miércoles, 6 de abril de 2022

La trascendencia de los asesinatos de Ratcliffe Highway

En diciembre de 1811, los ciudadanos de Londres tenían serios motivos para estar preocupados por las malas cosechas de ese año que habían encarecido los precios de los alimentos más básicos y provocaron una gran hambruna o por la muerte de tantos soldados que perdían la vida luchando en el Viejo Continente en las lejanas Guerras Napoleónicas; sin embargo, el asunto que los conmocionaba tenía nombre y apellido, el joven marinero John Williams. Las autoridades policiales aseguraban a la prensa que un único hombre había sido capaz de asesinar a siete miembros de dos humildes familias londinenses, los Marr y los Williamson, los días 7 y 19 de aquel mismo mes, con una furia desconocida hasta entonces, sirviéndose de un martillo y un escoplo; pero el presunto asesino nunca llegó a ser juzgado porque apareció muerto en la cárcel [Coldbath Fields Prison, en Clerkenwell], al parecer por su propia mano, antes de comparecer ante el jurado. El cuerpo en descomposición se exhibió por las calles del este de Londres y acabó enterrado en un cruce de caminos con una estaca en el corazón. Fue un acto de venganza pública, único en toda la historia del derecho penal inglés. Aunque, para la prestigiosa novelista inglesa P. D. James (1920-2014) lo más probable es que el cuerpo enterrado con ignominia en el cruce de Saint George's Turnpike fuese el de una octava víctima [1].

Estos dramáticos hechos sucedieron setenta y siete años antes de que Jack el Destripador sembrara el terror en el barrio de Whitechapel durante el otoño de 1888; por ese motivo, muchos autores consideran que aquellos violentos crímenes de finales de 1811 marcaron un punto de inflexión en la historia de la delincuencia al configurarse el concepto moderno de esta clase de delitos. Así lo defienden la historiadora Judith Flanders [2]; el Dr. Drew Gray para quien la masacre de dos familias en el intervalo de una semana, en el perímetro de una pequeña zona, indignó a los londinenses y provocó los primeros llamamientos para la reforma de la policía [3]; o la mencionada escritora P. D. James y el investigador Tom Critchley. En su opinión, dos familias, en una zona popular de la ciudad, son masacradas con saña. La presión política se traduce en una sucesión de pesquisas apresuradas y erróneas, y en el suicidio del inocente acusado de los crímenes [4].

Buena muestra de su repercusión social la encontramos todavía una década más tarde de que ocurrieran los sucesos en la inclasificable obra El asesinato considerado como una de las bellas artes (1827) del ensayista británico Thomas de Quincey (1785-1859) que, precisamente, eligió esa matanza para estudiarla en el seno de la Sociedad de Conocedores del Asesinato; ejemplo que, por aquel entonces, fue visto como una extravagancia de mal gusto [5] aunque, hoy en día, sea considerado un ensayo de culto.


Quincey describió así el escenario de los asesinatos: (…) Ratcliffe Highway es una avenida del lado Este –o náutico– de Londres, que por entonces (1812) [aunque el autor repite 1812, por error, en realidad los asesinatos se cometieron un año antes], cuando no existía un buen servicio de policía, con excepción de los detectives de Bow Street –admirables en lo que toca a sus propios fines pero completamente insuficientes para toda la capital–, era un barrio peligrosísimo. Por lo menos uno de cada tres hombres era extranjero; a cada paso se encontraban indios, chinos, moros y negros. Y, aparte de las muchas maldades ocultas bajo los diversos sombreros y turbantes de gentes cuyo pasado era indiscernible para cualquier ojo europeo, ya se sabe que la marina de la Cristiandad (sobre todo, en tiempo e guerra, la marina mercante) es seguro refugio de asesinos y rufianes que tienen en sus crímenes buenas razones para retirarse durante una temporada de la atención del público [6].

En La hora de la verdad, James narra así los acontecimientos: (…) Las primeras víctimas fueron Timothy Marr, de veinticuatro años, el dueño de una mercería en la carretera; su mujer, Celia; su hijo de tres meses y medio, Timothy, y el aprendiz, James Gowen. Sucedió un sábado, 7 de diciembre de 1811, y la tienda estuvo abierta hasta las ocho. Un poco antes de medianoche, Timothy Marr llamó a su criada, Margaret Jewell, le dio una libra y la envió a pagar al panadero y a comprar unas ostras. La muchacha encontró la panadería cerrada, fue a otro sitio a comprar las ostras y tampoco tuvo suerte. Al cabo de unos veinte minutos volvió a la casa y se encontró la puerta cerrada y la tienda a oscuras. Pensando que la familia se habría ido a dormir, llamó al timbre, que repicó con un sonido sobrenatural en la calle vacía. Al escuchar, oyó algo que le hizo estar segura de que Marr o su esposa le abrirían la puerta en seguida: unos pasos suaves procedentes de las escaleras. Sin embargo. No llegó nadie. Los pasos dejaron de oírse y volvió a reinar el silencio.

El repique del timbre y los golpes de la muchacha contra la puerta llamaron la atención del sereno y, después, del vecino, John Murray. Éste le dijo al vigilante que sigueira llamando al timbre con insistencia mientras él iba al patio trasero para ver si desde allí podía despertar a la familia. Encontró abierta la puerta trasera y se abrió paso por el interior a la luz de la vela que ardía en el rellano del primer piso.

En la tienda encontró el primer cadáver, el del aprendiz, James Gowen, con los huesos de la cara destrozados a golpes.Con un gemido, Murray avanzó tamabaleándose hacia la puerta, pero le cortó el paso el cuerpo de la señora Marr, de cuya cabeza machacada aún manaba sangre. Murray abrió la puerta principal y gritó la noticia con incoherencia: “¡Asesinato!, ¡asesinato!”, y el grupo de fuera, al que se habían unido más vecinos, se apresuró a entrar en el local. La tienda se llenó de gemidos y gritos. Encontraron el cadáver del niño aún en la cuna, con la comisura de la boca partida de un golpe, la parte izquierda de la cara destrozada y la garganta rebanada hasta el punto que tenía la cabeza casi separada del cuerpo. Detrás del mostrador, boca abajo, yacía el cuerpo de Timothy Marr.

Sin embargo el horror no acabó ahí. Doce días más tarde, en el distrito contiguo, el señor Williamson, dueño de la taberna King´s Arms, de New Gavel Lane –un hombre de mediana edad y reputación intachable–, su esposa y la criada de ambos fueron asesinados con brutalidad idéntica.

Cundió el pánico en toda la nación. (…) la investigación adoleció de una incompetencia extraordinaria. Las diversas autoridades (…) estaban más preocupados por conservar su reputación y su puesto que por cooperar de un modo eficaz. En su opinión, al marinero John Williams lo condenaron por cubiri el expediente [1].

Fue, en definitiva, un crimen emblemático –como no duda en calificarlo el “biógrafo” de la capital del Támesis, Peter Ackroyd– que convirtió a Williams en parte de Londres y en la mitología urbana que rodea "los asesinatos de Ratcliffe Highway" [7].

Citas: [1] JAMES, P. D. La hora de la verdad: Un año de mi vida. Barcelona: Ediciones B, 2015, pp. 272 a 275. [2] FLANDERS, J. The Invention of Murder. How the Victorians Revelled in Death and Detection and Invented Modern Crime. Nueva York: St. Martin’s Press, 2013. [3] GRAY, D. Mapas del crimen. Regreso a los lugares del delito. Madrid: Siruela, 2020, p. 16. [4] JAMES, P. D. & CRITCHLEY, T. A. La octava víctima. Barcelona: Ediciones B, 2008. [5] LOAYZA, L. “Prólogo”. En: DE QUINCEY, T. El asesinato considerado como una de las bellas artes. Barcelona: Bruguera, 1981, p. 5. [6] DE QUINCEY, T. El asesinato considerado como una de las bellas artes. Barcelona: Bruguera, 1981, p. 77. [7] ACKROYD, P. London. The biography. Londres: Vintage, 2001, p. 274.

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