martes, 23 de noviembre de 2010

Groenlandia se fue de Europa

Cuando Alemania, Francia, Italia y el Benelux crearon la Comunidad Económica Europea en 1957, a ningún dirigente de la época se le pasó por la cabeza –ni remotamente– que algún Estado miembro quisiera salirse de la CEE; de ahí que esta posibilidad ni tan siquiera llegó a contemplarse en el Tratado de Roma. Desde entonces, la Europa de los Seis se fue ampliando sucesivamente en ocho ocasiones (1973, 1981, 1986, 1990, 1995, 2004, 2007 y 2013) hasta la Europa de los Veintiocho actuales donde aún seguimos hablando con Turquía, como eterna candidata, y se plantea la próxima adhesión de Islandia [si el Gobierno de Reikiavik decide retomar las negociaciones que paralizó en 2015]. A lo largo de todo este proceso de integración europea sólo ha habido un único momento en el que una parte decidió salirse. Ocurrió en Dinamarca en 1985.

Básicamente, este país está formado por la península de Jutlandia, fronteriza con el norte de Alemania; las grandes islas de Fionia y Selandia, donde se encuentra su capital, frente a la costa sueca de Malmo; otras pequeñas islas y –en palabras de su Ministerio de Asuntos Exteriores– dos regiones del reino danés con estatuto de autonomía interna: las islas Feroe y Groenlandia. En el primer caso, cuando Dinamarca entró a formar parte de la CEE en 1973 –junto a Gran Bretaña e Irlanda (en la primera ampliación)– las 18 islas feroesas quedaron excluidas del proceso de adhesión y, simplemente, firmaron acuerdos comerciales y pesqueros especiales con Bruselas, al estar en vigor su propio régimen de autogobierno desde 1948; es decir, anterior a la adhesión de Copenhague. En el segundo caso, sin embargo, Groenlandia sí que entró en la Comunidad porque, en aquel momento, la mayor isla del mundo era una provincia más de Dinamarca. ¿Cuál fue entonces el problema groenlandés?

La pesca es el único recurso de este vasto territorio de clima polar, situado a 700 km del Polo Norte, donde más del 80% de la superficie está cubierta por el hielo y apenas viven 60.000 personas –14.000 de ellas en Nuuk/Godthaab, su capital– mayoritariamente inuits (esquimales). Con esta situación étnica, geográfica y climatológica tan particular, los habitantes de Groenlandia vieron con muy malos ojos que su único recurso –el pesquero– pasara a depender de las decisiones de la lejana Bruselas y comenzaron a mostrarse en contra de las políticas comunitarias y a solicitar a Copenhague una mayor cuota de autogobierno. Como resultado, en 1979 se le reconoció un amplio Estatuto de Autonomía (en el que sólo la política exterior, la policía, la justicia y el control de las aguas jurisdiccionales continúan siendo –de momento– competencia danesa) y un generoso cheque a fondo perdido que el Gobierno central les aporta cada año: unos 400.000.000 de euros, más de la mitad del presupuesto general de la isla.

A partir de aquel momento, las nuevas autoridades autonómicas se plantearon convocar un referéndum para que los propios groenlandeses decidieran si preferían continuar dentro de la Comunidad Europea o salirse y que la llamada Tierra Verde –del danés Groen Land– tuviera plena capacidad de decisión sobre sus ricos caladeros.

Finalmente, el 23 de febrero de 1982 se celebró la consulta y, como era de esperar, ganó la opción anticomunitaria aunque por un escaso margen de votos: 52% en contra de seguir en la CEE frente al 47% a favor. Aun así, el Gobierno de Copenhague tuvo que convencer a sus socios europeos para que aceptaran el resultado –Italia e Irlanda fueron los más reticentes– y, finalmente, en 1985 se reconoció a Groenlandia su nuevo estatus de asociación, fuera de la CEE. Un caso único en la integración europea.

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