Cuando hablamos del «Couto de homiziados» del Castillo de Noudar, ya tuvimos ocasión de recordar que, durante la Reconquista de la Península Ibérica, los reyes Alfonso VII de León y Alfonso I de Portugal [Afonso Henriques] firmaron el Tratado de Zamora, el 5 de octubre de 1143, por el que el monarca leonés reconoció la independencia del reino vecino; un acuerdo que fue confirmado, el 23 de mayo de 1179, por la autoridad apostólica del Papa Alejandro III, mediante la bula Manifestis Probatum. A partir de aquel momento, el Reino de Portugal continuó siendo una monarquía hasta el 5 de octubre de 1910 cuando cambió su forma de gobierno por la actual República. Con ese precedente histórico, nos situamos en la primera mitad del siglo XIX.
Su primera ley fundamental fue la Constituição Política da Monarquia Portuguesa de 1822, que estuvo en vigor durante dos breves periodos –nueve meses, hasta 1823 y de septiembre de 1836 a marzo de 1838– convirtiéndose en una referencia básica de su legado constitucional. Tras la independencia de Brasil (1825), las diferencias políticas en la metrópoli entre constitucionalistas y tradicionalistas –una alternancia similar a la de conservadores y liberales en la España del siglo XIX– concluyeron con la nueva Carta Constitucional de 1826, otorgada por el rey Pedro IV y que se derogó y reinstauró en diversos momentos para regir los destinos del reino hasta que dejó de serlo en 1910. Uno de esos periodos en que se reestableció fue consecuencia de la «Convenção de Évora Monte».
Aunque el ejército del citado rey Afonso Henriques reconquistó Évora Monte del dominio musulmán entre 1160 y 1165 [1] la región se mantuvo en un permanente estado de guerra por las numerosas incursiones procedentes no solo de los sarracenos del Sur sino también de las tropas de la Corona de Castilla; de la escuadra que, a finales del siglo XIV, envió Ricardo II de Inglaterra para proteger las fortalezas del Alentejo y que terminaron provocando graves disturbios al comportarse como odiosos ocupantes [1] -recordemos que Portugal e Inglaterra aún conforman la alianza diplomática, en vigor, más antigua del mundo- e incluso de las tropas de Napoleón tras invadir España (al otro lado de La Raya se le llama «Guerra Peninsular»). Pero, sin duda, el acontecimiento que dejó la huella de esta pequeña freguesia en la Historia de Portugal fue que allí se puso fin a la única guerra civil que ha enfrentado al país luso en sus casi 900 años de existencia.
El 26 de mayo de 1834, en una pequeña casa situada junto a la muralla del castillo, residencia del alcalde Joaquim António Sarmago, los dos bandos enfrentados firmaron la capitulación denominada «Convenção de Évora Monte». Los mariscales José Antonio de Azevedo Lemos -en nombre del rey absolutista Miguel I, hermano del regente liberal Pedro IV- y João Carlos de Saldanha Oliveira y António Severim de Noronha -en defensa de los intereses dinásticos de la hija de Pedro IV, la reina María II de Portugal- convinieron reconocer la derrota de Miguel I que aceptó rendirse incondicionalmente, entregar sus armas, exiliarse en el extranjero (Viena) y dejar el trono a su sobrina a cambio de una pensión anual y de la amnistía general para todos los delitos políticos que reestableciera la paz en el reino.
Hoy en día, aquella «Casa da Convenção de Evoramonte» forma parte de los Lugares de la Paz del Viejo Continente [The European Network of Places of Peace (ENPP)].
Cita: [1] GIL, J. Os mais belos castelos de Portugal. Paço de Arcos: Edipremsa, 2005, pp. 226 a 228.




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