miércoles, 25 de septiembre de 2019

Sobre los Secretarios Generales de las Naciones Unidas

El Art. 7 de la Carta de las Naciones Unidas establece los seis órganos principales de la ONU: la Asamblea General, el Consejo de Seguridad, el Consejo Económico y Social [ECOSOC], el Consejo de Administración Fiduciaria, la Corte Internacional de Justicia y la Secretaría; esta última se compone –según el Art. 97– de un Secretario General y el personal que requiera la Organización. El Secretario General será nombrado por la Asamblea General a recomendación del Consejo de Seguridad. El Secretario General será el más alto funcionario administrativo de la Organización. A continuación, los Arts. 98 a 101 desarrollan sus atribuciones, poniendo especial énfasis en que no recibirá instrucciones de ningún gobierno ni de ninguna autoridad ajena a la Organización (Art. 100.1); y, al contrario, los Estados miembros tampoco pueden tratar de influir sobre él en el desempeño de sus funciones (Art. 100.2). De modo que está claro, como afirma el profesor Pastor Ridruejo, que no se trata de un órgano intergubernamental porque el Secretario General no representa a Estado alguno [1].

Actúa como tal en todas las sesiones de los otros cuatro órganos que tienen su sede en Nueva York (Asamblea General, Consejo de Seguridad, ECOSOC y Consejo de Administración Fiduciaria), desempeñando las funciones que le encomienden dichos órganos (Art. 98) por delegación. Este precepto también prevé que rendirá a la Asamblea General un informe anual sobre las actividades de la Organización. Y, por último, el Art. 99 le atribuye que pueda llamar la atención del Consejo de Seguridad hacia cualquier asunto que en su opinión pueda poner en peligro el mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales.

Como recuerda la asesora Maggie Black, con cierta crudeza y la experiencia de haber trabajado para el Sistema de Naciones Unidas: (…) en ningún sitio es más explícita la ambigüedad de poderoso e impotente que en la función del secretario general (SG). Esta persona —hasta ahora siempre un varón— es tanto el diplomático jefe del mundo como el lacayo del Consejo de Seguridad y la Asamblea General. Tiene que trazar un rumbo (…) entre la vanidad de las ilusiones y el engrandecimiento, y el estrangulamiento de la modestia y la estrecha autolimitación a las condiciones de la Carta. No puede permitirse —como varios SG han aprendido a su pesar— molestar a los miembros más poderosos, lo que en el mudo actual significa Estados Unidos, pero antes también se refería a la URSS. Este cargo es, en su opinión, una especie de Papa laico pero sin la Guardia Suiza ni el tesoro vaticano y como consecuencia, el candidato elegido es aquel que no suscita grandes objeciones y proviene de cualquier región a la que se le atribuya «el siguiente turno», es decir, una potencial receta de mediocridad [2].

De ahí la importancia del “talante personal” que muestre el secretario en un prudente punto de equilibrio entre el protagonismo activista y la pasividad e inhibición [1].


Desde el 1 de enero de 2017, el portugués António Guterres se convirtió en el noveno Secretario General en la historia de esta organización internacional, sucediendo en el cargo a sus ocho predecesores: el noruego Trygve Lie (de febrero de 1946 hasta su dimisión en noviembre de 1952); el sueco Dag Hammarskjöld (de abril de 1953 hasta su fallecimiento en un accidente de avión en septiembre de 1961); el birmano U Thant (de noviembre de 1962 –aunque ejerció el cargo en funciones desde un año antes– a diciembre de 1971); el austriaco Kurt Waldheim (enero de 1972 a diciembre de 1981); el peruano Javier Pérez de Cuéllar (enero de 1982 a diciembre de 1991); el egipcio Boutros Boutros-Ghali (enero de 1992 a diciembre de 1996); el ghanés Kofi Annan (enero de 1997 a diciembre de 2006); y el surcoreano Ban Ki-moon (de enero de 2007 a diciembre de 2016).


PD: como curiosidad, el segundo de los nueve secretarios generales, el diplomático Dag Hjalmar Agne Carl Hammarskjöld [Jönköping (Suecia), 29 de julio de 1905 – Ndola (actual Zambia), 18 de septiembre de 1961] recibió el Nobel de la Paz el mismo año en que murió, en extrañas circunstancias por su empeño en lograr una Secretaría de Naciones Unidas eficiente e independiente de las grandes potencias; organizar una fuerza para mantener la paz en Oriente Medio, tras la crisis del Canal de Suez; y comprometerse a resolver la guerra civil del Congo, conflicto armado al que, precisamente, se dirigía cuando el avión en el que viajaba se estrelló en la antigua Rodesia del Norte. Como reconocimiento a su labor es la única persona del mundo que ha recibido este galardón de forma póstuma, circunstancia que no volvió a repetirse porque el Comité organizador de los Premios lo prohibió en 1974, al reformar los Estatutos de la Fundación Nobel.

Citas: [1] PASTOR RIDRUEJO, J.A. Curso de Derecho Internacional Público y Organizaciones Internacionales. Madrid: Tecnos, 2007 (11ª ed.), pp. 729 y 731. [2] BLACK, M. Naciones Unidas. ¿Ayuda o estorbo? Barcelona: Intermón Oxfam, 2010, pp. 27, 28 y 30.

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