lunes, 20 de diciembre de 2010

Picotas, postes y otros rollos

En las Siete Partidas –un código que reunió cerca de tres mil leyes en tiempos de Alfonso X el Sabio para dar unidad legislativa a un reino fraccionado en fueros– encontramos diversas referencias a la llamada pena de picotaEn la última partida, se regulaban las siete maneras de pena que iban desde dar a los onbres pena de muerte o de perdimiento de miembros hasta ser açotado o ferido paladinamente por yerro (...) o lo ponen en desonrra en la picota (...) faziéndolo estar al sol, untándolo de miel porque lo coman las moscas. En este caso, se pretendía escarmentar a los furtadores y robadores publicamente con feridas de açotes o de otra guisa de manera que sufran pena y verguença.

La picota era el lugar elegido para cumplir la condena de escarmiento público de los malhechores. En sentido estricto, se llamaba así al pico puntiagudo que coronaba la parte superior del madero levantado a la entrada de los pueblos para ejecutar esas penas pero, con el paso del tiempo, el nombre se extendió a todo el monumento y se acabó confundiendo con otra figura –el rollo– que se utilizaba como símbolo de la jurisdicción penal que se ejercía en una villa y de su capacidad para impartir justicia. Ambos monumentos penales terminaron identificándose y, a partir del siglo XV, se conocieron indistintamente como postes, rollos, rolluelos, picotas u horcas.

Para desempeñar estas funciones, solía levantarse una columna de piedra –con basa, fuste y capitel– encima de una grada –donde se exhibía al reo– y se coronaba con un remate en bola, pomo, pico o cono. En el fuste, se mostraban los blasones, con el escudo de armas del linaje familiar de aquel lugar, y se sujetaban las argollas y los cepos donde se amarraban las cadenas para dejar expuesto al condenado a la vergüenza pública ante el pueblo que solía arrojarle lodo, huevos, tomates y cualquier otro tipo de inmundicias.

En la Península Ibérica, su momento de mayor esplendor llegó en los siglos XVI y XVII en la antigua Corona de Castilla, donde aún podemos encontrar desde picotas tan sencillas como la de Santiuste (Soria), hecha en madera, o la de Belvís de Monroy (Cáceres), de piedra, hasta verdaderas joyas del gótico isabelino como el rollo de Villalón (Valladolid) levantado en 1523 sobre un basamento octogonal de cinco escalones donde, según se dice, intervino el mismo arquitecto de la catedral de Burgos. En Portugal, los más conocidos son los llamados pelourinhos de Castelo Rodrigo y Elvas, muy cerca de la frontera extremeña.

En el siglo XIX, la decadencia de estos monumentos llegó a partir de 1813 con un Decreto de las Cortes de Cádiz en el que se ordenó demoler cualquier símbolo de vasallaje puesto que la nueva Constitución de 1812 no reconocía otro señorío que el de la Nación. Las picotas que sobrevivieron –reconvertidas en fuentes o farolas– empezaron a ser protegidas a partir de 1963 y hoy forman parte del patrimonio histórico de muchos de nuestros pueblos.

NB: fuera del ámbito ibérico, destacan las pranger de Centroeuropa; por ejemplo, las situadas en las plazas de Bonn, Schwäbisch Hall e Ilmenau (Alemania), Villach (Austria) -con unos singulares relieves en los que se muestran las penas corporales a imponer: amputar la mano, cortar la oreja, desorbitar los ojos, etc.) o Breslavia (Polonia) que cumplían el mismo propósito que las picotas. En Inglaterra, el pillory más conocido fue el que se situó en Charing Cross (Londres).

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