miércoles, 7 de julio de 2021

Los precedentes de la integración latinoamericana

Si en otras entradas de este blog nos hemos referido a los antecedentes históricos del proceso de integración europeo, hoy nos centraremos en algunos de los precedentes que plantearon constituir un proyecto común en América Latina. Como es evidente, su origen se remonta a la independencia de los Estados Unidos y la firma del Tratado de París, el 3 de septiembre de 1783. Este tratado, enviado al Congreso por los negociadores estadounidenses John Adams, Benjamín Franklin y John Jay, oficialmente puso fin a la guerra de Independencia de los Estados Unidos. Fue uno de los más ventajosos tratados jamás negociados por los Estados Unidos. Dos disposiciones fundamentales fueron el reconocimiento británico de la independencia de los EE. UU. y la delimitación de fronteras que permitirían la expansión estadounidense hacia el oeste, en dirección al río Misisipi (*). Tanto la independencia de las trece colonias británicas de la Costa Este norteamericana como la posibilidad de que el nuevo Estado se “expandiera” hacia el Oeste fueron un motivo de dolor y temor en palabras del diplomático español Pedro Pablo Abarca de Bolea y Ximénez de Urrea, X Conde de Aranda (1719 –1798) que, en aquel momento, estaba destinado en la capital francesa. Con su propuesta comenzamos este repaso a cuatro precedentes de la integración americana en un único cuerpo nacional:


El Memorial de 1783 atribuido al Conde de Aranda: tomando con cierta reserva la versión que ha llegado hasta nuestros días de aquella Memoria secreta presentada al Rey de España por S. E. el Conde de Aranda sobre la independencia de las colonias inglesas después de haber firmado el Tratado de París de 1783 –porque, dado su carácter reservado, solo conocemos copias que reprodujeron el original– el político español no le ocultó a Carlos III los serios peligros por parte de la nueva potencia que acabamos de reconocer, en un país en que no existe ninguna otra en estado de cortar su vuelo. Esta república federal nació pigmea, por decirlo así, y ha necesitado del apoyo y fuerzas de dos estados tan poderosos como España y Francia para conseguir la independencia. Llegará un día en que crezca y se torne gigante y aun coloso temible en aquellas regiones. En su clarividente opinión, las dificultades de conservar nuestro dominio en América obedecían a varias razones: una de carácter general (jamás han podido conservarse por mucho tiempo posesiones tan vastas, colocadas a tan gran distancia de la metrópoli); otras especiales (la dificultad de enviar socorros necesarios; las vejaciones de algunos gobernadores para con sus desgraciados habitantes; la distancia que los separa de la autoridad suprema a que pueden recurrir pidiendo el desagravio de sus ofensas, lo cual es causa de que a veces transcurran años sin que se atienda a sus reclamaciones; las venganzas a que permanecen expuestos mientras tanto por parte de las autoridades locales; la dificultad de conocer bien la verdad a tan gran distancia; y finalmente, los medios que los virreyes y gobernadores, como españoles, no pueden dejar de tener para obtener manifestaciones favorables a España; circunstancias que reunidas todas, no pueden menos de descontentar a los habitantes de América, moviéndolos a hacer esfuerzos a fin de conseguir la independencia tan luego como la ocasión les sea propicia).


¿Y qué le propuso el Conde Aranda al soberano? Debe V. M. deshacerse de todas sus posesiones en el continente de ambas Américas, conservando tan solo las islas de Cuba y Puerto Rico, en la parte septentrional, y alguna otra que pueda convenir en la parte meridional, con objeto de que nos sirvan como escala o depósito para el comercio español. A fin de realizar este gran pensamiento de un modo que convenga a España, deben de establecerse tres infantes en América, uno como rey de México, otro como rey de Perú, y otro como rey de Costa Firme [territorio que abarcaba de Honduras a las Guayanas pasando por la Gran Colombia], tomando V. M. el título de emperador. Asimismo, los tres reinos del Nuevo Mundo abonarían al Imperio unas contribuciones en plata, oro y géneros coloniales, sobre todo en tabaco; y sus soberanos y sus hijos deberían casarse siempre con infantas de España o de su familia, y los príncipes españoles se enlazarían con princesas de los reinos de Ultramar. De este modo se establecería una unión íntima entre las cuatro coronas. Como puede intuirse, sus propuestas debieron ser desestimadas por la Corona.

La Carta dirigida a los Españoles Americanos (1791): el escritor criollo arequipeño Juan Pablo Viscardo y Guzmán (1748 - 1798) fue el autor de esta epístola, dirigida a una América que reuniera las extremidades de la tierra, de modo que sus habitantes se atasen por el interés común de una sola GRANDE FAMILIA DE HERMANOS (en mayúsculas en el original). Siendo jesuita, fue desterrado por los españoles a Italia, tras la expulsión de la Compañía de Jesús de Perú en 1767, donde sobrevivió con notable penuria económica. Tras la revuelta de Túpac Amaru II en Cuzco, el autor peruano escribió esta Carta que alcanzó su mayor difusión tras su fallecimiento, cuando sus objetos personales fueron enviados al político venezolano Francisco de Miranda. Viscardo se refiere al Nuevo Mundo como nuestra patria. Tras hacer notar la ingratitud y la injusticia de la corte de España, su infidelidad en cumplir sus contratos,primero con el gran Colón y después con los otros conquistadores que le dieron el imperio del Nuevo Mundo, bajo condiciones solemnemente estipuladas y descalificar al virrey Francisco de Toledo –al que tilda de monstruo sanguinario– narra los tres siglos enteros, durante los cuales este gobierno ha tenido sin interrupción ni variación alguna la misma conducta con nosotros, son la prueba completa de un plan meditado que nos sacrifica enteramente a los intereses y conveniencias de la España. (…) Depender de un gobierno distante dos, o tres mil leguas, es lo mismo que renunciar a su utilidad; y este es el interés de la Corte de España, que no aspira a darnos leyes, a dominar nuestro comercio, nuestra industria, nuestros bienes y nuestras personas, sino para sacrificarlas a su ambición, a su orgullo y a su avaricia. (…) un continente infinitamente más grande que la España, más rico, más poderoso, más poblado, no debe depender de aquel reino, cuando se halla tan remoto, y menos aún cuando está reducido a la más dura servidumbre.


Y concluye refiriéndose al ejemplo de los Estados Unidos:
El valor con que las colonias inglesas de la América, han combatido por la libertad, de que ahora gozan gloriosamente, cubre de vergüenza nuestra indolencia. Nosotros les hemos cedido la palma, con que han coronado, las primeras, al Nuevo Mundo de una soberanía independiente. Agregad el empeño de las Cortes de España y Francia en sostener la causa de los inglesesamericanos. Aquel valor acusa nuestra insensibilidad. Que sea ahora el estímulo de nuestro honor.


Proyecto de Constitución para las Colonias Hispano-Americanas (1798): donde el diplomático venezolano Francisco de Miranda (1750-1816) ideó un gran imperio que abarcaría desde el río Misisipi en Norteamérica hasta el Cabo de Hornos en Sudamérica. En su propuesta estableció un sistema bicameral (con Cámara Alta y Cámara de los Comunes) muy similares al legislativo británico; al frente del poder ejecutivo se encontraría un Inca (Emperador) que nombraría a los miembros del poder judicial (jueces vitalicios).

Quejas de los americanos (1811): Fray Servando Teresa de Mier [o José Servando de Santa Teresa de Mier (1763 – 1827) fue un fraile dominico mexicano que, tras poner en cuestión las apariciones de la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego en un sermón a finales de 1794, fue condenado al exilio en España, donde llegó al año siguiente y permaneció hasta 1820, aunque con azarosas fugas que lo llevaron a Portugal, Francia, Italia, Vaticano e Inglaterra, regresando a México en 1822 cuando su país ya alcanzó la independencia. Además de involucrarse en el movimiento de emancipación, en 1811 publicó estas Quexas de los americanos, que al ver el error con que muchos por jaita de conocimientos en los derechos de las gentes, y del estado de nuestra América hablan de esta y de todas las colonias. Teresa de Mier defiende, con verdadero ahínco, que nosotros peleamos por no obedecer a sus reyes [españoles], sino formar una nación con los aborígenes.


Proyecto de una constitución de gobierno para las Colonias Españolas en caso de ser subyugada España (ca. 1808 - 1810): es un borrador redactado en plena Guerra de la Independencia española que fue hallado entre los papeles del archivo personal de Pedro Cevallos Guerra (1764-1840) custodiado en el Archivo Histórico de la Nobleza, dentro del fondo de los duques de Valencia. (...) El borrador se articula en torno a nueve títulos: el primero de ellos establece la creación de un “Reino de América”, el segundo especifica los estados que habrían de formarlo a partir de los principales virreinatos, audiencias y capitanías generales que conformaban el armazón institucional de la América española. Los sucesivos títulos se refieren al gobierno de dichos estados, a las atribuciones del Soberano, a las cuestiones tocantes a la regencia -que habría de ser provisionalmente detentada por el virrey de Nueva España, mientras que ya se alude a un Consejo de Regencia que habría de estar formado por los miembros de la Junta Central de España-, sobre las Cortes y los poderes legislativo y judicial. Para finalizar establece una serie de provisiones generales destinadas a proteger el papel de la Iglesia y los privilegios nobiliarios a la vez que introduce algunos elementos de carácter más liberal (*).

Según el profesor Franco Pérez: Los territorios españoles de Ultramar se concebían, así, como una plataforma estratégica desde la que más adelante se pudiera recobrar el territorio peninsular bajo el dominio francés, de ahí que también –como igualmente hiciera Jovellanos– se tratase de asegurar un necesario refugio a todos los patriotas españoles que pudieran escapar «del yugo intolerable del enemigo», a la vez que se salvaguardase la religión católica, el idioma castellano y, en fin, la Nación española en tan adversas circunstancias. Era, pues, un proyecto de retirada estratégica hacia los territorios americanos si bien jurídicamente más acabado que el que esbozara el polígrafo gijonés [FRANCO PÉREZ, A. F.  «Un proyecto constitucional anónimo para los territorios americanos en la encrucijada de la Junta Central». En: FERNÁNDEZ SARASOLA, I. (Coord.) Constituciones en la sombra. Proyectos constitucionales españoles 1809-1823. Oviedo: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2014, p. 29 (*)].

Carta de Jamaica (1815): y por último, la epístola que el político venezolano Simón Bolívar (1783 – 1830) –uno de los mayores defensores de unir a todas las naciones hispanoamericanas bajo un mismo Estado republicano– dictó a su secretario, Pedro Briceño Méndez, en Kingston, la capital jamaicana, el 6 de septiembre de 1815. En su opinión: (…) las provincias Americanas se hallan lidiando por emanciparse, al fin obtendrán el suceso, algunas se constituirán de un modo regular en Repúblicas federadas y centrales, se fundarán Monarquias, casi inevitablemente, en las grandes seciones; y algunas serán tan infelices que deboraran sus elementoz, ya en la actual, ya en las futuras revolucionez;  que una gran Monarquia, no será facil consolidar, una gran Republica impocible. Es una Ydea grandiosa pretender formar de todo el nuevo mundo, una sola nacion con un solo vinculo que ligue sus partes entre sí y con el todo. Ya que tiene un origen, una lengua, unas costumbrez y una Religion, deberia por consiguiente tener un solo Gobierno, que confederase los diferentes estadoz que hayan de formarse; mas no es pocible, por que climas remotos, situaciones diversas, intereses opuestos, caracteres de semejantes dividen á la America: ¡Que bello seria que el Ystmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los Griegos! ¡ojala que algun dia tengamos la fortuna de instalar allí un augusto Congreso de los Reprecentantes de las Republicas, Reynos é Ymperios á tratar y discutir sobre los altos intereses de la Paz y de la Guerra, con las naciones de las otras tres partes del Mundo (…) [sic].



Menos conocida es la propuesta de Bolívar, presentada en 1820 por el embajador de la Gran Colombia en Londres, Francisco Antonio Zea, al embajador de España Duque de Frías, para la constitución de una gran Confederación con España. El Rey Fernando VII debía publicar un Decreto pactado sobre la emancipación de América y su Confederación con España. En los artículos se preveía la nacionalidad común, la libertad de comercio, una alianza ofensiva y defensiva, la asistencia técnica para el desarrollo del comercio, la agricultura y la industria (...). Desgraciadamente el Rey Fernando VII rechazó esta propuesta que tal vez hubiera cambiado radicalmente la historia [COLOMER VIADEL, A. "El zigzagueante proceso de la integración latinoamericana". En: COLOMER VIADEL, A. La Integración Politica en Europa y en América Latina. Valencia: Instituto de Iberoamérica y el Mediterráneo, 2007, p. 168].

Posteriormente, se irían aprobando los Tratados de Unión, Liga y Confederación Perpetua de los que ya nos hemos ocupado en otra entrada de este blog.

Pinacografía: Benjamin West | Tratado de París (1783-1784). Ramón Bayeu | El Conde de Aranda (1769). Anónimo | Juan Pablo Viscardo y Guzmán (s. XIX). Arturo Michelena | Miranda en La Carraca (1896). Anónimo | Retrato de Servando Teresa de Mier (s. XIX). Arturo Michelena | Simón Bolívar a caballo (1898). 

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