por su habilidad a la hora de matar, convirtiéndose en el terror de los cruzados y, sobre todo, de los propios musulmanes; incluyendo un intento de acabar con la vida del mítico Saladino.

Fue el viajero Marco Polo quien difundió en media Europa la idea de que estos criminales “consumidores de Hachís” dependían de las drogas para actuar contra sus víctimas con tanta bizarría. De aquel término árabe “hashshashin” procedería etimológicamente nuestra palabra “asesino”. La leyenda de los nizaríes asegura que, antes de matar a sus víctimas, los asesinos les avisaban de su inminente muerte dejándoles junto a la cama un panecillo caliente, de forma que el ajusticiado, al ver el pan, podía intentar huir de su destino; si no escapaba, ya sabía lo que le esperaba: un cuchillo cortando el aire con sigilo en cualquier momento. Desde entonces, nuestro subconsciente colectivo aún conserva esa imagen de los asesinos y, por ese motivo, continuamos manteniendo –desde un punto de vista penal– una regulación específica distinta a la de los homicidas.

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