martes, 23 de noviembre de 2010

La bandera de Carlos III

Desde la antigüedad –los estandartes egipcios decorados con figuras de animales sagrados, los paños atenienses con el dibujo de una lechuza o el vexillum que los romanos colgaban en una cruceta al frente de sus legiones– hasta finales del siglo XVIII, las banderas tuvieron un carácter eminentemente militar. El problema se planteó cuando, en muchos países europeos, las banderas que ondeaban en los campos de batalla sólo incluían el escudo de las diferentes Casas Reales sobre un lienzo blanco; con tanta semejanza, las confusiones fueron inevitables y muchos disparos acabaron impactando en los aliados sin herir a los enemigos.

Para evitarlo, Carlos III encargó al Ministerio de la Marina que estudiase cómo resolver aquel asunto para diferenciarse mejor de otras naciones, proponiendo que se le presentaran diversos modelos de banderas de guerra en los que no entrase el color de su casa; es decir, el blanco de los Borbones. Su Secretario de Estado, Antonio Valdés, convocó un concurso, al que se presentaron una docena de diseños, y el 28 de mayo de 1785 se publicó el Decreto que eligió el pabellón ganador: Bandera dividida a lo largo de tres listas, de la que la alta y la baja sean encarnadas y del ancho cada una de la cuarta parte del total y la de en medio amarilla.

Aun así, tuvo que transcurrir más de medio siglo para que la enseña rojigualda pasara a representar a España de forma genérica, mediante un Real Decreto de 13 de octubre de 1843 donde se estableció que todas las banderas y estandartes fuesen iguales en forma, dimensiones y colores a la bandera de guerra española.

Hasta la II República, los cambios no volvieron a afectar a la composición de la bandera española, como tal, sino al escudo situado en la lista amarilla; curiosamente, la primera vez que una constitución de España definió sus colores –en 1931– fue para igualar el tamaño de las tres listas y sustituir el color rojo de la parte inferior por otro morado que representase la nueva forma de Estado. La idea, errónea pero aceptada unánimemente, partía de identificar la bandera rojigualda con la monarquía –cuando, en realidad, aquellos colores representaban a la Nación; no a los Borbones– y se pretendió rendir homenaje a los Comuneros de Castilla y su lucha contra la monarquía autoritaria con el morado de sus pendones que, realmente, no era morado, sino carmesí (un rojo muy intenso); de cualquier forma, el equívoco permaneció y, desde el 27 de abril de 1931, la bandera española se volvió tricolor: roja, amarilla y morada.

Con el fin de la Guerra Civil, se retomaron los colores de la bandera creada en tiempos de Carlos III tal y como hoy en día establece el artículo 4.1 de la Constitución de 1978.

Al igual que sucede en el caso español, la mayor parte de las banderas del mundo tienen una fecha de nacimiento; por citar tan sólo algunos ejemplos: Argentina (27 de febrero de 1812), Austria (1 de mayo de 1945), la llamada tiranga de La India (7 de julio de 1947), Egipto (4 de octubre de 1984) o Eritrea (5 de diciembre de 1995).

En este contexto histórico, debemos recordar que, según la tradición escandinava, la enseña nacional más antigua del mundo es la cruz blanca sobre fondo rojo de la Dannebrog –la bandera de Dinamarca– que, aunque ya se mencionaba en un tratado holandés del siglo XIV y apareció en diversos textos y canciones daneses del XV, su origen se puede remontar al siglo XIII. La leyenda asegura que la cruz blanquirroja cayó del cielo para ayudar a las tropas de Valdemar II a vencer a los paganos estonios en la batalla de Lyndanisse, cerca de Tallín, el 15 de junio de 1219. Aquella cruz fue el modelo en el que se basaron, posteriormente, las otras cuatro banderas escandinavas: sueca, noruega, finesa e islandesa.

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