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martes, 14 de diciembre de 2010

Los efectos de la rebatiña de África

Dice Tomás Mestre al final de la introducción a su libro África como conflicto (Cuadernos para el diálogo, Madrid, 1968): "Tal fue el mayor reparto del mundo desde el Tratado de Tordesillas (...)". Se refiere, naturalmente, al reparto que se hizo de África en la Conferencia de Berlín (1884-1885). En el primer párrafo dedicado al período colonial asegura: "Vimos cómo casi todas las potencias que se arrojaron sobre el continente africano, algunas a su pesar, lo hicieron para evitar verse excluidas de él o, de llegar tarde, situarse mal" (...). "El reparto de África -citando el libro Breve historia de África, de Roland Olivier y J. D. Fage- fue esencialmente el resultado de la aparición, sobre el suelo africano, de una o dos potencias que no habían mostrado previamente interés por el continente. Fue precisamente esto lo que desequilibró la balanza de poder e influencia existente y provocó un estado de histeria internacional en el que todas las potencias se precipitaron para reclamar cierta soberanía política y regatearon apasionadamente entre sí por el reconocimiento en esta o aquella región" [1]. A esta situación se le denomina, la rebatiña de África.

Con más de 2.500 grupos étnicos, y lenguas correspondientes, confinados en fronteras arbitrarias y artificiales (...) el Estado heredado de la colonización se caracteriza por la ausencia total de conciencia nacional y por la dependencia del exterior [2]. Recordemos que al finalizar la II Guerra Mundial, sólo había cuatro países independientes en todo el continente (los únicos que pudieron participar en la creación de la ONU):
  • Etiopía: Excepto el breve periodo de ocupación italiana (1936/1941), la antigua Abisinia fue la única nación africana que estuvo al margen del proceso colonizador europeo y siempre ha sido independiente; desde el remoto reino de Axum en el siglo II a.C., aunque la tradición suele remontarse a Menelik I –hijo de los míticos reyes Salomón de Israel y Makeda de Saba (siglo X a.C.)– como primer antepasado de los negus (monarcas) etíopes.
  • Sudáfrica: Diez años después del fin de la segunda guerra de los bóer, el 31 de mayo de 1910 se creó la Unión Sudafricana de las antiguas colonias británicas del Cabo y Natal y de los estados libres de Orange y Transvaal.
  • Egipto: Con una historia cuatro veces milenaria, el país del Nilo obtuvo su independencia de Gran Bretaña en 1922, aunque buena parte de su vida siguió intervenida por la ex potencia colonial hasta que finalizó la II Guerra Mundial.
  • Y Liberia: En 1820 la American Colonization Society fue adquiriendo tierras a las tribus locales de la Costa del Pimentón para establecer a los esclavos que se iban liberando en los EE.UU.


A mediados del siglo XX comenzaron a lograr su independencia otros estados del África musulmana –como Túnez, Libia o Marruecos– pero quizá fue la de Ghana –en 1957– el punto de inflexión para que este proceso se extendiera imparable por todo el continente hasta culminar –por el momento– con el nacimiento de Sudán del Sur el 9 de julio de 2011; y, por ahora, porque actualmente algunos países africanos todavía se cuestionan su propia viabilidad [por los conflictos de Darfur (Sudán), Katanga (República Democrática del Congo), Ogadén (Etiopía), Casamanza (Senegal) o Somalilandia y la Tierra de Punt (Somalia), etc.] con el riesgo de fraccionarse y debilitar el frágil equilibrio del continente debido, fundamentalmente, a dos grandes problemas:
  1. En primer lugar, la inestabilidad de algunas fronteras trazadas sobre el mapa por la estrategia política de las antiguas potencias coloniales que no tuvieron en cuenta ni la historia ni la opinión de sus habitantes. Su origen se remonta a la Conferencia de Berlín, celebrada entre noviembre de 1884 y febrero de 1885, donde el canciller alemán Otto von Bismarck convocó a las 14 grandes potencias de finales del XIX para negociar la rebatiña de África; estableciendo la libertad de navegación y comercio en los ríos Congo y Níger, el derecho a colonizar el interior de un territorio a partir de su costa o la ocupación efectiva para poder ejercer los derechos de posesión. En 1964 la antigua Organización para la Unidad Africana llegó a establecer el principio de la intangibilidad de los límites heredados de la descolonización para tratar de evitar los conflictos en la delimitación territorial (Libia-Chad, Camerún-Nigeria, Burkina Faso-Malí, Marruecos-Argelia, etc.) al afirmar que debían respetarse las fronteras existentes en el momento de su independencia.
  2. En segundo lugar, y como consecuencia de aquel reparto, en muchos países africanos se obligó a convivir bajo una misma nación a etnias diferentes e incluso antagónicas, como sucedió en Ruanda con el genocidio de casi un millón de tutsis por parte de los hutus; probablemente, el caso más conocido, pero los enfrentamientos étnicos se han dado –y se dan– entre los guji y los borena (Etiopía), musgum y kotoko (Camerún), guere y dioula (Costa de Marfil), hausa y yoruba (Nigeria), etc. Sólo en Ghana conviven ocho grandes tribus, se hablan más de 100 idiomas y se practican numerosas religiones. Un verdadero polvorín que, en muchos países, se prende cuando el líder que llega al poder –después de un golpe de Estado, en la mayoría de los casos– pertenece a una determinada tribu e instaura una dictadura que castiga con violencia a los demás grupos étnicos, culturales, políticos o religiosos para mayor gloria de su etnia y, lamentablemente, de si mismo. De ahí que a muchos gobiernos africanos se les haya denominado cleptocracias: el Gobierno basado en el robo y en la institucionalización de un régimen corrupto que actúa con total impunidad. Sirva como imagen la entronización de Bokassa I, emperador de Centroáfrica, en 1977, sentado en un trono con un águila de oro de 4 metros de altura.
Con estos precedentes, la Unión Africana –heredera de la antigua OUA, donde está integrado todo el continente– tiene previsto que su Parlamento Panafricano de Johannesburgo deje de ser un órgano consultivo y pueda dictar sus primeras leyes a finales de esta década. Aun así, son muchos los problemas a los que tienen que enfrentarse: conflictos armados, sanidad, inmigración, derechos humanos... o, simplemente, los derivados del avance del cambio climático: cuando el Sáhel se desertice, los habitantes que viven en este borde situado bajo el Sáhara, tendrán que emigrar.

Citas: [1] GONZÁLEZ CALVO, G. África. La tercera colonización. Madrid: Mundo Negro, 2008, pp. 25 y 26. [2] KABUNDA BADI, M. "Relaciones internacionales africanas y relaciones interafricanas en la era de la globalización". En: AA.VV. África en el horizonte. Madrid: Catarata, 2006, p. 75.

lunes, 5 de enero de 2026

La situación de Somalilandia

El 26 de diciembre de 2025, la oficina de prensa del Primer Ministro israelí, Benjamin Netanyahu, emitió un comunicado para informar de que su país reconocía a Somalilandia como Estado soberano e independiente; convirtiéndose en la primera nación del mundo que daba ese paso desde que esta región del Cuerno de África autoproclamó su independencia de la República Federal de Somalia a finales del siglo XX, como veremos a continuación. Más allá de las implicaciones geoestratégicas que persigan las autoridades de Tel Aviv -en el marco de los «Acuerdos de Abraham»- su decisión ha generado un rechazo unánime por parte de las cancillerías internacionales: de Somalia, como parte más afectada por la declaración unilateral de Israel, pero también de las potencias regionales más cercanas (Egipto, Jordania, Arabia Saudí o Turquía) y por diversas organizaciones (la Comunidad de África Oriental, la Unión Africana, la Liga Árabe, la Organización de Cooperación Islámica, la Unión Europea e incluso la propia ONU) que han apelado al respeto a los principios de integridad territorial, indivisibilidad e inviolabilidad de la unidad nacional, soberanía e independencia política de Somalia sobre esa parte de su territorio septentrional, consagrados en los Arts. 1.3 y 7 de la Constitución somalí de 2012 y en los valores que proclaman la Carta de las Naciones Unidas y el Tratado Constitutivo de la Unión Africana.

Ubicación de Israel (en verde) y Somalilandia (negro)

Con la decisión de Israel, la República de Somalilandia se incorpora a la lista de territorios que tan solo han logrado un reconocimiento internacional limitado (donde también figuran, con distinta repercusión, Taiwán, Kosovo, Palestina, la República Turca del Norte de Chipre, Transnistria, Osetia del Sur, Abjasia, Tierra de Punt o la República Árabe Saharaui).

En el caso somalilandés, el Tratado anglo-francés de 1888, el protocolo anglo-italiano de 1894 y el Tratado de delimitación anglo-etíope de 1897 constituyen los regímenes jurídicos que determinaron en gran medida los contornos y fronteras de la Somalilandia británica [1]; de modo que su territorio -que limita al Norte con el Golfo de Adén (frente a las costas de Yemen), al Este con Somalia, al Sur y al Oeste con la República Federal de Etiopía (con la que firmó un memorándum de Entendimiento el 1 de enero de 2024 para que el Gobierno de Adís Abeba tuviera acceso al Mar Rojo por el puerto de Berbera) y al Noroeste con la República de Yibuti (la antigua colonia de la Somalia Francesa o Territorio Francés de los Afars y de los Isas), de acuerdo con el Art. 2 de su Constitución- se extiende, aproximadamente, por los límites del antiguo Protectorado Británico (Somalia Británica) al que Londres concedió la independencia el 26 de junio de 1960; pero, pocos días más tarde, el 1 de julio de 1960 se unió a la antigua colonia de la Somalia Italiana -buena muestra de las fronteras trazadas por la rebatiña europea con el fin de repartirse África- para formar la República de Somalia.

Pero esa amalgama no funcionó y, según el periodista Luis Pancorbo, Somaliland, tras sufrir la opresión del régimen de Siad Barre y una guerra civil a partir de 1988, se desgajó de la República de Somalia, la que tiene su polémica capital en Mogadiscio. Los somalíes del norte no se sintieron a gusto en una república que pronto se fragmentó gracias a los deseos de hegemonía de varios señores de la guerra del sur. Para eso, los somalíes de Somalilandia prefirieron tener su propio gobierno y atender a sus propios clanes. (…) Tampoco fue posible la unión con los somalíes de Yibuti, que fue colonia francesa. Y aún menos dieron resultado las guerras en pos de una Gran Somalia que incluyera los territorios habitados por somalíes en Etiopía (el Ogadén) [es decir, la llamada "Gran Somalia"]. Todo eso llevó a la antigua Somalilandia a buscar su propio camino [2].


Si la caída del régimen de [el general Mohamed] Siad Barre en 1991 desencadenó una prolongada guerra civil que provocó la fragmentación del país en distintos clanes y la erosión de las instituciones estatales (…). tras el colapso del gobierno central (…) Somalilandia ha emprendido un impresionante camino para construirse como un Estado autónomo, creando sus propias estructuras de gobierno, celebrando elecciones democráticas y logrando un nivel notable de estabilidad interna [1]. Es decir, tiene estructuras democráticas e instituciones propias que le hacen funcionar de facto como un Estado con relativa paz que contrasta notablemente con la situación de Somalia considerada como un Estado fallido [3].

En ese contexto, la República de Somalilandia se autoproclamó independiente tras celebrar una reunión -la Conference of the Somaliland Communities- en la localidad de Burao del 27 de abril al 5 de mayo de 1991 que reafirmó su decisión de alcanzar su propia soberanía a partir del 18 de mayo de 1991. Dos años más tarde, del 24 de enero al 25 de mayo de 1993, se aprobó en Borama una Carta Nacional que, finalmente, fue sustituida por la actual Constitución de 31 de mayo de 2001.


Su ley fundamental estableció la capital en la ciudad de Hargeisa (Art. 3); su religión oficial es el Islam, prohibiendo la promoción de cualquier otra creencia (Art. 5) y que los musulmanes apostaten (Art. 33); limitó el número de partidos políticos a tan solo tres (Art. 9);  proclamó los derechos fundamentales, incluyendo la igualdad entre hombres y mujeres, excepto en los términos previstos por la ley islámica (sharía) (Art. 36); y estableció la clásica división de poderes entre legislativo (bicameral), ejecutivo (presidente, vicepresidente y consejo de ministros) y judicial (Art. 37).

La Constitución fue refrendada por más del 97% de los somalilandeses que pudieron acudir a votar porque, a falta de censos electorales, los ancianos de cada clan fueron quienes decidieron quién ejercía el derecho de sufragio en el referéndum celebrado el 31 de mayo de 2001, con la oposición del Gobierno Federal de Transición somalí que lo consideró ilegal.

El 7 de enero de 2026, el Ministro israelí de AA.EE.
Gideon Sa'ar visitó el Palacio Presidencial de Somalilandia

Citas: [1] MOHAMOUD, M. O. “El futuro de Somalilandia y las tensiones con Somalia”. En: Anuario CEIPAZ, 2024, nº 17, pp. 202, 203 y 205. [2] PANCORBO, L. “Somalilandia, el país que no existe”. En: Viajar, 2014, nº 422, 2014, p. 76. [3] PALACIÁN DE INZA, B. “Etiopía y su búsqueda de una salida al mar Rojo en un entorno geopolítico complejo”. En: Boletín IEEE (Instituto Español de Estudios Estratégicos), 2024, nº 33, p. 414.

PD: sobre la declaración unilateral de independencia de Somalilandia de 1991, recordemos que tan solo tres Estados de los 193 miembros de las Naciones Unidas reconocen el derecho a la secesión en sus leyes fundamentales: San Cristóbal y Nieves, Etiopía y Uzbekistán.

domingo, 13 de marzo de 2011

Tras la huella del paraíso perdido

En cierta ocasión, la poetisa malagueña María Zambrano escribió que vivir es encontrar en el infierno de cada instante la huella del paraíso perdido; una huella que identificó con la añoranza y la búsqueda de nuestros orígenes. Dos siglos antes, ese fue el camino que emprendió el filántropo Granville Sharp, a finales del XVIII, para que los esclavos liberados en las colonias inglesas tuvieran un lugar donde vivir. Nieto del arzobispo de York e hijo de un archidiácono, el joven Granville abandonó su ciudad natal -Durham- para instalarse en la clínica de su hermano William en Londres, donde el doctor Sharp pasaba consulta gratuita a los más necesitados. Así fue como le cambió la vida en 1765: Jonathan Strong, un joven esclavo negro, llegó a su puerta molido a palos; su amo, David Lisle, le había golpeado –una y otra vez– con la culata de su revólver, dejándolo tirado en la calle y dándole por muerto. El herido estuvo cerca de dos años recuperándose en casa de los Sharp hasta que su antiguo propietario, Lisle, se enteró y decidió secuestrarlo para revenderlo por 30 libras esterlinas al dueño de una plantación en Jamaica, James Kerr. Viéndose en peligro, el esclavo recurrió de nuevo a los Sharp y éstos pidieron clemencia al Alcalde de Londres quien decidió que si Strong no había cometido ningún delito, debía ser puesto en libertad. Como resultado, el nuevo amo demandó a los hermanos en los tribunales ingleses mientras el antiguo los retó a batirse en duelo; al final, el litigio se resolvió por si mismo cuando el infeliz esclavo murió, con apenas 25 años, a consecuencia de las secuelas de aquella paliza. Fue entonces cuando Granville Sharp decidió dedicar su vida a luchar contra la trata de esclavos.

En 1769 escribió el mayor trabajo abolicionista que se había publicado en inglés hasta aquel momento, inició una dura lucha legal para impedir que la condición de esclavo en las colonias británicas se mantuviese también al llegar a la metrópoli y emprendió numerosas acciones en los juzgados contra los traficantes que secuestraban a los esclavos para llevarlos a las plantaciones de América; pero la Historia le recuerda, especialmente, por su colaboración en el proyecto de Sierra Leona.

En la década de 1780 a 1790, la Guerra de la Independencia entre el Reino Unido y sus 13 ex colonias norteamericanas produjo una consecuencia inesperada en las calles de Londres: se llenaron de esclavos negros liberados. Para tratar de dar alguna solución a esta presencia, cada vez más numerosa, Henry Smeathman y Jonas Hanway tuvieron la idea de comprar –se dice que por 60 libras– 250 km² del territorio de varias tribus en la costa de África que los navegantes portugueses habían bautizado como Sierra Leona. Con el apoyo incondicional de Sharp –que reunió el dinero suficiente para financiar aquel proyecto, tan idealista, de crear una sociedad democrática de agricultores basada en el honor, donde cada miembro de la comunidad se responsabilizara de sus propios actos– en 1787, se instalaron allí cerca de 400 colonos –todos, antiguos esclavos– de los que, en cinco años, apenas sobrevivió 1 de cada 6 por culpa de las enfermedades, el clima y las luchas internas por el poder.

A pesar de las dificultades, el proyecto siguió adelante y, en 1797, se fundó la nueva capital de esta colonia, Granvilletown, en honor al apellido de este filántropo que falleció poco tiempo después; un homenaje que, sin embargo, se olvidó muy pronto y la capital pasó a llamarse como en la actualidad: Freetown (Ciudad libre).

Cuando finalmente se abolió la esclavitud en la metrópoli –en 1807– Inglaterra decidió devolver a sus antiguos esclavos a África y creó, junto a aquella colonia, un protectorado que acabó independizándose en 1961. Desde entonces, Sierra Leona ha sufrido los mismos males endémicos de todo el continente: Los criollos que habían sido esclavos se consideraron superiores a las tribus nativas y acapararon el poder hasta que se desató una guerra civil y los golpes de Estado se fueron sucediendo hasta la actualidad. Un final desalentador para un país que no supo encontrar la huella de su paraíso.

A pesar de todo, muy cerca de allí, se trató de repetir aquel proyecto. La American Colonization Society compró tierras en la Costa del Pimentón en 1822 para que los esclavos afroamericanos liberados en los EE.UU. pudieran regresar a la tierra de sus antepasados. Bajo el lema El amor por la libertad nos trajo aquí se creó un nuevo Estado que sobrevivió a la rebatiña europea del continente durante el siglo XIX y que, en recuerdo a su origen, se llamó Liberia. Fue el primer país africano que tuvo una Constitución pero de poco le sirvió cuando terminó cayendo –también– en la dinámica de las luchas fratricidas de las que, sólo ahora, parece que empieza a levantar cabeza.
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