sábado, 23 de julio de 2011

La Constitución de Eidsvoll de 1814 (La Pepa noruega)

Desde finales del siglo XIV, los reinos de Dinamarca y Noruega estuvieron unidos bajo la misma corona absolutista de Copenhague, un periodo al que los noruegos suelen denominar la noche de los cuatrocientos años. El nuevo estado alcanzó una gran prosperidad económica gracias a su política de neutralidad; pero esta situación cambió cuando Napoleón entró con fuerza en la historia europea de finales del XVIII. Las Guerras Napoleónicas que asolaron el Viejo Continente pusieron de relieve que cada país tenía sus propios intereses: los noruegos se centraban en el comercio marítimo, vinculado tradicionalmente con los grandes enemigos de Napoleón: los ingleses; mientras que los daneses mantenían una relación muy estrecha con su poderoso vecino del sur, Prusia, antecedente histórico de la actual Alemania.

El reino dano-noruego continuó siendo neutral hasta comienzos del siglo XIX cuando la monarquía de Copenhague inclinó la balanza hacia el emperador francés y, como consecuencia, la armada inglesa atacó y derrotó a su flota en mar Báltico. Fue entonces cuando surgieron las primeras voces en Noruega pidiendo la independencia, pero la paz de Kiel que firmó Dinamarca en 1814 separó ambos reinos pero no para reconocer la soberanía noruega sino para entregar el país de los fiordos a Suecia.

Los noruegos se encontraron con tres movimientos sociales de opinión contrapuestos: quienes apostaban por la seguridad de mantener la unión con los vecinos suecos; los que querían regresar bajo el cetro danés y, finalmente, una mayoría que –influida por la independencia de los Estados Unidos y la primera constitución escrita del mundo y por los valores revolucionarios franceses– decidieron que Noruega debía dotarse de una Carta Magna liberal e ilustrada que alejara al país de los regímenes absolutistas; una situación que mantiene cierta analogía con la que se estaba viviendo en la España de 1812, cuando se proclamó la Constitución de Cádiz.

Gracias a la influencia del teólogo Jørgen Sverdrup, el gobernador y regente de Noruega –Christian Frederik, que había sido nombrado por Dinamarca para el cargo antes de ceder el país a Suecia– reconoció que el pueblo noruego era soberano para elegir su futuro; convocó elecciones y se eligió una asamblea constituyente en la ciudad de Eidsvoll (muy cerca de la antigua Christiania, actual Oslo) que, en apenas mes y medio, redactó la primera y única Constitución noruega sancionada el 17 de mayo de 1814 (fecha que, actualmente, se celebra como en España cada 6 de diciembre). Aquel texto, escrito curiosamente en danés, se basó en los principios de la monarquía constitucional, la soberanía popular, la separación de poderes ejecutivo y judicial y el reconocimiento de los derechos de la ciudadanía.

Con diversas –y lógicas– enmiendas, hoy en día es la Constitución europea que más tiempo lleva en vigor: casi doscientos años. Sirva este humilde in albis como homenaje a las más de 70 víctimas del atentado que se produjo en este remanso de paz el 22 de julio de 2011

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