El diplomático noruego Trygve Lie fue el primer Secretario General de las Naciones Unidas, de febrero de 1946 hasta su dimisión en noviembre de 1952 (el único que ha renunciado a su cargo). Durante ese periodo, él se encargó de poner la primera piedra a la sede de la ONU en Nueva York (EE.UU.), el 24 de octubre de 1949, para celebrar el cuarto aniversario de la recién nacida organización internacional, junto al arquitecto jefe Wallace K. Harrison y en presencia del presidente estadounidense, Harry S. Truman; introduciendo en los cimientos copias de la Carta de las Naciones Unidas (1945) y de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948). Las obras de construcción se extendieron hasta la tarde del 9 de octubre de 1952 cuando se completó el Salón de la Asamblea General. Desde entonces, la icónica imagen de este edificio de la Gran Manzana ha aparecido en numerosas películas; por ejemplo, al concluir esa misma década, el clásico de Alfred Hitchcock «Con la muerte en los talones» («North by Northwest», 1959) protagonizada por Cary Grant, Eva Marie Saint y James Mason, nos mostró al personaje principal -un ejecutivo de publicidad, Roger Thornhill, confundido con un espía- llegando en taxi al órgano plenario de la ONU; una escena más compleja de lo que pudiera parecer a simple vista porque la secuencia exterior tuvo que filmarse con cámara oculta al negarse las Naciones Unidas a autorizar el rodaje al mago del suspense y el supuesto interior del edificio es un decorado en un plató.
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| Imagen cenital de la ONU en «Con la muerte en los talones» |
Medio siglo más tarde, siendo Secretario General de la ONU Kofi Annan, el director de cine Sydney Pollack tuvo más suerte que Hitchcock y logró que el Secretario General Adjunto de Comunicaciones e Información Pública de las Naciones Unidas y jefe del Departamento de Información Pública (UNDPI), el político indio Shashi Tharoor, le diera el permiso requerido, el 5 de marzo de 2004, para que la película «La intérprete» («The Interpreter», 2005) pudiera ambientarse en escenarios reales de la Asamblea General y el Consejo de Seguridad. Fue la primera vez que la industria cinematográfica lo conseguía y, de hecho, Pollack no dudó en calificarlo como una primicia en la historia de la Organización. A lo largo de catorce semanas, se rodó por la noche, en días festivos y los fines de semana para no interrumpir el trabajo habitual de la ONU.
El argumento de la película lo resumió el crítico argentino Luciano Monteagudo, con cierta ironía: (…) La ficción imaginada nada menos que por cinco guionistas (que parecen pisarse entre sí) quiere que la rubia Nicole Kidman sea Silvia Broome, una nativa de Matobo, república –ficticia– de África Central que está atravesando una crisis de suma violencia. Hija de un matrimonio de médicos blancos, políglota y formada en las mejores universidades europeas, Silvia decidió dejar atrás su tierra natal cuando sus padres y su hermana menor murieron a causa de la represión desatada por un dictador llamado Zuwanie, que asumió el poder con un discurso revolucionario y terminó sojuzgando al país (una situación análoga a la de Robert Mugabe en Zimbabwe). Sucede que Silvia, que trabaja como intérprete en las Naciones Unidas, escucha por casualidad, a través de los auriculares, algo que nunca debió haber escuchado: un susurro en la lengua aborigen de Matobo –la jerigonza Ku, que Kidman habla con sorpresiva fluidez– en el que se habla de asesinar al dictador, en plena reunión de la Asamblea General, frente a los líderes de todo el mundo. Allí entra en acción el agente Keller (Sean Penn), asignado a la custodia de dignatarios extranjeros, que tiene motivos para sospechar de Silvia, por su pasado en Matobo y por los lazos que todavía la unen a África. De hecho, lo que descubre rápidamente Keller –¡que acaba de quedar viudo!– es que son muchos los que querrían ver muerto al dictador, pero no son pocos quienes se beneficiarían con el atentado, empezando por el propio Zuwanie, siempre y cuando el crimen no llegue a materializarse, por supuesto [1].
Al ver la película, el embajador Martínez Morcillo destacó que: (…) Allí están las salas y salones, los corredores, los entresijos, donde se habla, se negocia y se hacen las cosas. Quien quiera conocer como son las Naciones Unidas por dentro y como se discurre y se transita por ellas, en la película tiene la muestra. “La intérprete” relata, de forma no siempre bien construida, la narración de un fallido intento de atentado simulado contra el Jefe de Estado de Matogo, un país africano imaginario, como medio de justificar la política de represión que éste practica. En ese escenario, el film vuelve a incidir en alguno de los tópicos al uso sobre diplomáticos y diplomacia. Los primeros se muestran como figuras rígidas, hieráticas. La segunda es el caldo de cultivo donde algunos colocan las más siniestras maquinaciones [2].
Citas: [1] MONTEAGUDO, L. “Una intriga internacional en la que pesa la palabra”. En: Página 12, 28 de abril de 2005. [2] MARTÍNEZ MORCILLO, A. Los diplomáticos y el cine. Madrid: Ibersaf, 2015.




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