lunes, 20 de julio de 2020

El asesinato del penúltimo rey de Portugal y su heredero

El zar Alejandro II de Rusia pereció en un atentado con varias bombas que un grupo de nihilistas le lanzaron en San Petersburgo el 1 de marzo de 1881; la emperatriz Isabel de Baviera –más conocida por su apelativo cinematográfico de Sissí– murió mientras paseaba por el lago Leman de Ginebra (Suiza), el 10 de septiembre de 1898, cuando un anarquista italiano le clavó un estilete en el corazón (muy dañado ya por las extrañas circunstancias que rodearon la muerte de su hijo Rodolfo en la Tragedia de Mayerling); el rey Humberto I de Italia fue asesinado en Monza, el 29 de julio de 1900, por otro anarquista (el primer magnicida europeo que no fue ejecutado por su crimen sino juzgado y condenado a cumplir trabajos forzados de por vida); el rey Alejandro I de Serbia fue acribillado en su residencia de Belgrado el 29 de mayo de 1903; otro monarca, Jorge I de Grecia recibió un tiro por la espalda, en Salónica el 18 de marzo de 1913, disparado al parecer por un enfermo mental; y el archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austro-Húngaro, falleció de un doble pistoletazo el 28 de junio de 1914, en Sarajevo. Son algunos de los magnicidios que sacudieron el tablero geoestratégico del Viejo Continente entre finales del siglo XIX y el estallido de la I Guerra Mundial. En ese contexto histórico se produjo también el denominado Regicidio de Lisboa.

Carlos I (1863-1908) accedió al trono portugués al morir su padre, el rey Luis I de Portugal, en las Navidades de 1889 y en presencia de su tío, el emperador de Brasil Pedro II.

Las dos décadas de su reinado se caracterizaron por sucesivas crisis políticas y económicas; en el ámbito nacional, el ocaso del sistema bipartidista del “rotativismo” por el que las dos fuerzas hegemónicas se turnaban en el Gobierno: (…) El desdoblamiento (en 1901 y 1905) de los dos partidos turnantes, y el continuo ensayo de vías de reformismo extrapartidario y/o autoritario, patrocinadas por el rey D . Carlos, ilustran el esfuerzo y arrastran en el fracaso el sistema de “turno” y la propia institución monárquica [1]; el apoyo real al régimen autoritario de João Franco, (…) el típico representante de la élite liberal: licenciado en Derecho, hijo de un propietario rural y funcionario público [2]; y el auge del republicanismo que (…) ganó terreno en la década de 1890 cuando el creciente proletariado urbano sufrió desastrosas privaciones durante una prolongada recesión económica [3].



Todo ello al tiempo que, en el marco internacional, el asunto del “Mapa Cor-de-Rosa” infringía un duro golpe al ensueño imperial del país: el Gobierno de Londres, tradicional aliado portugués, envió un ultimátum al soberano, en 1890, en contra de la idea reflejada en aquel mapa rosado de unir las colonias en Angola y Mozambique mediante un corredor que atravesaría los territorios británicos de las actuales Zambia, Zimbaue y Malaui, cortando el estratégico eje El Cairo-El Cabo. De forma que, perdidas Brasil y sus riquezas, aquel otro (…) sueño rosado de un África Meridional Portuguesa, que conciliaba intereses políticos y eclesiásticos, estaba destinado a desvanecerse, incluso antes de nacer [4]. En ese contexto, el 1 de febrero de 1908, el extremismo republicano condujo al asesinato del rey Carlos I [3].


El regicidio ocurrió en el Terreiro do Paço, la actual Plaza del Comercio lisboeta. Los asesinos fueron Manuel Buiça, profesor y ex sargento del ejército portugués (del que había sido expulsado) y Alfredo Costa, secretario municipal y editor. Ambos eran republicanos y anarquistas. (…) la única persona que salió ilesa fue la Reina Amelia, que intentó proteger a su hijo pequeño, Manuel, atacando a uno de los agresores, con un ramo de flores. No obstante el príncipe resultó herido en un brazo. El Rey y el otro infante [el príncipe heredero Luis Felipe] resultaron muertos en el acto y a los veinte minutos, respectivamente. Los dos asesinos aún tuvieron tiempo de disparar contra la escolta hiriendo a un oficial y a un soldado que se acercaron rápidamente. Finalmente fueron abatidos por la Policía. No se entabló proceso judicial alguno por el doble magnicidio y los criminales gozaron después de muertos de una gran publicidad, alcanzando casi fama de héroes [5].

PD: el infante que sobrevivió al atentado se convirtió en el efímero rey Manuel II de Portugal, entre 1908 y 1910, momento en el que cambió su forma de gobierno, proclamándose la actual República Portuguesa el 5 de octubre de 1910.


Citas: [1] DE LA TORRE GÓMEZ, H. & SÁNCHEZ CERVELLÓ, J. Portugal en el siglo XX. Madrid: Istmo, 1992, p. 20. [2] RAMOS, R. “El colapso del liberalismo en Portugal”. En: Historia y política. Ideas, procesos y movimientos sociales, 2002, nº 7, p. 122. [3] BIRMINGHAM, D. Historia de Portugal. Madrid: Akal, 2005, p. 138. [4] BANDEIRA JERÓNIMO; M. & GONÇALVES DORES, H. “Las políticas de la misión”. En: AA.VV. Administrar colonias. Gobernar almas. Madrid: Casa de Velázquez, 2018, p. 25. [5] RAMOS MARTÍNEZ, E. La política de la Pistola y la Bomba: Cien años de magnicidios. Sevilla: Punto Rojo, 2016, pp. 50 y 51. Pinacografía: Roque Gameiro | Carlos I de Portugal (1902).

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